Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Dado que todos los jóvenes deben someterse, no solamente a las exigencias naturales de la juventud y de la madurez, sino pagar también su tributo a las corrientes espirituales contemporáneas y a la moda y a las costumbres de su tiempo que reinan momentáneamente sobre la juventud, Galus se vio en la precisión de empezar a escribir versos y de ingresar como miembro activo de las organizaciones revolucionarias de jóvenes nacionalistas. Además, estudió cinco años el francés, como asignatura facultativa, dedicándose especialmente a la literatura y, sobre todo, a la filosofía. Había leído con pasión y sin tregua. En cuanto a libros extranjeros, los muchachos del instituto de Sarajevo disponían principalmente de las obras publicadas por una importante editorial alemana, la Reclam's Universal Bibliothek.
Unos folletos baratos, de portada amarilla y caracteres de imprenta extraordinariamente pequeños, constituían la base del alimento intelectual que podían procurarse los estudiantes de la época. Gracias a ellos, estaban en condiciones de conocer, no sólo la literatura alemana, sino todas las grandes obras de la literatura universal, traducidas al alemán. De estos folletos había sacado Galus sus conocimientos de los filósofos alemanes modernos, sobretodo de Nietzsche y de Stirner, los cuales le habían permitido enzarzarse, en el curso de sus paseos a lo largo del Miliatska 1, en interminables discusiones a propósito de tales filósofos, mostrando una pasión fría y alegre, y sin que, en ningún caso, llegase a mezclar sus conocimientos con su vida personal, como suelen hacerlo los jóvenes.
Este tipo de bachiller, prematuramente maduro y sobrecargado de conocimientos diversos, aunque confusos, no resultaba raro entre los estudiantes de aquella época. Galus, que era un muchacho casto y un buen alumno, no conocía ni la libertad ni el desenfreno de la juventud; estos aspectos sólo llegaban a él a través de su pensamiento audaz y de las exageraciones de los libros.
Fekhim Bakhtiarevitch pertenecía a Vichegrado por la línea materna. Su padre era originario de Rogatitsa, en donde desempeñaba, por aquel entonces, el cargo de juez; en cuanto a su madre, procedía de una gran familia de Vichegrado: los Osmanagitch. Desde su más tierna infancia, Fekhim pasaba una parte de sus vacaciones en Vichegrado, en una casa de la familia de su madre. El joven Bakhtiarevitch era un muchacho esbelto, de formas agradables y de articulaciones finas, pero fuerte.
Todo en él resultaba medido, mate, apagado. Su rostro, que parecía tostado por el sol, estaba enmarcado en un delicado óvalo; sobre su piel, morena y curtida, se destacaban unos delgados hilillos de color azul oscuro; sus movimientos eran breves y escasos; sus ojos, negros, con las pupilas sombreadas de un tono azul. Su mirada, ardiente, pero sin brillo. Tenía unas cejas espesas que se fundían en un solo trazo, y un ligero vello negro cubría su labio superior. Podían verse rostros masculinos semejantes al suyo en las miniaturas persas.
También Fekhim había concluido aquel año su bachillerato, y esperaba ahora que el Estado le concediese una beca para ir a Viena a estudiar lenguas orientales.
Los dos muchachos continuaban el hilo de una conversación anteriormente iniciada, que giraba en torno a la elección de los estudios de Bakhtiarevitch. Galus trataba de demostrarle que había cometido un error inclinándose por el orientalismo. Galus hablaba mucho más y con más animación que su compañero, ya que estaba acostumbrado a que lo escuchasen y a dar discursos. Bakhtiarevitch hablaba poco y brevemente, como un hombre que tiene sus propias convicciones y no siente la necesidad de convencer a los demás. Galus se expresaba como la mayoría de los muchachos instruidos: ingenuamente satisfecho de sus palabras, de sus expresiones y de las comparaciones pintorescas que a menudo empleaba, mostrando una inclinación a generalizar; su compañero, por su parte, se manifestaba con sequedad, valiéndose de frases cortas y en un tono negligente.
Ocultos en la sombra, recostados en los asientos de piedra, Stikovitch y Glasintchanine guardaban silencio como si se hubiesen puesto tácitamente de acuerdo para escuchar, sin ser vistos, la conversación de sus dos amigos en el puente.
Para concluir la discusión, Galus se expresaba con fogosidad:
– Los musulmanes, hijos de beys, os equivocáis a menudo en el momento de elegir. Desconcertados por los nuevos tiempos, no llegáis a sentir con exactitud, de un modo completo, cuál es vuestro lugar en el mundo. Vuestro amor por todo lo oriental no pasa de ser una expresión contemporánea de vuestra "voluntad de poder". Para vosotros, la manera oriental de vivir y de pensar está estrechamente ligada a un orden socialjurídico, que fue la base de vuestro dominio secular. Vuestra posición es perfectamente comprensible. Pero esto no significa de ningún modo que tengáis un sentido del orientalismo como ciencia. Sois orientales, pero os equivocáis cuando pensáis que estáis llamados, por esta razón, a ser orientalistas. No tenéis en general vocación por la ciencia, ni siquiera una verdadera inclinación hacia ella.
– ¡Vaya, vaya!
– No, no la tenéis. Al afirmártelo, no quiero ofenderte ni decirte nada desagradable. Al contrario. Sois los únicos señores de la tierra, o al menos lo habéis sido. A través de los siglos, habéis aumentado, fortificado o defendido vuestra dominación, valiéndoos de la espada y del libro; habéis impuesto vuestra huella en el terreno de lo jurídico, de lo religioso y de lo militar. Esta situación ha hecho de vosotros una especie de guerrero, de administrador y de hombre de Estado; ahora bien, semejante clase de hombres no se ha dedicado nunca al cultivo de las ciencias abstractas. Dejan su estudio para aquellos que no pueden hacer otra cosa ni tienen en qué emplearse. A vosotros os corresponde el estudio del derecho y de la economía política, puesto que sois hombres dotados para los conocimientos concretos. Siempre, en todas partes, han sido así los seres pertenecientes a la clase dominante.
– Eso quiere decir que tenemos que continuar siendo unos incultos.
– No, eso significa que debéis continuar siendo lo que sois o, si lo prefieres, lo que fuisteis. Tenéis esa obligación, porque nadie puede ser, al mismo tiempo, lo que es y lo contrario de lo que es.
– Pero hoy no pertenecemos a la clase dirigente. Hoy somos iguales -replicó nuevamente Bakhtiarevitch con una ligera ironía que encerraba amargura y orgullo.
– No pertenecéis a la clase dirigente; desde luego que no pertenecéis. Las circunstancias que, en otro tiempo, hicieron de vosotros lo que ahora sois, hace mucho que cambiaron; pero esto no significa que vosotros podáis cambiar también con la misma rapidez. No es la primera ni la última vez que una clase social pierde su base, sin que por ello deje de ser la misma. Las condiciones de su vida varían, pero una clase de hombres permanece igual, ya que sólo continuando sin mutación puede seguir viviendo; y sin mutación morirá.
La conversación de los dos jóvenes se interrumpió un instante, como extinguida a causa del silencio de Bakhtiarevitch.
Sobre el sereno cielo de junio, por encima de las montañas que se perfilaban al fondo del horizonte, apareció una luna recortada, huérfana. La estela blanca con la inscripción turca que figuraba sobre el muro brilló de pronto, como una ventana débilmente iluminada, en medio de la oscuridad azul.
Bakhtiarevitch acababa de decir algo, pero en voz tan baja que sólo unas palabras aisladas, sin relación, incomprensibles, llegaron a los oídos de Stikovitch y Glasintchanine. Como suele suceder en las conversaciones entre los muchachos, en las cuales las asociaciones de ideas son rápidas y fugaces, ahora los ocupaba un nuevo tema. Pasaron del estudio de las letras orientales, a la inscripción que rezaba sobre la estela, y hablaban del puente y de quien lo construyó.
La voz de Galus era mucho más fuerte y expresiva. Al mismo tiempo que se mostraba de acuerdo con las alabanzas que Bakhtiarevitch prodigaba a Mehmed-Pachá Sokolovitch y a la administración turca de su tiempo, que hizo posible la creación de tales monumentos, desarropaba con animación sus ideas nacionalistas sobre el pasado y el porvenir del pueblo servio; sobre su cultura y su civilización. (Hay que tener en cuenta que, en las conversaciones de estudiantes, cada uno da libre curso a sus propios pensamientos.)
– Tienes razón -dijo Galus -, debió de ser un hombre genial. No es el primero ni el último de nuestra sangre que se ha distinguido al servicio de un Imperio extranjero. Hemos dado centenares de hombres de su talla, hombres de Estado, guerreros, artistas, y todos ellos han mostrado su valía en Zarigrado, en Roma y en Viena. El sentido de la unificación de nuestros pueblos en un Estado Nacional, grande, poderoso y moderno, consiste precisamente en eso: en que de ahora en adelante nuestras fuerzas quedarán dentro de nuestro país, se desarrollarán en él y contribuirán a la cultura universal bajo nuestro propio nombre y no surgiendo de centros extranjeros.
1. Río que pasa por Sarajevo. (N. del T.)