El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Nan se había moldeado a imagen de su madre, y su recompensa había sido una tácita pero atesorada aprobación, comunicada mediante un simple asentimiento de la cabeza. Había vivido para ese asentimiento. Significaba: «Los hijos aprenden de los padres, y tú has aprendido a la perfección, Nancy.»
Los padres aportaban al mundo de sus hijos orden y significado. Los hijos aprendían quiénes eran, y cómo comportarse, sentados en las rodillas de sus padres. Por tanto, ¿qué había visto Nicola en sus padres para convertirse en lo que había sido?
Nan no quería contestar a una pregunta que la enfrentaba cara a cara con demonios a los que no deseaba hacer frente. Era como su padre, susurraba la voz interior de Nan. Pero no, pero no. Se apartó de la ventana.
Subió hasta el piso privado de Maiden Hall. Encontró a su marido en el dormitorio, sentado en la butaca a oscuras, con la cabeza apoyada en las manos.
No levantó la vista cuando ella cerró la puerta. Nan se acercó a él, se arrodilló junto a la butaca y apoyó la mano en su rodilla. No le dijo lo que deseaba decir, que Christian-Louis había quemado piñas, que luego se convirtieron en diminutos restos de carbón, unas semanas antes, que la planta baja tardó horas en perder el olor acre resultante, y que él, Andy, no había hablado del olor porque, para empezar, ni se había fijado. No quiso decir nada de esto porque no quería pensar en las implicaciones.
– No nos perdamos a nosotros también, Andy -fue lo que dijo.
Su marido levantó la vista y Nan se quedó impresionada por lo mucho que había envejecido durante los últimos días. Su vitalidad natural había desaparecido. No podía imaginar al hombre que tenía ante ella corriendo desde Padley Gorge hasta Hathersage, esquiando con temeridad en Whistler Mountain, o pedaleando por la Tissington Trail en su mountain bike sin siquiera sudar. No parecía capaz ni de bajar la escalera, y mucho menos de volver a dedicarse a sus actividades de antaño.
– Deja que haga algo por ti -murmuró, y con una mano le apartó el pelo de la sien.
– Dime qué has hecho con él -contestó Andy.
Dejó caer la mano.
– ¿Con qué?
– ¿Te lo llevaste al páramo esta tarde? Tienes que haberlo hecho. Es la única explicación.
– Andy, no sé de qué…
– Basta. Solo dímelo. Y dime por qué dijiste que no tenía uno. Eso es lo que más me gustaría saber.
Nan sintió, más que oyó, un extraño zumbido en su cabeza. Era como si el busca de Nicola estuviera en la habitación. Imposible, por supuesto. Estaba donde lo había depositado: en el fondo de una hondonada creada por dos fragmentos de roca caliza, en Hathersage Moor.
– Querido -dijo-, la verdad es que no sé de qué me estás hablando.
Andy la miró. Ella sostuvo su mirada y esperó a que fuera más directo, a que preguntara con un lenguaje explícito imposible de burlar. Nunca había sido una buena mentirosa. Podía fingir confusión e ignorancia, pero poca cosa más.
Andy no preguntó, sino que reclinó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
– Dios -susurró-. ¿Qué has hecho?
Ella no contestó. Su marido estaba invocando a Dios, no a ella. Y los designios de Dios eran inescrutables, incluso para los creyentes. No obstante, el sufrimiento de Andy le resultaba tan doloroso que quiso proporcionarle algún consuelo. Lo encontró en una revelación parcial. Que dedujera lo que quisiera.
– Es necesario que las cosas sigan libres de complicaciones -murmuró-. Hemos de procurar que las cosas sean lo más sencillas posibles.
14
Samantha se encontró con su tío Jeremy en el salón cuando hacía su última ronda nocturna de comprobación de puertas y ventanas, más por costumbre que por proteger las inexistentes posesiones de valor de la familia, y había entrado en el salón para verificar las ventanas.
Las luces estaban apagadas, pero no porque Jeremy estuviera durmiendo. En realidad, estaba proyectando una vieja película de 8 mm en un proyector que zumbaba y crujía como si estuviera en las últimas. La película no se proyectaba en la pantalla, porque Jeremy no se había tomado la molestia de montarla, sino en una librería, y los lomos curvos de libros devorados por el moho distorsionaban las figuras filmadas.
Jeremy levantó el vaso y bebió. Lo dejó con tal precisión sobre la mesa contigua a su silla que Samantha se preguntó si en verdad estaba bebiendo. Volvió la cabeza y la miró con los ojos entornados, como si la luz del pasillo fuera demasiado brillante.
– Ah, eres tú, Sammy. ¿Vienes a reunirte con el inquilino insomne?
– Estaba comprobando las ventanas. No sabía que aún estabas levantado, tío Jeremy.
– No, ¿eh?
La película seguía proyectándose. El pequeño Jeremy y mamá iban a caballo, Jeremy sobre el poni de cumpleaños y mamá sobre un caballo bayo muy brioso. Los caballos trotaban hacia la cámara, y Jeremy agarraba el pomo de la silla como si le fuera la vida en ello. Rebotaba como si tuviera el trasero de goma. Sus piececitos habían perdido los estribos. Los caballos se detuvieron y mamá desmontó, cogió a su hijo y lo hizo girar en volandas.
Jeremy devolvió su atención a la película.
– Pierdes a tu madre y quedas marcado para siempre -murmuró mientras cogía el vaso de nuevo-. ¿Te he contado alguna vez, Sammy…? -Sí.
Desde su llegada a Derbyshire, Samantha había escuchado numerosas veces la historia que ya sabía: la muerte de su madre, el rápido nuevo matrimonio de su padre, su exilio en un internado a la tierna edad de siete años, mientras su única hermana había sido autorizada a quedarse en casa. «Me destrozó -repetía una y otra vez-. Roba su alma a un hombre, y ten la seguridad de que nunca lo olvidará.»
Samantha decidió que era mejor dejarle entregado a sus reflexiones, y se dispuso a salir de la sala. Pero sus siguientes palabras la detuvieron.
– Es estupendo que ya no estorbe, ¿verdad? -dijo-. Deja el camino despejado. Es lo que yo pienso. ¿Qué opinas tú?
– ¿Qué? -dijo Samantha-. No… ¿Qué?
Sorprendida, fingió no entender unas palabras que no admitían la menor duda, sobre todo porque el titular del High Peak Courier, que descansaba junto a la butaca de su tío, gritaba «Muerte en Nine Sisters Henge». Era absurdo, por consiguiente, intentar disimular con su tío. «Nicola ha muerto» iba a ser el subtexto de toda conversación que Samantha sostuviera en adelante, y sería mejor para ella acostumbrarse a la idea de Nicola Maiden como una figura al estilo Rebeca, que fingir que nunca había existido.
Jeremy seguía mirando la película y una sonrisa se insinuaba en sus labios, como si le divirtiera verse a los cinco años corriendo por una senda que atravesaba los jardines, arrastrando un palo por el borde de una orilla herbácea bien cuidada.
– Sammy, ángel mío -dijo a la pantalla, y de nuevo resultó notable la claridad de su pronunciación-, lo que importa no es cómo sucedió. Lo que importa es que sucedió. Eso es lo único importante.
Samantha no contestó. Se sentía clavada en su sitio, atrapada y fascinada por algo que podía destruirla.
– Nunca fue adecuada para él, Sammy. Saltaba a la vista cuando estaban juntos. Ella sujetaba las riendas y él se dejaba montar. Eso cuando no la montaba a ella, por supuesto. -Jeremy rió su propio chiste-. Tal vez nos habríamos dado cuenta del error al final, pero no lo creo. Se le había metido demasiado adentro. Era una especialista en eso. Algunas mujeres lo son.