Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
– ¿Te has dado cuenta? Eran los argumentos de Kherak – empezó diciendo Stikovitch, volviendo a la discusión de unas horas antes, dándose cuenta, de pronto, de la escasa fuerza de su posición.
Glasintchanine, al observar la ventaja momentánea que le proporcionaba su posición de juez, no respondió inmediatamente.
– ¡Por favor! -continuó Stikovitch, con impaciencia -. Es ridículo hablar hoy en día de la lucha de clases y preconizar un trabajo insignificante; hasta para el último de nuestros hombres resulta claro que la unificación y la liberación nacionales realizadas por medios revolucionarios son las tareas más urgentes de nuestra comunidad.
La voz de Stikovitch encerraba preguntas y llamadas a la conversación. Pero Glasintchanine se abstuvo nuevamente de contestar. En medio de la calma de aquel silencio vengador y hostil, llegó a ellos una música que procedía del círculo militar, situado en la orilla. Las ventanas de la planta baja estaban iluminadas y abiertas de par en par. Alguien, acompañado al piano, tocaba el violín. Era el doctor Balach, un médico militar. Regimentsartz 1, el que tocaba y la mujer del coronel Bauer, comandante de la guarnición, la que lo acompañaba. (Están estudiando la segunda parte de una sonatina para violín y piano de Schubert. Empiezan bien y de acuerdo, pero antes de llegar a la mitad del fragmento, el piano se adelanta y el violín interrumpe la música. Tras un corto silencio, durante el cual, probablemente, recapitulan sobre el pasaje difícil, empiezan de nuevo.)
Trabajaban así todas las noches y tocaban hasta pasada la una, mientras que el coronel, en otra habitación, jugaba sus interminables partidas o dormitaba sencillamente junto a un vino de Mostar o fumaba un cigarrillo austríaco, mientras que los jóvenes oficiales bromeaban a costa de los músicos enamorados.
Y es que, efectivamente, entre la señora de Bauer y el joven médico se desarrollaba una historia complicada y difícil. Los oficiales más penetrantes no llegaban a determinar la verdadera naturaleza de sus relaciones. Unos afirmaban que se trataba de un lazo puramente platónico (y, naturalmente, se reían). Otros pretendían que el cuerpo también desempeñaba su papel.
Sea como sea, lo cierto era que los dos seres inseparables contaban con el complejo y paternal consentimiento del coronel, una buena persona, embrutecida a causa del servicio, de los años, del vino y del tabaco.
Toda la ciudad veía en aquellos dos seres una pareja. Ha de tenerse en cuenta que la sociedad de los oficiales vivía completamente aparte, sin mantener ningún contacto, no sólo con los autóctonos y con las gentes de Vichegrado, sino incluso con los funcionarios extranjeros. A la entrada de sus parques, llenos de arriates redondos y en forma de estrella, cuajados de flores raras, había efectivamente un cartel en el que se señalaba la prohibición de entrar a los perros y, al mismo tiempo, a los civiles. Sus distracciones como sus asuntos eran inaccesibles a todos los que no llevasen uniforme. Toda su vida era la vida de una casta gigantesca y encerrada en sí misma; la casta de una gente que cultivaba su exclusivismo como la parte más importante de su poder y que, tras una apariencia exterior brillante y rígida, ocultaba todo lo que la vida proporciona a los demás humanos: grandeza y desdicha, dulzura y amargura.
Pero hay hechos que, por su naturaleza, no pueden permanecer escondidos y que acaban por hacer saltar el caparazón que los envuelve, por sólido que sea, y que atraviesan las fronteras, por muy guardadas que estén.
(Los Osmanlíes decían que hay tres cosas que no pueden permanecer ocultas: el amor, la tos y la pobreza.)
Éste fue el caso de aquella pareja de enamorados. No hubo en la ciudad viejo, niño, mujer u hombre que no se tropezase con ellos durante alguno de sus paseos, cuando entregados a la conversación, completamente ciegos y sordos a cuanto los rodeaba, andaban por los caminos solitarios que circundan Vichegrado. Los pastores se habían acostumbrado a ellos como a esos insectos que por el mes de mayo se suelen ver sobre el follaje que bordea las carreteras: emparejados y amorosamente unidos. Se los encontraba por todas partes y a cualquier hora junto al Drina o al Rzav, entre las ruinas de la vieja fortaleza, por la carretera que sale de la ciudad, alrededor de Strajichta. Porque para los enamorados el tiempo es siempre corto y ningún sendero lo suficientemente largo. Iban a caballo o en un coche ligero, pero las más de las veces a pie, con esos andares que adoptan los seres que sólo existen el uno para el otro, con ese paso que muestra la indiferencia de dos amantes ante todas las cosas del mundo, salvo ante aquellas que se han de decir el uno al otro.
El era un eslovaco magiarizado, hijo de un funcionario pobre, educado a expensas del Estado, joven y músico por vocación, ambicioso y muy sensible, especialmente a causa de su origen, que le impidió considerarse completamente igual a los oficiales alemanes o húngaros procedentes de familias más distinguidas o más ricas. Ella era una mujer que pasaba de los cuarenta años (ocho más que él), alta y rubia, algo marchita, pero con una piel blanca y rosada y unos ojos grandes y brillantes. Se parecía, por su porte, a esos retratos de reinas que hacen las delicias de las muchachas.
Cada uno de estos dos seres tenía sus razones personales, reales o imaginarias, pero profundas, para no estar satisfecho de la vida. Poseían en común algo importante: ambos se sentían desgraciados, como exiliados, en la pequeña ciudad y en la sociedad de los oficiales, en su mayoría gentes frivolas e inútiles. Por eso se aferraban desesperadamente el uno al otro como dos náufragos. Cuando entablaban sus largas conversaciones o se concentraban en la música, como en aquellos momentos, llegaban a perderse y a olvidarse de todo.
Ésta era la pareja que llenaba con el eco de sus melodías el penoso silencio que reinaba entre los dos muchachos.
Llegó el momento en que aquella música que se derramaba en la paz de la noche volvió a embarullarse, interrumpiéndose durante algún tiempo. En medio del silencio que se produjo, empezó a hablar Glasintchanine con una voz sin inflexiones; contestaba a las últimas palabras de Stikovitch.
– ¿ Ridículo? Si queremos ser justos, hemos de admitir que en esa conversación se han dicho muchas cosas ridiculas.
Stikovitch se quitó bruscamente el cigarrillo de la boca, en tanto que Glasintchanine continuaba exponiendo despacio, pero con resolución, su pensamiento, el cual, a todas luces, no databa de aquella tarde, sino de hacía mucho tiempo.
– Escucho con atención todas esas discusiones y os escucho a vosotros y a las demás personas instruidas de la ciudad; leo periódicos y revistas. Y cuanto más os oigo, más me convenzo de que la mayoría de esas discusiones verbales o escritas no tienen ninguna relación con la vida ni con sus exigencias ni con sus problemas reales. Porque la vida, la verdadera vida, la contemplo lo más cerca posible, la veo seguir su curso en los demás y la siento en mí mismo. Quizá me equivoque o no sepa expresarme bien, pero a menudo brota en mí el pensamiento de que el progreso técnico y la paz relativa del mundo han creado una especie de calma chicha, una atmósfera especial, irreal y ficticia en la que una cierta clase de gente, esa que han dado en llamar "los intelectuales", puede entregarse libremente a un juego, despreocupado y divertido, con las ideas y con "la visión de la vida y el mundo", algo así como un invernadero del espíritu en el que se mantiene una flora exótica, pero sin que exista ningún vínculo con la tierra, con ese fondo real y firme en el que se mueven las masas de seres vivos. Creéis que estáis discutiendo sobre el destino de esas masas y sobre el empleo que habéis de darles para que alcancen las metas que tenéis marcadas para ellas; pero en realidad el engranaje que da vueltas en vuestras cabezas no está relacionado en modo alguno con la vida de las masas ni siquiera con la vida en general. Y en este punto, vuestro juego se hace peligroso o al menos puede serlo tanto para vosotros como para ellos.
Glasintchanine se calló. Stikovitch se sintió tan sorprendido ante aquella exposición larga y meditada que no pensó ni en interrumpir a su amigo ni en contestarle. Tan sólo cuando oyó la palabra "peligroso" hizo un gesto irónico con la mano, que tuvo la virtud de irritar a Glasintchanine, el cual prosiguió con más viveza:
– Te juro que cuando se os escucha, podría creerse que todas las cuestiones han sido felizmente resueltas, y que todos los peligros se han desterrado para siempre, y que se han allanado todos los caminos y que ya solamente queda ponerse en marcha. Ahora bien, en la vida no hay nada resuelto ni puede resolverse nada fácilmente; ni existe la esperanza de una solución completa; muy por el contrario: todo es difícil y complicado, todo se paga con creces, y para alcanzar la meta hay que superar una serie de riesgos enormes, desproporcionados; no se ven por ninguna parte huellas de las atrevidas esperanzas de Kherak ni de tus grandes perspectivas. El hombre se tortura durante toda su vida, nunca tiene lo que necesita ni, menos aún, lo que desea. Con teorías como las vuestras se limita a satisfacer su eterna necesidad de juego, a halagar su vanidad, engañándose y engañando a los demás. Ésta es la verdad o, si prefieres, lo que yo creo que es la verdad.
1. Médico de un regimiento. (En alemán en el original.) (N. del T.)