Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Классическая проза » Un Puente Sobre El Drina
Un Puente Sobre El Drina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
1 ... 71 72 73 74 75 76 77 78 79 ... 89
Перейти на страницу:

El hombre con quien iba a casarse la muchacha era un rico especulador de la bolsa, pero de religión cristiana, calvinista, y puso como condición que la chica se convirtiese a su credo. Los padres se opusieron, pero Lotika que sólo miraba por el interés de la familia en conjunto, insistió en que era difícil navegar sin un solo desvío y sin que la embarcación se viese obligada a cambiar de rumbo con tanta gente a bordo; para bien de todos, era preciso arrojar parte de la carga al mar. Apoyó a la muchacha y sus palabras hicieron que los padres diesen su consentimiento. La futura esposa fue bautizada y se casó.

Lotika confiaba en que, con la ayuda del nuevo miembro de la familia, al menos uno de sus sobrinos, que ya se había hecho hombre, lograse introducirse en el mundo de los negocios de Pest. Pero la mala suerte quiso que el rico especulador muriese un año después de haber contraído matrimonio. La pena enloqueció a la recién casada. Pasaron los meses y no logró vencer su gran abatimiento. E iba para cuatro años que la viuda vivía en Pest, entregada a su tristeza patológica, que no era otra cosa sino una dulce locura. Tapizó de negro su enorme piso, ricamente instalado. Iba todos los días al cementerio para sentarse junto a la tumba de su marido. Allí, leía despacio, de cabo a rabo, la lista de las cotizaciones de Bolsa del día. Respondía a todas las tentativas que hacía su familia para arrancarla de su costumbre y del letargo en que había caído, diciendo con dulzura que el difunto amaba aquello por encima de todo y que, para él, era la más deliciosa de las músicas.

En la habitación de Lotika se acumularon numerosos destinos. Y junto a ellos, muchas cuentas, una gran cantidad de créditos dudosos, una serie ilimitada de partidas tachadas, borradas para siempre de la contabilidad compleja e importante de la mujer. Pero los motivos del trabajo siguieron siendo los mismos. Lotika se sentía cansada, aunque no había perdido el valor. Tras cada pérdida y cada fracaso, reunía sus fuerzas, apretaba los dientes y continuaba la lucha. Toda su labor de los últimos años se había reducido a una defensa, y se defendía manteniendo ante los ojos la misma meta y la misma obstinación que antaño la enriquecieron y elevaron su posición. Dentro del hotel, desempeñaba la tarea de cabeza de familia. Toda la ciudad la llamaba "la tía Lotika". Todavía quedaba mucha gente en el lugar y repartida por el mundo que esperaba su ayuda y sus consejos o, aun cuando no fuese más, una palabra de consuelo. Pero no se preguntaban ni pensaban que Lotika pudiera estar cansada. Sin embargo, lo estaba; mucho más de lo que hubiera podido creerse; mucho más de lo que ella misma imaginaba.

El pequeño reloj de la pared de madera dio la una. Lotika se levantó con dificultad, llevándose las manos a los riñones. Apagó cuidadosamente la gran lámpara verde que tenía sobre el velador de madera y se dirigió a la cama con paso cansado, con aquel paso que nadie conocía.

Sobre la ciudad dormida, una oscuridad total se extendía uniformemente.

CAPITULO XXI

Llegó por fin el año 1914; el último año de la crónica del puente sobre el río Drina. Llegó como los demás años precedentes, siguiendo la marcha lenta de las cosas de este mundo, pero envuelto en el bullicio de los acontecimientos siempre nuevos y siempre singulares que se rompían como las olas.

Muchos años habían pasado por la ciudad y muchos pasarán todavía. Han sido años de todas clases, mas el de 1914 se distinguirá siempre de los demás. Al menos, ésta es la impresión de cuantos lo vivieron. Creen que, a pesar de todo lo que se ha dicho y escrito, nadie sabrá o no se atreverá a decir lo que vio trazado en el fondo del destino humano, y que el tiempo y los sucesos han ocultado. ¿Quién podrá expresar -piensan- los escalofríos colectivos que recorrieron a las masas y que se transmitieron de los seres vivos a las cosas inertes, a la tierra y a las casas? ¿De qué manera se llegaría a describir aquellos torbellinos que fueron desde el temor mudo animal a la locura del suicidio, desde los más bajos instintos sanguinarios y desde el pillaje disimulado, a los más nobles y santos sacrificios en los que el hombre se supera y alcanza por un instante las esferas elevadas de otros mundos donde reinan distintas leyes? Jamás podrán decirse esas cosas, porque el que las ve y sale con vida de ellas enmudece, y los que murieron no pueden hablar. Esas son las cosas que no hay medio de decir y que llegan a olvidarse. Pues si no fuesen olvidadas, ¿cómo podrían volverse a repetir?

En el verano del año 1914, cuando los dueños dé los destinos humanos condujeron a la humanidad europea desde el escenario del derecho al sufragio universal al circo, previamente preparado, del servicio militar obligatorio, la ciudad de Vichegrado dio un ejemplo modesto, pero elocuente, de los primeros síntomas de un mal que, con el tiempo, iba a llegar a ser europeo y, más tarde, mundial. Fue un período situado en el límite de dos épocas de la historia de la humanidad, y se vio con mucha más claridad el final de la época que concluía que el principio de la que se iniciaba. Por aquel tiempo, se buscaba todavía una justificación a la violencia y se encontraba para los actos de salvajismo algún nombre tomado del tesoro espiritual de los siglos pasados. Todo lo que sucedía conservaba aún una apariencia de dignidad y el atractivo de lo nuevo, ese atractivo espantoso, efímero e indecible que desapareció después, radicalmente, hasta el extremo de que aquellos que lo experimenta-ron entonces en su carne, ya no pueden evocarlo en el recuerdo.

Pero todos éstos son asuntos que mencionamos de pasada; los poetas y los sabios del porvenir los estudiarán, los interpretarán y los resucitarán, valiéndose de medios y de métodos de los que nosotros no tenemos ni la más ligera idea, mostrando una serenidad, una libertad y una audacia de espíritu que estará muy por encima de las nuestras. Conseguirán probablemente explicar aquel año singular, asignándole el lugar que le corresponda en la historia del mundo y en el desenvolvimiento de la humanidad. Aquí, en este libro, sólo nos interesa referir cómo el 1914 fue fatal para el puente sobre el Drina.

El verano de dicho año quedará en la memoria de los que lo vivieron en la ciudad, como el verano más claro y más hermoso de los que recuerdan, ya que, en su conciencia, aquellos meses resplandecen y brillan a lo largo de un gigantesco y sombrío horizonte de sufrimientos y de desgracias que se extendió hasta el infinito.

El verano empezó bien, mejor que muchos de los precedentes. Se dieron más ciruelas que nunca y los cereales prometían una buena cosecha. Después de unos diez años de convulsiones y de sacudidas el mundo esperaba, sin saber por qué, un período de tranquilidad y una época próspera que compensaría, en todos los órdenes, los daños y los sinsabores anteriores. (La más deplorable y la más trágica de todas las debilidades humanas reside, indudablemente, en una incapacidad total de prever, incapacidad que está en marcada contradicción con tantos dones, conocimientos y artes.)

A veces llega un año excepcional, como aquél, en el que la acción conjunta del calor del sol y de la humedad de la tierra es particularmente feliz y propicia, y en el que el vasto valle de Vichegrado se estremece con su propia fuerza desbordante y con una necesidad general de fecundación. La tierra se hincha y cuantos gérmenes vivos residen aún en ella brotan y dan hojas y flores a millares. Puede verse temblar ese aliento de fecundidad como un ligero vapor cálido y azulado que sube de cada surco, de cada terrón. Las vacas y las cabras andan con las patas traseras abiertas, y sus ubres, llenas y dilatadas, hacen pesada su marcha. Las brecas que, todos los años, a principios de verano, bajan el Rzav en bancos, camino de la desembocadura, acuden en tal cantidad que los niños las recogen a cubos en los lugares poco profundos, echándolas después a la orilla. Y la piedra porosa del puente se hace más blanda y, como si estuviese viva, se infla con la fuerza y la abundancia que brotan del suelo y se extienden por toda la ciudad, imprimiendo un sello de alegría a una canícula en la que todo respira más deprisa y crece más vigorosamente.

Tales veranos no son frecuentes en el valle de Vichegrado, pero cuando uno hace su aparición, todo el mundo olvida los días malos y no piensa ya en las desgracias que puede traer el futuro; se vive la vida mil veces más intensa del valle, sobre el que ha caído una fecundidad bendita; y es que ellos mismos son parte de ese juego de la humedad, del calor y de la savia desbordante.

Y el campesino, que siempre tiene una razón para quejarse, ha de reconocer que el año ha empezado bien, pero, no más ha dicho una palabra halagüeña, añade: "¡Si todo sigue así…!"

Las gentes del barrio del comercio se precipitan a sus asuntos con la cabeza baja y se dan a ellos con pasión, como las abejas y los abejorros que liban en los cálices de las flores. Todo el mundo se dispersa por los pueblos en torno a la ciudad para entregar arras sobre la cosecha de grano y las ciruelas en flor. El labrador, confuso ante esta afluencia de clientes astutos, y movido por la abundante cosecha, se mantiene en pie junto a los árboles que ya se inclinan bajo el peso de los frutos, o permanece en el límite de sus campos ondulantes, y no puede mostrarse lo suficientemente prudente y reservado en presencia de aquellas gentes de la ciudad, que se han tomado la molestia de acudir a él. Y la prudencia y la reserva dan a su rostro una expresión tensa y preocupada que se parece, como dos gotas de agua, a la máscara de tristeza que ofrecen los campesinos en los años de mala cosecha.

1 ... 71 72 73 74 75 76 77 78 79 ... 89
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)