El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Hacía algún tiempo que no iba a casa de su amigo y se sorprendió al constatar una vez más lo cómoda que era, de hecho, incluso acogedora. Estaba demasiado concentrado en el propósito de su visita para reparar en detalles, aunque percibió algunos toques personales. No era algo que hubiese asociado con Monk, resultaba demasiado plácido. Había tapetes en los respaldos de los sillones y una palmera en un enorme macetero de latón. El fuego ardía con ganas, como si llevara un buen rato encendido. Notó que se serenaba, aunque no era ésa su intención.
– ¿De qué se trata? -preguntó en cuanto se quitó el abrigo, antes de sentarse frente a Monk-. ¿Qué has descubierto? ¿Tienes pruebas?
– Tengo testigos -repuso Monk, cruzando las piernas y recostándose, con los ojos fijos en el rostro de Evan-. Tengo a varias personas que vieron a Rhys Duff en St Giles poco antes del asesinato, incluida una prostituta que le atendió en varias ocasiones. Era él sin lugar a dudas. Identificó el retrato que me diste, y sabía su nombre, así como los de Arthur y Duke Kynaston. Hasta tengo la última víctima de violación, a quien asaltaron justo antes del asesinato, a muy poca distancia de Water Lane.
– ¿Ha identificado a Rhys Duff? -dijo Evan, incrédulo. ¡Era demasiado bueno para ser verdad! ¿Cómo se les había podido pasar por alto a él y a Shotts? ¿Realmente eran tan inferiores a Monk? ¿Tan habilidoso e implacable era él? Miró hacia donde estaba sentado Monk; el fuego teñía de rojo sus enjutos pómulos y arrojaba una sombra sobre sus ojos. Era un rostro duro y despierto, pero no insensible, no carente de imaginación ni incapaz de mostrar compasión. Ahora presentaba una expresión melancólica, como si su triunfo destruyera y creara al mismo tiempo. Había muchas cosas de él que Evan no comprendía, pero eso no impedía que le tuviera aprecio. Jamás había temido el compromiso de su amistad.
– No -contestó Monk-. Describió a tres hombres, uno alto y más bien delgado, otro más bajo y fornido, y un tercero de estatura normal y flaco. No vio o no recuerda sus caras.
– Podrían ser Rhys Duff y Duke y Arthur Kynaston, pero eso no constituye una prueba -arguyó Evan-. Cualquier abogado defensor dirá lo mismo.
Monk entrelazó los dedos para hacerlos crujir sin dejar de mirar a Evan.
– Cuando ese abogado defensor que tienes en mente pregunte por qué diablos Rhys Duff tenía que matar a su padre -dijo-. Era un muchacho decente y distinguido quien, como cualquier otro de su edad y su clase, de vez en cuando buscaba placer en brazos de una prostituta. Que su padre fuese un tanto mojigato, incluso un poco presuntuoso tal vez, no es motivo para algo más que una riña y quizá una reducción de su asignación. Pero esto nos da la respuesta: porque Leighton Duff interrumpió a su hijo y sus amigos mientras violaban y pegaban a una muchacha, para su horror y consternación. Aquello no podía aceptarlo como parte de los apetitos naturales de todo muchacho. Por consiguiente, era preciso hacerle callar.
Evan siguió el razonamiento a la perfección.
El motivo era lo único que le había faltado hasta entonces. Una disputa era fácil de entender, incluso unos cuantos puñetazos. Pero una lucha a muerte debida al uso de prostitutas resultaba absurda. Ahora bien, una serie de violaciones cada vez más violentas, realizadas por los tres, y sorprendidos con las manos en la masa, no era ni mucho menos lo mismo. Era repulsivo y, además, criminal. Para colmo, semejante espiral de violencia conducía indefectiblemente al asesinato. Imaginar a tres muchachos, excitados por el triunfo de la violencia contra una víctima aterrorizada, matando a golpes al único hombre que amenazaba con ponerlos al descubierto, resultaba nauseabundo, pero no difícil de creer.
– Sí, comprendo -convino, con una súbita tristeza. Se trataba de actos horrendos, tan infames y repulsivos que le hacían sentir una intensa rabia contra los muchachos que los habían cometido. No obstante, lo que ocupaba su mente era la imagen de Rhys tal como lo había encontrado, tirado en el suelo, empapado en sangre, inconsciente pero respirando aún, apenas con vida.
A ésta siguió la visión del chico en la cama del hospital, con el rostro hinchado y amoratado, cuando abrió los ojos e intentó hablar, ahogado por el horror, hundido en el dolor.
Evan no experimentó la menor sensación de triunfo, ni siquiera el habitual alivio de la tensión interior que implica saber la verdad. No se sentía en paz.
– Deberías acompañarme a visitar a esos testigos -dijo, cansinamente-. Me figuro que me dirán lo mismo que tú. ¿Crees que estarán dispuestos a testificar ante un tribunal? -No sabía qué prefería. Aunque no lo hicieran, nada cambiaría la verdad de los hechos.
– Lo estarán -contestó Monk, impaciente-. La majestad de la ley les persuadirá. Una vez en el estrado no tienen por qué mentir. De todos modos, la decisión no es tuya.
Tenía razón. No había nada que discutir.
– Pues se lo comunicaré a Runcorn -prosiguió Evan. Sonrió torciendo los labios hacia abajo-. No le gustará nada que tú hayas resuelto el caso.
Una extraña mirada cruzó el rostro de Monk, una mezcla de ironía y algo que podía ser arrepentimiento, o incluso una forma de culpa. Evan advirtió su incertidumbre, un titubeo como si quisiera decirle algo más y no supiera por dónde empezar. En lugar de levantarse, seguía arrellanado en el confortable sillón.
– Ya sé que se negó a investigar las violaciones -dijo Evan-, pero esto es distinto. Nadie se tomaría la molestia de interponer una acción judicial por violación cuando hay un asesinato. Los acusaremos de homicidio. Las violaciones las demostraremos para establecer el motivo. Las de Seven Dials quedarán probadas de manera implícita.
– Lo sé.
Evan estaba desconcertado. ¿Por qué era tan profundo el desprecio que Monk sentía por Runcorn? Runcorn a veces se mostraba pedante, pero era su manera de defenderse de la trivialidad que se le antojaba su vida, quizá de la soledad. Era uno de esos hombres cuya única preocupación era el trabajo, el prestigio que le otorgaba, hasta en sus relaciones con los demás. Evan se daba cuenta de que no sabía nada en absoluto acerca del hombre que era Runcorn fuera de la comisaría, salvo que nunca hablaba de familiares o amigos, o de afición alguna. ¿Acaso Monk se había detenido alguna vez a considerar esas cosas?
– ¿Sigues pensando que tendría que haber intervenido en los casos de violación? -preguntó, notando el tono crítico que encerraba su voz.
Monk se encogió de hombros.
– No -dijo a regañadientes-. Hizo bien. Habría supuesto una experiencia mucho peor para las víctimas que para los delincuentes…; suponiendo que hubiesen llegado a testificar…, cosa que dudo. Yo no pediría a una mujer que me importara que se sometiera a eso. Nuestro afán se debería más al propio deseo de venganza que al bienestar de las mujeres o un elevado sentido de la justicia. Sufrirían en balde; los hombres saldrían libres. Ni siquiera tendríamos ocasión de enjuiciarlos en el futuro, suponiendo que encontráramos pruebas concluyentes, porque ya habrían sido juzgados.
Su expresión era de rabia, pero se debía a la situación, no iba dirigida contra Runcorn.
– La violación es un delito para el que no tenemos una respuesta ni siquiera remotamente justa o compasiva -prosiguió-. Atañe a una parte de las emociones que no ejercitamos de un modo honesto, por no hablar de gobernar con racionalidad. Es incluso más primitivo que el asesinato. ¿Por qué, Evan? Lo negamos, lo excusamos, torturamos la lógica y deformamos los hechos para fingir que no ha sucedido, que en cierto modo la culpa es de la víctima y que, por consiguiente, no se ha cometido el crimen mencionado.
– No lo sé -dijo Evan, sin dejar de meditar-. Tiene que ver con la propia violación…
– ¡Por el amor de Dios! ¡Es a la mujer a quien violan! -exclamó Monk, enfurecido.