Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Классическая проза » Un Puente Sobre El Drina
Un Puente Sobre El Drina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
1 ... 68 69 70 71 72 73 74 75 76 ... 89
Перейти на страницу:

El silencio que se produjo al terminar de hablar Glasintchanine tuvo la virtud de serenar a los dos muchachos. No se atrevieron a mirarse. Sólo Dios sabe qué giro habría tomado aquella disputa si no hubiesen hecho su aparición sobre el puente algunos borrachos que venían de la plaza, cantando unas canciones deshilvanadas y lanzando sonoras llamadas. Un tenor cubría con la suya las voces de los demás y entonaba, como Dios le daba a entender y en un tono agudo, una antigua melodía:

¡Qué juiciosa eres, qué hermosa,

Hermosa Fata Ardaguina!

Reconocieron por la voz a algunos comerciantes jóvenes y a ciertos muchachos, hijos de familias acomodadas. Unos andaban derechos y despacio, otros describían curvas y daban traspiés. A través de sus bromas sonoras, podía concluirse que venían de un establecimiento conocido por el nombre de "Bajo los Alamos".

En el curso del relato precedente, nos hemos olvidado de señalar una innovación que había sido introducida en la pequeña ciudad. (Ya habrán ustedes observado que olvidamos fácilmente decir aquello de lo que no nos gusta hablar.)

Unos quince años antes de lo que acabamos de narrar, con anterioridad, incluso, al comienzo de la construcción del ferrocarril, se establecieron en Vichegrado un húngaro y su mujer. El apellido de él era Terdik y su mujer se llamaba lulka; ella, por proceder de Novi Sad, hablaba servio. Todo el mundo se enteró en seguida de que habían llegado con la intención de abrir en la ciudad un establecimiento para el cual no existía una denominación exacta en el lenguaje popular. Y, en efecto, inauguraron en un extremo de Vichegrado un local situado bajo los altos álamos que crecen al pie de la montaña de Strajichta. Aprovecharon una vieja casa de beys que transformaron por completo.

Aquel lugar adquirió mala reputación en la ciudad. Las ventanas de la casa estaban cerradas y las cortinas corridas durante todo el día. Pero una vez llegada la noche se encendía en la puerta una luz blanca procedente de una lámpara de minero, la cual ardía toda la noche. En la planta baja resonaban los ecos de las canciones y se dejaban oír las notas de una pianola. Corrían entre los muchachos y los libertinos los nombres de las mujeres que Terdik había llevado y mantenía en su establecimiento. Al principio fueron cuatro: Irma, Ilona, Frida y Aranka.

Todos los viernes podía verse cómo llegaban al hospital, en dos simones, "las muchachas de lulka" que acudían al reconocimiento semanal. Iban vestidas de blanco y de rojo, llevaban flores en el sombrero y se guardaban del sol con unas sombrillas blancas en las que flotaban unos volantes de encaje. Cuando pasaban los dos coches, las mujeres de la ciudad apartaban a sus hijas y volvían la cara con sentimientos mezclados de desagrado, de vergüenza y de piedad.

Cuando se iniciaron los trabajos del ferrocarril y empezaron a llegar obreros y a correr el dinero, aumentó el número de aquellas mujeres. Terdik, siguiendo sus planes, construyó al lado de la vieja casa turca un nuevo edificio, cuyo tejado rojo podía verse de lejos. Había en él tres secciones: una sala común, un Extrazimmer y un offizierssalon 1. Cada uno de aquellos locales tenía su precio y recibía a diferentes clientes. Allí, en "Bajo los Álamos", como decían en la ciudad, podían gastar su dinero, heredado o adquirido, los hijos y los nietos de los que tiempos atrás habían bebido en la taberna de Zarié o, más tarde, en el hotel de Lotika. En el nuevo establecimiento tenían libre curso las bromas más tremendas, y se desarrollaban las riñas más célebres, y podía asistirse a las juergas más desenfrenadas e, incluso, a dramas sentimentales. En "Bajo los Álamos" tuvieron origen innumerables desdichas personales y familiares de la ciudad.

El personaje central de aquella sociedad de borrachos, que pasaba la primera mitad de la noche en el local y que después iba a tomar el fresco a la kapia, era un tal Petsikoza, un buen muchacho, un auténtico pedazo de pan, al que los hijos de los ricos hacían beber para poder jugarle malas pasadas.

Antes de llegar a la kapia los juerguistas se detuvieron junto al parapeto del puente. Podía oírse su sonora disputa de borrachos. Nicolás Petsikoza apostó dos litros de vino a que era capaz de ir por el parapeto hasta el otro extremo del puente.

Aceptada la apuesta, el muchacho se subió al pretil y se puso a andar, con los brazos abiertos, echando un pie, prudentemente, tras el otro, como un sonámbulo. Cuando alcanzó la kapia, vio a los dos muchachos que continuaban en ella; se limitó a seguir, canturreando y vacilando como un borracho, su peligroso camino, mientras que sus alegres camaradas caminaban tras él. Su sombra, al débil claro de luna, bailaba a lo largo del puente y se quebraba sobre la acitara del lado opuesto.

Los borrachos pasaron, en medio del bullicio que producían sus gritos y sus observaciones estúpidas, ante los dos muchachos, que se levantaron y, sin saludarse, volvieron a su casa, cada uno por su sitio.

Glasintchanine desapareció en la oscuridad, por la orilla izquierda del Drina, siguiendo el camino que conducía á su domicilio emplazado arriba, en Okolinchta. Stikovitch tomó la dirección opuesta, hacia la plaza del mercado. Su paso era poco resuelto. No sentía ganas de abandonar aquel lugar en el que había luz y se notaba más fresco que en la ciudad. Se detuvo junto al parapeto del puente. Tenía necesidad de aferrarse a algo, de notar un apoyo.

La luna se había puesto por detrás del monte Vid. Acodado sobre el pretil de piedra, en un extremo del puente, el muchacho miró largo rato las grandes sombras y las escasas luces de su ciudad natal, como si las viese por primera vez. Dos ventanas estaban encendidas en el círculo militar. Ya no se oía ninguna música. Ahora tal vez aquella pareja de desdichados, el médico y la coronela, estarían hablando de música o de amor, o de sus destinos que no llegaban a alcanzar la paz separadamente, ni a encajar el uno en el otro.

Stikovitch podía ver desde el lugar del puente en que se encontraba una ventana encendida en el hotel de Lotika. El muchacho contempló aquellos puntos de luz como si esperase algo. Estaba extenuado y triste. El temerario paseo de aquel insensato de Petsikoza le trajo a la memoria su niñez, cuando yendo un día a la escuela, vio, en medio de la niebla de una mañana invernal, cómo el Tuerto danzaba sobre aquel mismo parapeto. Cada recuerdo de su infancia despertaba en él tristeza y malestar. Aquel sentimiento de una grandeza fatal y seductora, de estar volando por encima de todo y de todos; aquel sentimiento que habían producido en él las palabras ardientes y duras de Glasintchanine se desvaneció como por encanto. Le pareció que había dejado las alturas y que se arrastraba con dificultad por la tierra tenebrosa como se arrastraban todos los demás. También lo torturaba la memoria de todo lo que había pasado con la maestra y que nunca debería haber sucedido (era como si otro hubiese actuado en su nombre); y lo torturaba ei artículo aparecido en la revista, que le parecía flojo lleno de errores (como si otro lo hubiese escrito, publicándolo contra su voluntad y con su firma); y lo torturaba la conversación con Glasintchanine, que, ahora, le parecía cuajada de maldad y de odio, de injurias sangrientas y de peligros reales.

Se estremeció en un escalofrío interior. Del río subía el fresco de la madrugada. Cuando se espabiló, observó que las dos ventanas del círculo militar se habían apagado. Del edificio salían los últimos clientes. A través de la plaza en tinieblas, llegó el sonido que producían los sables al rozar el suelo, y el eco de las palabras bulliciosas y artificiales. Entonces, el muchacho se separó a disgusto del parapeto y después de mirar una vez más la ventana iluminada del hotel -última luz de la ciudad dormida -, se dirigió con paso lento hacia su modesta casa allá en el Meïdan.

CAPÍTULO XX

La única ventana iluminada del hotel, que se destacaba como un último signo de vida en la noche de la ciudad, correspondía a la habitación de Lotika.

Aquella noche estaba sentada ante su mesita, cubierta de papeles, lo mismo que antaño, hacía veintitantos años, cuando se retiraba al cuartito para descansar, aunque no fuese más que un momento, del ajetreo y de la afluencia del hotel. La única diferencia era que ahora todo estaba tranquilo y sombrío en la parte de abajo.

вернуться

1. En alemán en el original. (N. del T.)

1 ... 68 69 70 71 72 73 74 75 76 ... 89
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)