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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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– Y, ¿crees que esos "centros" han sido constituidos por obra del azar y que podrán crearse otros nuevos, a voluntad, cuando se quiera y donde se quiera?

– Por azar o no, no es el planteamiento de la cuestión de nuestros días. Poco importa cómo empezaron; lo que importa es que, hoy, están desapareciendo, se marchitan, degeneran; lo que importa es dejar lugar a otros nuevos centros a través de los cuales podrán expresarse directamente los pueblos jóvenes, libres, que aparecen en el escenario de la historia.

– Y, ¿te imaginas que si Mehmed-Pachá hubiese continuado siendo un pobre campesino de Sokolovitch, habría llegado adonde llegó y habría, entre otras cosas, elevado este puente en el que ahora mismo estamos hablando?

– En aquella época, desde luego que no. Pero, a fin de cuentas, entonces no era difícil que en Zarigrado se trazasen planes para la construcción de grandes edificios. El gobierno turco se apoderaba, no sólo de nuestros bienes y del fruto de nuestro trabajo, sino también de lo mejor de nuestras fuerzas y de nuestra sangre más pura. Y no éramos las únicas víctimas. Estaban también los demás pueblos avasallados. Si se piensa en el valor y en la importancia de lo que se nos quitó en el curso de los siglos, todas esas construcciones no son más que bagatelas. Pero cuando, de una vez para siempre, hayamos ganado para nuestro pueblo la libertad nacional y la independencia política, nuestro dinero y nuestra sangre serán nuestros bienes y nadie nos los arrebatará. Todo servirá única y exclusivamente para la erección de una cultura nacional que llevará nuestro sello y nuestro nombre y que tendrá como mira la felicidad y el bienestar del más amplio sector de nuestro pueblo.

Bakhtiarevitch guardaba silencio, y aquel silencio, como la más viva y elocuente resistencia, provocaba a Galus y lo impulsaba a elevar la voz y a tomar un tono más agudo. Con la vivacidad que lo caracterizaba y con el vocabulario que estaba en uso dentro de la literatura nacionalista, enumeraba los planes y las tareas de la juventud revolucionaria. "Todas las fuerzas vivas de la raza, al despertarse, serán puestas en movimiento. Ante su ataque, la monarquía austro-húngara, esta prisión de los pueblos, se vendrá abajo como se ha venido abajo el dominio de Turquía en Europa. Todas las fuerzas antinacionales y reaccionarias que, hoy, estorban, dividen y adormecen nuestro ímpetu nacional, serán vencidas y reducidas. Todo esto podrá llevarse a cabo porque el espíritu del tiempo en que vivimos es nuestro mejor aliado, porque los esfuerzos de otros pueblos pequeños y dominados se dirigen en el mismo sentido que los nuestros. El nacionalismo contemporáneo triunfará de las diferencias de credo y de los prejuicios pasados de moda, librará al pueblo de las influencias y de la explotación extranjera. Entonces nacerá un Estado nacional."

A continuación, Galus se puso a describir las ventajas y las bellezas del nuevo Estado nacional que reuniría en torno a Servia, constituido en una especie de Piamonte, a todos los Esclavos del Sur. La base del movimiento sería el derecho a las nacionalidades, la tolerancia religiosa y la igualdad de los ciudadanos. En su discurso, algunas expresiones audaces de sentido indefinido se mezclaban con ciertas palabras que indicaban exactamente las necesidades de la vida contemporánea: los más profundos deseos de una raza, deseos que muchos consideraban que no pasarían de ahí, y las exigencias justificadas y realizables de la vida cotidiana; las grandes verdades que maduran a través de las generaciones, pero que, únicamente, la juventud puede percibir con anticipación, atreviéndose a expresarlas; y, por último, las ilusiones eternas que jamás se extinguen, pero que nunca llegan a realizarse, ya que una generación de jóvenes las transmite a otra, como la antorcha mitológica. En las palabras del muchacho había, desde luego, muchas afirmaciones que no habrían podido sostenerse ante la crítica, y muchas hipótesis que, quizá, no habrían podido resistir la prueba de una experiencia; pero había en ellas un aliento fresco, una savia preciosa, gracias a las cuales se conserva y rejuvenece el árbol de la humanidad.

Bakhtiarevitch continuaba callado.

– Ya verás, Fekhim -insistía Galus, entusiasmado, tratando de persuadir a su compañero y como si todo fuese a suceder aquella noche o al día siguiente -, ya verás cómo levantaremos un Estado que será la más preciosa contribución al progreso de la humanidad; un Estado en el que cada esfuerzo será bendito, cada víctima, santa, cada uno de nuestros pensamientos, original; un Estado en el que cada acción irá marcada por el sello de nuestro nombre. Entonces, realizaremos obras que serán producto de nuestro trabajo libre y expresión del genio de nuestra raza; obras, en comparación de las cuales, todo lo que ha sido creado durante los siglos de administración extranjera, parecerá un revoltillo de juguetes ridículos. Construiremos nuevos puentes sobre los más grandes ríos y los abismos más profundos. Puentes mayores y más hermosos, que no unirán centros extranjeros con regiones dominadas, sino que pondrán en contacto nuestras propias regiones y que vincularán nuestro Estado al resto del mundo. Sobre este punto no cabe duda: nos corresponde realizar aquello a lo que aspiraron las generaciones que nos precedieron: un Estado nacido en la libertad y fundado en la justicia; una parte del pensamiento divino que toma cuerpo en la tierra.

Bakhtiarevitch callaba. La voz de Galus comenzaba a bajar de tono. Del mismo modo que su pensamiento se elevaba cada vez más, así su voz se iba haciendo más baja y más ronca, transformándose en un murmullo fuerte y apasionado hasta perderse en la inmensa calma de la noche. Al final, su silencio se unió al de Fekhim. Sin embargo, era el silencio denso y obstinado de este último el que pesaba en medio de las tinieblas. Se alzaba en la oscuridad, sensible y real, como un muro y, con el peso mismo de su existencia, desmentía resueltamente el razonamiento de Galus, expresando un pensamiento mudo, claro e inmutable.

"Las bases del mundo, los cimientos de la vida y de las relaciones humanas han sido fijados por los siglos de los siglos. Esto no quiere decir que no cambien, pero medidos por la duración de una vida parecen eternos. La relación entre su duración y la longitud de una existencia humana es la misma que la que existe entre la superficie agitada, móvil y rápida de un río, y su fondo estable y sólido, cuyos cambios son lentos e imperceptibles. Y la misma idea de la variación de esos "centros" es malsana e irrealizable. Es como si se quisiese mudar las fuentes de los grandes ríos y el emplazamiento de las montañas. El deseo de cambios bruscos y la idea de su realización por la fuerza aparecen a menudo, entre los hombres, como una enfermedad, y alientan con frecuencia en la cabeza de los muchachos. Lo único que sucede es que esas cabezas no piensan como tienen que pensar y, al final, no conducen a nada y no duran mucho tiempo sobre sus hombros. Pues no es el deseo de los hombres el que engendra la decisión y el que dirige los asuntos del mundo. El deseo es como el viento: lleva el polvo de un sitio a otro, oscurece, a veces, todo el horizonte, pero, al final, se calma y decae y deja tras de sí la vieja y eterna imagen del mundo. Las obras imperecederas de la tierra se realizan por voluntad de Dios, y el hombre no es más que su instrumento ciego y sumiso. Una obra que nace del deseo, del deseo humano, o no llega a cuajar, o no es duradera: en todo caso, no es buena. Todos esos deseos exuberantes y esas palabras atrevidas, pronunciadas bajo el cielo nocturno, en la kapia, no cambiarán nada; pasarán por encima de las grandes y permanentes; realidades del mundo e irán a perderse allá donde se calman los deseos y los vientos. Y, a decir verdad, los grandes hombres, como las grandes construcciones, crecen y crecerán en el lugar que se les ha fijado por el pensamiento divino, independientemente de los deseos vacíos y pasajeros y de la vanidad humana."

Pero Bakhtiarevitch no llegó a pronunciar ninguna de esas palabras. Los que, como el joven musulmán, llevan su filosofía en la sangre, viven y mueren de acuerdo con ella, pero no saben expresarla por medio de palabras ni sienten la necesidad de hacerlo. Tras el largo silencio, Stikovitch y Glasintchanine se dieron cuenta de que uno de los dos amigos, invisible tras el muro, había arrojado un cigarrillo consumido, el cual, como una estrella fugaz, cayó, describiendo una gran curva, desde el puente al Drina. Al mismo tiempo, oyeron que, callados y despacio, los dos muchachos se dirigían hacia la plaza del

mercado. El eco de sus pasos se perdió rápidamente tras ellos.

Nuevamente solos, Stikovitch y Glasintchanine se despertaron sobresaltados y se miraron como si acabaran de encontrarse.

A la débil claridad de la luna, sus rostros ofrecían unas superficies iluminadas y otras oscuras que se quebraban y se recortaban. Parecían mayores de lo que en realidad eran. La brasa de sus cigarrillos había adquirido un resplandor fosforescente. Ambos estaban deprimidos. Sus motivos eran diferentes, pero el abatimiento era el mismo. Se hallaban como clavados al asiento, aún tibio a causa del sol del día. La conversación de sus compañeros, a la que habían asistido por casualidad y sin ser vistos, representó una especie de aplazamiento de las palabras y de la explicación que habían de darse el uno al otro. Pero, ahora, la explicación no podía evitarse.

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