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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Lo que fue un cometa es ahora un pobre resto, unos puñados de rocas volantes y fragmentos de hielo sucio. El campo gravitatorio de la Tierra los ha esparcido por él cielo. Todavía pueden alcanzar el halo, pero jamás podrán reagruparse.

A uno y otro lado de la Tierra se han abierto cráteres ardientes. Los impactos en el mar brillan tanto como los de la tierra, pero los marinos se están empequeñeciendo. Muros de agua se ciernen a su alrededor, inclinando sus bordes hacia dentro.

Alrededor del impacto en el Pacífico, las aguas se ciernen a casi tres kilómetros de altura. Sus bordes bullen frenéticamente. La presión del vapor ardiente en expansión impide que avancen los muros de agua.

El vapor caliente asciende en una columna clara como cristal, transportando sal de agua marina vaporizada, cieno del fondo marino y rocas de la porción de cometa caída que se han vuelto a condensar. Cuando llega a los límites de la atmósfera terrestre empieza a extenderse, formando un creciente remolino.

Los megatones de vapor ardiente empiezan a enfriarse. El agua se condensa primero alrededor del polvo y las partículas mayores. Las porciones de barro más pesadas no siguen este esquema. Algunas se unen en su caída, todavía calientes. En el aire más seco de abajo se evapora un poco de agua.

LA CAÍDA DEL MARTILLO: DOS

¡Oh, pecador! ¿Adonde huirás? ¿Adonde irás cuando llegue ese día?

La tienda de electrodomésticos estaba cerrada, y un letrero en la puerta indicaba que no abriría hasta dentro de una hora. Tim Hamner buscó un bar, una barbería, cualquier lugar donde pudiera haber un televisor, pero no vio nada.

Por un instante pensó en tomar un taxi, pero era inútil. Los taxis de Los Angeles no circulaban con el «libre» puesto, sino que era preciso llamarlos por teléfono. Y podrían pasar horas antes de que acudiera uno. No, Tim no podría ir al JPL, ¡y el núcleo del Hamner-Brown debía estar pasando en aquel momento! Los astronautas lo verían todo y enviarían sus películas a la Tierra, pero Tim Hamner no vería nada.

La policía se había llevado algunos de los Guardianes del Cometa, pero aquello no había ejercido ningún efecto sobre el atasco de tráfico. Había demasiados coches abandonados.

Mientras se preguntaba qué podría hacer, vio una luz parecida al de un flash fotográfico. Tim parpadeó. ¿Qué había visto exactamente? Hacia el sur no había más que las colinas verdes y marrones de Griffith Park y dos jinetes que cabalgaban por la pista.

Tim frunció el ceño y se dirigió, caviloso, hacia su automóvil. Este tenía teléfono y Tim podría llamar a un taxi. Dos guardianes con túnicas blancas se le acercaron. Tim les esquivó, y ellos detuvieron a otro transeúnte.

—¡Reza, oh pueblo! Ha llegado la hora pero todavía no es demasiado tarde...

El ruido de los cláxones y los gritos de cólera habían alcanzado un crescendo cuando Tim llegó a su coche.

Entonces la tierra se movió. El primer movimiento fue repentino e intenso; los que siguieron fueron más suaves. Los edificios temblaron. En algún lugar cercano se rompió el vidrio de un escaparate. Se oyeron más ruidos de vidrios que se rompían. Tim podía oírlos porque los cláxones de los coches habían enmudecido de repente. Era como si todo el mundo se hubiera quedado congelado en su sitio. Algunas personas salieron del supermercado. Otras permanecían de pie en los umbrales, dispuestas a salir si los temblores continuaban.

Sonaron de nuevo los cláxones. La gente se lamentaba y gritaba. Tim abrió la portezuela del coche y cogió el radioteléfono.

La tierra tembló de nuevo. Se oyeron más ruidos de cristales, el grito de alguien. Luego, una vez más, se hizo el silencio. Una bandada de cuervos salió del jardincillo junto a los estudios Disney. Las aves chillaron a la gente, pero nadie les prestó atención. Pasaron unos segundos, y los cláxones empezaban a sonar de nuevo cuando Tim fue arrojado violentamente al suelo de asfalto del aparcamiento.

Esta vez los temblores no cesaron. El suelo se agitó y onduló una y otra vez, y cada vez que Tim trataba de levantarse era derribado de nuevo. Parecía como si el terremoto no fuera a cesar jamás.

Eileen había sido derribada al suelo con la silla en la que se sentaba, y un montón de catálogos había caído sobre ella. Le dolía la cabeza y tenía la falda levantada hasta las caderas.

Apartó la silla, lenta y cuidadosamente, porque el suelo estaba lleno de cristales rotos, y se bajó la falda. Tenía las medias destrozadas y una mancha de sangre en la pantorrilla.

Se miró la pierna, temerosa de tocar la herida, hasta que se aseguró de que no brotaba más sangre.

La oficina era un caos. Catálogos, el vidrio de la mesita de café hecha añicos, los estantes caídos y los restos del gran vidrio del escaparate. Movió vigorosamente la cabeza. Se le ocurrían pensamientos absurdos. ¿Cómo podía tener tanto vidrio el escaparate? Luego, a medida que sus ideas se aclaraban, se dio cuenta de que todos aquellos estantes con sus libros no la habían alcanzado al caer. Se apoyó en la mesa de la recepcionista, con una sensación de vértigo.

Entonces vio a Joe Corrigan.

El vidrio del escaparate había caído hacia el interior, y Corrigan se había sentado junto a él. Estaba rodeado de fragmentos de vidrio. Eileen se acercó tambaleándose y se arrodilló. Un fragmento de vidrio le hizo un corte en la rodilla. Un pedazo de vidrio, afilado como una punta de lanza, había atravesado la mejilla de Corrigan, hundiéndose profundamente en su garganta. La sangre se había acumulado bajo la herida, pero ya no manaba más. Tenía los ojos y la boca completamente abiertos.

Eileen extrajo la astilla hundida en la garganta de Corrigan y cubrió la herida con la mano. Le sorprendió que ya no sangrara, y se preguntó qué podría hacer. En la calle estaban los policías, y alguno de ellos sabría qué medidas había que adoptar. Aspiró hondo y se dispuso a gritar. Entonces escuchó.

Se oían los gritos y lamentos de muchas personas. Los ruidos del exterior eran caóticos. Parecía como si los edificios todavía se estuvieran derrumbando. En medio del griterío destacaban los cláxones de algunos automóviles, que sonaban entrecortados, como los estertores de una agonía mecánica. Nadie oiría la llamada de socorro de Eileen.

Miró de nuevo a Corrigan. Le buscó el pulso inútilmente. Probó en el otro lado del cuello. Tampoco allí tenía pulso. Cogió un poco de pelusa de la alfombra y la acercó a las narices del hombre. La pelusa permaneció inmóvil. Eileen pensó que aquello era absurdo. ¡La herida del cuello no podía haberle matado de un modo tan fulminante! Pero lo cierto era que estaba muerto. Se preguntó si le habría dado un ataque al corazón.

Eileen se levantó lentamente. Unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Eran saladas y sabían a polvo. Con gestos automáticos se pasó la mano por el cabello y se limpió la falda antes de salir a la calle. Sintió deseos repentinos de echarse a reír, pero se contuvo. Si empezaba a hacerlo, no podría detenerse.

Llegaban más ruidos del exterior. Eran unos ruidos temibles, pero tenía que salir. Afuera estaba la policía, y entre ellos Eric Larsen. Empezó a llamarle, pero entonces vio lo que sucedía y permaneció quieta junto al umbral de la puerta destrozada.

El patrullero Eric Larsen era de Kansas. Para él, un terremoto era algo totalmente desorientador y aterrador. Sentía impulsos de correr en círculos, agitando los brazos y graznando. Ni siquiera podía ponerse de pie. Cada vez que lo intentaba, caía al suelo, y al final decidió quedarse donde estaba. Apoyó la cabeza en los brazos y cerró los ojos. Trató de pensar en el guión de televisión que escribiría cuando todo aquello hubiera terminado, pero no pudo concentrarse.

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