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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Cuando se trata de alguien muy rico y muy poderoso, es el mismo labrador el que va a verlo. En los días de mercado, la tienda de Pavlé Rankovitch está llena de aldeanos que necesitan dinero. Lo mismo ocurre en la tienda de Santo Papo, el cual, desde hace tiempo, se ha convertido en el primer judío de Vichegrado.

(Porque, aunque haga muchos años que fueron establecidos los primeros bandos facilitando su aparición las posibilidades de obtener créditos con garantía hipotecaria, los campesinos, sobre todo los más viejos, prefieren solicitar sus préstamos, como antaño, a los ricos de la ciudad, a los cuales acuden para comprar sus mercancías, como lo hicieron sus padres.)

El almacén de Santo es uno de los más grandes y más sólidos del barrio comercial de Vichegrado. Está hecho de piedra muy dura, con los muros espesos; el suelo es de losetas, también de piedra. Las pesadas puertas y los postigos son de hierro forjado, y las altas y estrechas ventanas están provistas de rejas muy gruesas y tupidas.

La parte anterior del almacén se utiliza como tienda. Las paredes están cubiertas de estanterías de madera, profundas y totalmente ocupadas por loza esmaltada. Las mercancías ligeras, tales como faroles de todos los tamaños, cafeteras turcas, jaulas, ratoneras y objetos de cestería, están colgadas del tacho, que es de una altura poco corriente, tanto que se pierde en la oscuridad. Todas aquellas cosas penden atadas en grandes racimos. Junto al largo mostrador están amontonadas cajas de clavos, sacos de cemento y de yeso, bidones de diversos colores, palas de vanas clases, y picos sin mango, ensartados en alambres, formando pesados collares. En los rincones se ven grandes bidones de hojalata, con petróleo, laca, trementina o barniz. Dentro del almacén hace fresco en pleno verano y está oscuro incluso al mediodía.

Pero la mayor parte de los géneros se encuentran en los locales que existen detrás de la tienda, a los cuales se pasa a través de una abertura baja provista de una puerta de hierro. Allí están las mercancías pesadas: estufas de hierro, travesaños de madera, rejas de arado, palancas, picos y otros instrumentos grandes. Todo está dispuesto en altas filas, de suerte que sólo hay un estrecho pasadizo que da acceso a todos aquellos montones. En este lugar reina una oscuridad permanente y hay que entrar en él con una linterna.

De las espesas paredes, del suelo de piedra y de la chatarra apilada se desprende una atmósfera dura y fría de piedra y de metal que nada puede disipar y que no se calienta con nada. En unos años esta atmósfera transforma a los aprendices vivos y de mejillas rosadas en dependientes taciturnos, pálidos y abotagados, pero hábiles y dignos de confianza. El ambiente resulta igualmente molesto y perjudicial para los patronos, pero éstos, al mismo tiempo, tienen la sensación dulce y querida que produce la propiedad, la idea de un beneficio.

El hombre que en estos momentos está sentado junto a una mesita en la tienda fría y tenebrosa, al lado de la caja de caudales de acero, marca "Wertheim", no se parece en nada a aquel vivo y petulante Santo que hace treinta y tres años gritaba: "¡ Un ron para el Tuerto!" Los años en el almacén lo han transformado. Ahora está grueso, tiene la tez amarillenta, unas orejas oscuras descienden hasta la mitad de sus mejillas, ve menos, sus ojos negros y desencajados, que miran a través de unos lentes de cristal espeso y montura metálica, tienen una expresión temerosa y severa. Continúa llevando el fez de color rojo cereza, único vestigio de su antiguo traje turco. Su padre, Mentó Papo, viejecito, canoso, de más de ochenta años, se muestra aún firme, aunque su vista lo haya traicionado.

Va al almacén cuando hace sol. Con sus ojos lacrimosos que, detrás de los espesos lentes, parecen a punto de derretirse, mira a su hijo que está junto a la caja de caudales, y a su nieto que despacha en el mostrador. Respira la atmósfera del almacén y regresa con paso lento, apoyándose en el hombro de su biznieto de diez años.

Santo tiene seis hijas y cinco hijos, de los cuales la mayoría están casados. Su hijo mayor, Rafo, tiene ya hijos mayores y ayuda a su padre en el almacén. Uno de los hijos de Rafo, que lleva el nombre de su abuelo, frecuenta el instituto de Sarajevo.

Es un muchacho pálido, miope, endeble; a la edad de ocho años declamaba perfectamente, en las veladas recreativas del colegio, las poesías de Zmaj 1 ; pero aparte de eso, no es un buen alumno, ni le gusta ir a la sinagoga, ni ayudar en el almacén de su abuelo cuando está de vacaciones.

Dice que se hará actor o que llegara a ser célebre de un modo u otro.

Santo está inclinado sobre su gran libro de contabilidad, bastante sucio y grasiento, con un registro alfabético. Al lado de Santo se halla, acurrucado sobre una caja de clavos vacía, un campesino, Ibro Tchemalovitch, de Uzavnitsa. Santo calcula cuánto le debe Ibro y cuánto podría darle ahora y en qué condiciones.

"Cincuenta, cincuenta i ocho, sesenta i tres…" 2 -murmura Santo, que cuenta en español.

El campesino lo contempla con un aire de preocupada expectación, como si se tratase de una brujería y no de una cuenta que conoce hasta el último céntimo y con la que sueña. Cuando Santo ha terminado las sumas y dice el total de la deuda y de los intereses, el campesino susurra lentamente:

– ¿Está bien eso? -tratando con estas palabras de ganar tiempo para comparar las cuentas, que él mismo ha hecho, con las de Santo.

– Está bien, Ibraga -responde Santo con la fórmula consagrada que emplea en semejantes ocasiones.

Después de haber establecido así, amistosamente, la situación de la deuda, el campesino ha de pedir un nuevo préstamo y Santo tendrá que dar detalles sobre las posibilidades y las condiciones. Pero este proceso no tiene lugar así como así.

Ambos se enzarzan en una conversación idéntica a las que cincuenta años antes, en vísperas de las cosechas, entablaban el padre de Ibro y Mentó, el padre de Santo. El motivo verdadero y principal de la conversación ha de ir acompañado por un diluvio de palabras que no significan nada por sí mismas y que parecen completamente superfluas, casi desprovistas de sentido. Una persona extraña que los observase y los escuchase, estaría a punto de creer que el diálogo no gira en torno a una cuestión de préstamos y de dinero. Esa es la impresión que dan.

– Bien venidas sean las ciruelas. No cabe duda que la fruta es más abundante que en cualquier otro distrito -dice Santo-; será éste un año como no teníamos hace mucho tiempo.

– Sí, ¡alabado sea Dios!, la cosecha no será mala; y si Alá quiere, tendremos fruta y pan. No puede decirse lo contrario. Lo único que, ¡sabe Dios a cuánto se pagarán! -dice el campesino con aire preocupado, frotándose con el dedo pulgar la costura de su pantalón de gruesa tela verde y mirando a Santo de soslayo.

– Ahora no se sabe el precio, pero, cuando tú las traigas a Vichegrado, lo sabremos. Ya sabes lo que se dice: el precio está en manos del propietario.

– Sí, si Dios las conserva y hace que maduren -añade el campesino, con reserva.

– Desde luego, sin voluntad de Dios, no hay cosecha posible; y todos los desvelos que producen en el hombre las siembras, no le sirven para nada sin la bendición divina -dice Santo, señalando con la mano al cielo, de donde debe venir esa bendición; un cielo que aparece en el techo negro, del que cuelgan las linternas de hojalata de todos los tamaños y los demás objetos menudos.

– Es verdad, no sirve para nada -suspira Ibro-; el hombre planta, siembra, pero, ¡por Dios, el Grande, el Único!, es como si arrojase todo al agua. Cavamos, escardamos, podamos, trillamos, pero todo es inúticlass="underline" si no está escrito, no conseguimos nada; claro que, si Dios quiere que tengamos una buena cosecha, no faltará nada a nadie y podremos librarnos de nuestras deudas y contraer, sin riesgo, otras. ¡Con tal de que Dios nos dé salud!

– La salud ante todo; no hay nada como la salud. Así somos los seres humanos: que nos den todo y que nos quiten la salud: es como si no nos hubiesen dado nada -afirma Santo, que dirige la conversación en ese sentido.

Y el campesino continúa exponiendo sus opiniones sobre la salud, que son tan conocidas y tan generales como las de Santo. Por un momento, parece que la conversación va a perderse en insignificancias y en tópicos. No obstante, en el instante oportuno, como siguiendo un antiguo ceremonial, vuelve a su punto de partida. Entonces, se ponen a regatear sobre un nuevo préstamo, sobre la importancia de la suma, el interés, el plazo y la forma de pago. Se explican largamente, ya con vivacidad, ya despacio y demostrando inquietud; pero terminan por entenderse y por concluir su asunto. En este momento, Santo se levanta, saca del bolsillo una cadena con llaves y se dirige a la caja de caudales, que emite un crujido y después empieza a abrirse, lenta y solemnemente, para cerrarse más tarde, como todas las cajas de caudales, con un chasquido metálico semejante a un suspiro. Cuenta el dinero moneda tras moneda, con un cuidado, una atención y un ceremonial un poco triste. A continuación exclama, mucho más vivamente y con la voz cambiada:

– ¿Te parece bien? ¿Estás contento, Ibro?

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1. Iován Iovanovitch Zmaj, poeta nacional servio cuyos poemas para niños tuvieron gran resonancia en su país (1833-1904). (N. de T.)

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2. En español en el original, cuya ortografía respetamos. (N. del T.)

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