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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– No me interesan sus clientes. Me interesa descubrir al asesino de Nicola Maiden.

– Que ha de ser uno de sus clientes, según usted. ¿Por qué no lo admite? ¿Cómo supone que se sentirán esos clientes cuando la policía les haga una visita? ¿Cómo cree que afectará a mi negocio cuando corra la voz de que voy dando nombres? Si es que los conozco, para empezar. Y no es así, por cierto. Solo utilizamos los nombres de pila, y eso no va a ayudarle mucho.

Nkata sacó su libreta, la abrió y dijo:

– Nos conformaremos con lo que nos ofrezca, señorita.

– Olvídelo, agente. No soy tan estúpida.

Lynley se inclinó hacia ella.

– Entonces sabe que sería muy sencillo para mí arruinarla. Un agente uniformado que paseara por esta calle cada cuarto de hora haría mucha mella en el deseo de privacidad de sus clientes. Igual que si uno o dos tabloides amarillos recibieran el soplo y quisieran averiguar si alguna figura pública se deja caer por aquí.

– ¡No se atreverá! Conozco mis derechos.

– Por no hablar de la presencia de periodistas y paparazzi en busca de todo, desde estrellas de cine hasta miembros de la familia real. O del policía del barrio, que se preocupa de mantener la seguridad en las calles para que las ancianas paseen a sus perros.

– Maldito…

– Es una palabra muy fea -interrumpió con solemnidad Nkata.

La mujer los fulminó con la mirada.

El teléfono sonó y ella se levantó para contestar.

– ¿Qué se le ofrece? -dijo.

Nkata alzó los ojos hacia el techo.

– Espere -dijo Vi-. Voy a consultar mi agenda. -Pasó las páginas-. Lo siento, no es posible. Ya hay una reserva… -Bajó el dedo por la página-. Me iría bien a las cuatro… ¿La sesión sería muy larga? -Escuchó y luego murmuró-: ¿No les dejo siempre a punto para ellas después? -Apuntó una referencia en su agenda. Colgó, siguió de pie con la mano sobre el teléfono, como absorta en sus pensamientos, de espaldas a ellos. Suspiró y dijo-: De acuerdo.

Fue a la cocina y regresó con un sobre que tendió a Lynley.

– Esto es lo que quiere. Espero que no parta su corazón comprobar que se había equivocado con respecto a los clientes.

El sobre estaba abierto y Lynley extrajo su contenido. Comprendía una hoja de papel y un solo mensaje, confeccionado con letras recortadas de lo que parecían revistas de papel satinado. «Dos putas morirán ahogadas en sus propios vómitos. Suplicarán misericordia pero no obtendrán más que dolor.» Después de leerla, Lynley se la pasó a Nkata. Este la examinó y luego levantó la cabeza.

– Como las que dejaron en el lugar del crimen -comentó.

Lynley asintió. Habló a Vi de las notas anónimas encontradas en el lugar de los hechos.

– Yo se las envié -dijo la joven.

Lynley, perplejo, dio la vuelta al sobre y vio que iba dirigido a Vi Nevin, con un sello de la zona.

– Pero parece idéntica a aquellas -dijo.

– No me refiero a que yo fuera la autora de notas por el estilo. Quiero decir que me las enviaron a mí, a casa. Durante todo el verano. Le hablaba de ellas a Nikki cuando me llamaba por teléfono, pero ella solo reía. Al final, se las envié por mediación de Terry, porque quería que comprobara por sí misma que la situación se estaba complicando y debíamos tomar precauciones. Cosa que Nikki no hizo -añadió con amargura-. Dios, ¿por qué no me hizo caso?

Lynley cogió la nota y la examinó una vez más. La dobló y guardó en el sobre.

– Quizá sería mejor que empezara por el principio -dijo.

– Shelly Platt es el principio -contestó la joven, y se acercó a la ventana, que daba a la calle. Miró hacia abajo, como si esperara ver a alguien-. Éramos amigas. Shelly y Vi, inseparables durante años. Pero entonces, apareció Nikki y comprendí que lo más sensato era establecerme con ella. Shelly no lo asimiló y empezó a causar problemas. Yo sabía… -Su voz se quebró. Calló unos momentos-. Sabía que a la larga haría algo. Pero Nikki nunca me creyó. Siempre se reía de eso.

– ¿De eso?

– De las cartas y las llamadas. No llevábamos ni dos días en esta casa -hizo un ademán- cuando Shelly averiguó el número de teléfono y empezó a llamar. Y después a enviar cartas. Y después a aparecer en la calle. Y después a robar las postales… -Se acercó al carrito de las bebidas. Sobre él descansaba un cubo con hielo. Lo alzó, y sacó de debajo un montoncito de postales-. Dijo que nos destruiría. Es una celosa… -Respiró hondo-. Es celosa.

Las postales eran del mismo anuncio de la colegiala que Lynley ya había visto, pero todas carecían de rostro, y encima habían escrito con un rotulador brillante el nombre de diversas enfermedades de transmisión sexual.

– Terry las descubrió mientras hacía sus rondas regulares por los teléfonos públicos -dijo Vi-. Fue Shelly quien lo hizo, uno de sus trucos. No será feliz hasta que me arruine.

– Háblenos de Shelly Platt -pidió Lynley.

– Era mi criada. Nos conocimos en C'est la Vie. ¿La conoce? Es una panadería y cafetería francesa que hay cerca de la estación de South Ken. Tenía lo que usted llamaría un acuerdo con el responsable: baguettes, quiches y tartas a cambio de ciertas libertades en el lavabo de caballeros, y Shelly estaba en el local una mañana, embutiéndose cruasanes de chocolate, cuando Alf y yo fuimos abajo. Vio que me entregaba mi pedido sin que yo le pagara y sintió curiosidad.

– ¿Con el fin de chantajearla?

La pregunta pareció divertir a Vi.

– Quería saber qué debía hacer para conseguir sus cruasanes a cambio de nada. Además, le gustó mi forma de vestir, llevaba un conjunto de Mary Quant aquella mañana, y también quería un poco de eso.

– ¿De su ropa?

– De mi vida, tal como se desarrollaron las cosas.

– Entiendo. Y como era su criada, tenía acceso a sus pertenencias…

Vi rió. Cogió dos cubos de hielo y una pequeña lata de zumo de tomate del estante inferior. Se preparó un bloody mary con la precisión de una larga experiencia.

– No era esa clase de criada, inspector. Era de la otra. Recibía las llamadas telefónicas de los clientes y las apuntaba en la agenda.

Vi revolvió su bebida con una cucharilla de cristal coronada por un loro verde chillón. La dejó sobre una servilleta de cóctel y volvió al sofá, depositó el vaso sobre la mesita auxiliar y continuó su explicación. Antes de conocer a Shelly Platt en C'est la Vie había contratado a una filipina de edad madura para que se ocupara de su agenda, pero todo el mundo tenía criadas filipinas de edad madura en aquella época, y pensó que sería más divertido sustituirla por una adolescente. Bien arreglada, no quedaba mal. Y lo más importante, ignoraba hasta tal punto las características de su trabajo, que podría pagarle tan solo una parte de lo que cobraban las típicas criadas.

– Le di techo, comida y treinta libras a la semana -dijo Vi-. Y créame, era más de lo que se sacaba mamando pollas cerca de la estación de Earl's Court, porque de esa forma se ganaba la vida cuando la conocí.

Estuvieron juntas durante casi tres años, continuó. Pero entonces Vi conoció a Nikki Maiden y comprendió las posibilidades que se abrían ante ellas si compartían el negocio.

– Al principio conservamos a Shelly, pero odiaba a Nikki porque ya no estábamos las dos solas. Shelly es así, aunque no lo supe cuando la contraté.

– ¿Así, cómo?

– Clava sus garras en la gente y cree que le pertenecen. Tendría que haberlo comprendido cuando me habló de lo que había pasado con su novio. Le siguió de Liverpool a Londres, y cuando llegó y descubrió que ya no quería ser su novio, empezó a seguirlo a todas partes, le telefoneaba constantemente, merodeaba por los alrededores de su piso, le enviaba cartas, le llevaba regalos. Pero yo no sabía que era así. Pensé que se trataba de una reacción aislada ante su primer fracaso amoroso. -Tomó un sorbo de su bebida-. Menuda idiota fui.

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