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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Las especulaciones de Lotika no valían mucho más que el negocio de su hotel. Durante los primeros años que siguieron a la ocupación, bastaba con comprar cualquier clase de acciones de una empresa cualquiera: podía tenerse la seguridad de que el dinero estaba bien colocado y sólo había que preocuparse de la importancia de los beneficios; pero en aquel momento, el hotel acababa de abrirse y Lotika no tenía bastante dinero ni el crédito que después obtuvo. Y cuando consiguió crédito y dinero, cambió la situación en el mercado. Una de las más graves crisis cíclicas de finales del siglo XIX y principios del XX afectó a la monarquía austro-húngara. El papel de Lotika empezó a oscilar. Lloraba de rabia cuando leía todos los domingos El Mercurio Vienes con las últimas cotizaciones. Todos los ingresos del hotel, que, por aquella época, funcionaba todavía bien, resultaban insuficientes para llenar el déficit producido por la baja general de todos los valores. En aquellos días, Lotika sufrió una seria depresión nerviosa que le duró dos años enteros. Estaba como loca de dolor. Hablaba a la gente sin oír lo que le decían y sin pensar en lo que ella misma decía. Miraba a todo el mundo de frente, pero no veía a nadie; en lugar de las personas distinguía las pequeñas rúbricas del Mercurio, que podían representar para ella la dicha o la desgracia. Entonces se puso a comprar lotería. Pensó que ya que todas las cosas no pasan de ser una lotería, un juego de azar, había que llegar hasta las últimas consecuencias. Reservaba lotería de todos los países. Logró obtener un cuarto de billete de la lotería española de Navidad, cuyo premio gordo era de quince millones de pesetas. Temblaba antes de cada sorteo y lloraba al leer las listas de los números premiados. Pedía a Dios en sus oraciones que se produjese un milagro y que le tocase el premio gordo. Pero nunca lo conseguía.

Siete años antes, el cuñado de Lotika, Tsaler, se había asociado con dos señores jubilados y ricos, y había fundado con ellos, en la ciudad, una "cooperativa lechera moderna". Lotika aportó las tres quintas partes del capital. Se preveía un gran éxito para este asunto. Se había calculado que los primeros triunfos, de los que nadie dudaba, atraerían a los capitalistas de fuera de la ciudad e, incluso, de fuera de Bosnia. Sin embargo, justamente en el momento en que la empresa se encontraba en su estado transitorio y crítico, sobrevino la crisis de la anexión. Desapareció cualquier posibilidad de conseguir nuevas aportaciones de capital. Las regiones fronterizas resultaron tan poco seguras que aun los capitales que ya se habían invertido empezaron a evadirse. La cooperativa se liquidó al cabo de dos años, alcanzando sus pérdidas al total del capital aportado. Lotika tuvo que enajenar los mejores y más seguros de sus valores, tales como las acciones de la Cervecería de Sarajevo, S. A., y de la fábrica de soda Solvay, de Tuzla; con el producto de estas ventas, cubrió el déficit.

Paralelamente a estos sinsabores financieros, y como ligados a ellos, surgieron las primeras inquietudes y las decepciones familiares. Una hija de Tsaler, Irene, se casó inesperadamente (Lotika facilitó la dote). Pero la hija mayor, Mina, se quedó soltera. No tuvo suerte con los novios y, agriada por el matrimonio de su hermana pequeña, se transformó prematuramente en una solterona acerba y amargada que empezó a hacer la vida imposible en la casa y más intolerable el trabajo en el hotel. Tsaler, que nunca había sido un hombre vivo ni alerta, se hizo aún más pesado e indeciso, viviendo en la casa como un huésped mudo y bonachón. Debora, aunque enfermiza y de edad avanzada, dio a luz un niño, de salud tan frágil que no llegó a desarrollarse. Ahora tenía ya diez años y no sabía hablar con claridad ni podía mantenerse en pie. Emitía unos sonidos vagos y se arrastraba a cuatro patas por la casa. Aquella desgraciada criatura era tan enternecedora y tan buena, se aferraba con mano tan crispada a su tía, que ella la quería más que su propia madre y, a pesar de sus preocupaciones y de su trabajo, se encargaba de él, le daba de comer, lo vestía y lo dormía. Al ver todos los días a aquel aborto el corazón de la mujer se oprimía ante la idea de que sus asuntos no iban mejor y de que no tenía dinero para enviarlo a Viena a que lo viesen los mejores médicos y fuese atendido en una casa de salud. También la abrumaba el pensamiento de que no existiese un milagro y de que los paralíticos no fuesen curados por la voluntad divina, movida por las buenas acciones y las plegarias humanas.

Los protegidos de Lotika en Galitzia, a los que costeó estudios o de cuyos matrimonios se ocupó durante los años de prosperidad, le causaban no pocas preocupaciones y le producían decepciones frecuentes. Algunas de sus parientas habían fundado una familia y habían logrado incrementar sus negocios, adquiriendo una relativa fortuna. Lotika venía recibiendo regularmente felicitaciones y cartas llenas de gratitud, así como noticias de sus familias. Pero los Apfelmayer, a los que ella ayudó a ponerse en marcha y a los que costeó estudios, ayudándoles a establecerse, no prestaban su apoyo ni aliviaban a los nuevos parientes necesitados que nacían y crecían en Galitzia; instalados en ciudades extranjeras, sólo se preocupaban de ellos mismos y de sus hijos. Podría creerse que, para ellos, la mayor parte de su éxito estaba en olvidar para siempre, lo más rápida y lo más completamente posible, a Tarnowo, en olvidar aquel ambiente estrecho y miserable en el que nacieron y del que habían salido con felicidad. Ahora bien, Lotika, rigurosamente sola, ya no podía disponer de dinero para socorrer a la pobre gente de Tarnowo. Y no podía acostarse ni levantarse sin sentirse dolorosamente penetrada por el pensamiento de que, en aquellos momentos, alguno de los suyos se estuviese hundiendo para siempre en la ignorancia y en la pobreza, en la vergonzosa miseria que ella conocía por experiencia y contra la que había luchado durante toda su vida.

Entre los que había sacado adelante, no pocos le proporcionaban motivos para quejarse y para sentirse descontenta. Eran precisamente los mejores los que habían escogido el mal camino tras conocer los primeros éxitos o tras haberse ofrecido llenos de esperanzas. Una sobrina, pianista de talento que, ayudada e impulsada por Lotika, terminó sus estudios en el Conservatorio de Viena, se envenenó poco después de haber conseguido sus primeros y más brillantes éxitos. Nadie supo por qué lo hizo.

Uno de sus sobrinos, Alberto, esperanza de la familia y orgullo de Lotika, alcanzó excelentes notas cuando estudiaba en el instituto y, más tarde, en la Facultad. Tan sólo por ser judío, no obtuvo un diploma real ni un anillo imperial, como Lotika anhelaba. Sin embargo, la buena mujer imaginó que, al menos, llegaría a ser un abogado célebre de Viena o de Lwow 1, ya que, como judío, no podría convertirse en un alto funcionario, lo cual habría sido el ideal de Lotika. En sus sueños, veía el triunfo de aquel hombre como la recompensa a todos los sacrificios que había hecho para su educación. Pero tuvo que pasar por una decepción lamentable. El joven doctor en derecho se hizo periodista e ingresó como miembro del partido socialista y, por si esto fuera poco, del ala más avanzada, de aquella que dio que hablar con ocasión de la huelga general de Viena, en 1906. Y Lotika leyó con sus propios ojos en la prensa vienesa que, con motivo de la depuración que había alejado de la capital a algunos elementos extranjeros y subversivos, el doctor Alberto Apfelmayer, famoso agitador judío, había sido expulsado tras haber cumplido una pena de veinte días de prisión. Esto equivalía a decir, según el lenguaje de Vichegrado, que se había convertido en un haiduk. Algunos meses después, Lotika recibió de su querido Alberto una carta desde Buenos Aires, en la cual le anunciaba que había emigrado.

Durante aquellos desdichados días, no encontró tranquilidad ni siquiera en su habitación.

Con la carta en la mano iba al encuentro de su hermana y de su cuñado; desesperada, como loca, se arrojaba a los brazos de su hermana Debora, que no hacía más que llorar, y gritaba furiosa:

– ¿Qué va a ser de nosotros? Dime, ¿qué va a ser de nosotros, si ninguno de la familia sabe levantarse y marchar por sus propios medios? En cuanto los dejas de la mano se hunden. ¿Qué va a ser de nosotros? Estamos malditos, eso es lo que nos pasa.

– Gott, Gott, Gott 1 -suspiraba la pobre Debora, mientras derramaba lágrimas, sin saber qué contestar a la pregunta de Lotika.

La propia Lotika no llegaba a encontrar una respuesta y se limitaba a juntar las manos y a levantarlos ojos al cielo, pero no lacrimosa y asustada como Debora, sino con cólera y desesperación.

– Se ha hecho socialista. ¡So-cia-lis-ta! ¡Por si fuera poco ser judío, ahora va y se hace socialista! ¡Oh, Dios Todopoderoso, el Único!, ¿Qué Te he hecho para que me castigues de esta manera? ¡Socialista!

Alberto le producía la misma pena que si hubiese muerto. Y no volvió a hablar más de él.

Tres años más tarde, una de sus sobrinas, hermana del propio Alberto, hizo una buena boda en Pest. Lotika se encargó del equipo de la muchacha, e interpretó el papel más importante dentro de la crisis moral que aquel matrimonio provocó en el seno de la gran familia de los Apfelmayer de Tarnowo, cuya única riqueza se reducía a sus hijos y a su tradición religiosa sin mácula.

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1. Lwow, nombre polaco de la ciudad ucraniana de Lvov, importante centro fabril de accidentada historia (conquistada por Carlos XII en 1705, por los rusos en 1914, por los alemanes en 1915, esta ciudad paso a ser polaca de 1922 a 1939, y, finalmente, rusa) (N. del T.)

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1. Gott, Dios. (En alemán en el original.) (N del T.)

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