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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Pero señor…

– ¿Agente? -La forma en que pronunció la palabra tuvo más peso que su rango. Nkata se removió ante el escritorio de Lynley, como si deseara que Barbara le mirara.

Pero ella no lo hizo. Sin embargo, la mano que sujetaba la libreta cayó a su costado, y la seguridad desapareció de su voz cuando prosiguió:

– Señor, solo creo que debemos descubrir qué hacía exactamente Cole en Derbyshire. Cuando averigüemos el motivo de su viaje tendremos a nuestro asesino. Lo presiento. ¿Usted no?

– He tomado nota de su presentimiento.

Ella se mordió el labio inferior. Miró a Nkata por fin, como en busca de alguna directriz. El detective enarcó las cejas y ladeó la cabeza en dirección a la puerta del despacho, tal vez sugiriendo que lo más prudente era volver con los ordenadores. Barbara no le hizo caso.

– ¿Puedo seguirla, señor? -preguntó a Lynley.

– ¿Seguir qué?

– La pista de Cole.

– Havers, tiene una tarea. Y le han dicho que se reintegre a ella. Cuando haya terminado su trabajo en el cris, quiero que entregue un informe a Simon St. James. Después de eso le asignaré otra tarea.

– Pero ¿no se da cuenta de que si fue hasta Derbyshire para encontrarse con ella, tenía que haber algo más entre ellos?

– Barb… -dijo Nkata en señal de advertencia.

– Tenía mucho dinero -insistió Havers-. Fajos enteros, inspector. De acuerdo. Podía proceder del negocio de las tarjetas. Pero también tenía cannabis en el piso. Y un gran encargo del que no paraba de hablar. A su madre y a su hermana, a la señora Baden, a Cilla Thompson. Al principio pensé que era pura palabrería, pero como el negocio de las postales no puede explicar su presencia en Derbyshire…

– Havers, no pienso repetírselo.

– Pero señor…

– Maldita sea. -Lynley sintió que perdía los estribos. La obstinación de aquella mujer le estaba afectando como una cerilla aplicada a yesca seca-. Si intenta insinuar que alguien le siguió hasta Derbyshire con la intención de abrirle las arterias, se equivoca. Toda la información recogida nos conduce a Nicola Maiden, y si no lo ve es que ha perdido algo más que su rango como resultado de su excursión al mar del Norte del pasado junio.

La boca de Barbara se cerró al instante y sus labios se adelgazaron como las esperanzas de una solterona. Nkata masculló «Joder».

– Ahora. -Lynley utilizó la palabra para ganar tiempo a efectos de calmarse-. Si desea que la trasladen con otro detective, Havers, dígalo sin ambages. Hay trabajo que hacer.

Transcurrieron cinco segundos. Nkata y Barbara intercambiaron una mirada, significativa en apariencia para ellos pero inescrutable para Lynley.

– No voy a solicitar otro destino -dijo por fin Havers.

– Entonces ya sabe lo que debe hacer.

Ella intercambió otra mirada con Nkata y luego miró a Lynley.

– Señor -dijo educadamente. Y salió del despacho.

Lynley se dio cuenta de que no le había preguntado sobre sus progresos con los expedientes, pero no lo pensó hasta sustituir a Nkata detrás del escritorio. Y entonces pensó que volver a llamarla le concedería ventaja. Algo que no deseaba en ese momento.

– En primer lugar, abordaremos el ángulo de la prostitución -dijo a Nkata-. Eso podría proporcionar a un hombre montones de incentivos para asesinar.

– Sería terrible para un tío descubrir que su mujer hace la calle.

– Y hacer la calle en Londres sugiere la posibilidad de que alguien de la ciudad también lo descubriera, ¿no crees?

– No diré lo contrario.

– En ese caso, sugiero que busquemos al amante de Londres -terminó Lynley-. Y creo saber por dónde empezar.

16

Vi Nevin cogió la postal de los dedos de Lynley y, después de echarle un vistazo, la dejó con cuidado sobre la inmaculada mesilla auxiliar de cristal, situada entre el sofá color crema y el confidente a juego, que formaban un ángulo recto en una esquina. La joven se había acomodado en el sofá para que Nkata y Lynley se apretujaran en el confidente. Nkata no había colaborado en la argucia, sino que se había situado ante la puerta del dúplex, con los brazos cruzados y su cuerpo anunciando «no hay escapatoria».

– Usted es la colegiala que sale en la postal, ¿verdad? -empezó Lynley.

Vi cogió el álbum que había enseñado a Havers y Nkata el día anterior. Lo tendió a Lynley.

– Yo poso para fotos, inspector. Eso es lo que hago, y por eso me pagan. No sé quién va a utilizarlas y me da igual. Siempre que me paguen.

– ¿Está diciendo que es una simple modelo de los servicios sexuales que otra proporciona?

– Exacto.

– Entiendo. Entonces ¿para qué consta su número de teléfono en la postal si usted no es la «colegiala» en cuestión?

Vi apartó la vista. Era despierta, muy bien educada, bien hablada e inteligente, pero no se había anticipado tanto.

– No estoy obligada a hablar con usted -dijo-. Y lo que hago no es ilegal, de modo que haga el favor de no actuar así.

No era su propósito explicarle tecnicismos legales, dijo Lynley. Pero si se dedicaba a la prostitución…

– Enséñeme dónde dice en la postal que alguien me paga por algo -preguntó la joven.

Si se dedicaba a la prostitución, repitió Lynley, ya sabía dónde empezaba a ser resbaladizo el terreno. Si tal era el caso…

– ¿Busco hombres en la calle o en un lugar público?

Si tal era el caso, continuó el inspector con firmeza, daba por sentado que la señorita Nevin debía estar informada de que un juez con escasa paciencia para su gimnasia lingüística podía encontrar definiciones muy amplias para la palabra «burdel». Paseó la vista por el dúplex, por si la joven no había comprendido todo el significado de su comentario.

– Polis -dijo Vi con tono desdeñoso.

– Pues sí -fue la afable respuesta de Lynley.

Nkata y él habían ido directamente a Fulham al salir de New Scotland Yard. Encontraron a Vi Nevin descargando un par de bolsas de Sainsbury de un Alfa Romeo último modelo, y cuando la joven vio a Nkata bajar del Bentley, dijo:

– ¿Para qué vuelven? ¿Por qué no están buscando al asesino de Nikki? Escuchen, no tengo tiempo para hablar con ustedes. Tengo una cita dentro de cuarenta y cinco minutos.

– Entonces querrá que nos vayamos cuanto antes, supongo -dijo Lynley.

Ella echó un vistazo a los dos hombres, en busca de alguna pista.

– En ese caso échenme una mano -dijo, y les pasó las dos bolsas.

Guardó las vituallas en una nevera grande: paté, aceitunas griegas, jamón, camembert, dolmades…

– ¿Celebra una fiesta? -preguntó Lynley-. ¿O la comida es para la… cita, tal vez?

Vi Nevin había cerrado la puerta de la nevera y entrado en la sala de estar, donde se acomodó en el sofá. Seguía sentada en él, una figura vestida a la moda retro con zapatos estilo Oxford y calcetines blancos, tejanos, camisa blanca con las mangas arremangadas, pañuelo anudado al cuello y una coleta. Parecía una fugitiva de una película de James Dean. Solo faltaba el chicle.

Sin embargo, no hablaba como una fugitiva de una película de James Dean. Tal vez iba vestida como una devota del bop, pero hablaba como una mujer nacida en el seno de una buena familia, o que había adoptado esa personalidad. Más bien lo último, pensó Lynley mientras la interrogaba. De vez en cuando, su cuidadosa interpretación fallaba: una palabra o una pronunciación errónea revelaba sus orígenes. De todos modos, no era lo que pensaba encontrar al otro extremo de una postal que anunciaba sexo.

– Señorita Nevin -dijo-, no he venido para intimidarla. He venido porque una mujer ha sido asesinada, y si su muerte está relacionada de alguna manera con su forma de ganarse la vida…

– Siempre van a lo mismo, ¿verdad? Uno de nuestros clientes. «Es basura y recibió su merecido. Es una suerte que durara tanto, teniendo en cuenta su estilo de vida y los tíos que la frecuentaban.» Le gustaría que todo se redujera a eso, ¿verdad? Su estilo de vida. No me diga lo que hace o no intenta hacer con respecto a mi «forma de ganarme la vida». -Le miró sin pestañear-. Si supiera cuántas órdenes de detención desaparecen de vista cuando un tío tiene prisa por quitarse los pantalones. Hummm. Podría facilitarle algunos nombres.

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