Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
– No; basta con comparar las diferentes épocas históricas para ver el progreso y el sentido de la lucha humana y, consecuentemente, de las teorías que encauzan la lucha.
Glasintchanine pensó que las palabras de Stikovitch encerraban una alusión a sus estudios interrumpidos y, como siempre le ocurría en semejantes casos, se estremeció.
– Yo no estoy estudiando historia -apuntó.
– Ya ves…, si la estudiases te darías cuenta de…
– Tú tampoco la estudias.
– ¿Qué quieres decir? Bueno…, ¡claro que la estudio!
– ¿Además de las ciencias naturales?
Su voz tuvo un temblor que indicaba despecho. Stikovitch se sintió, por un instante, turbado; después continuó con voz apagada:
– Está bien, si te interesa, te diré que además de las ciencias naturales, me ocupo de cuestiones políticas, históricas y sociales.
– Tú sabrás mejor que yo si puedes abarcarlo todo. Porque, que yo sepa, eres también orador, agitador, poeta y amante.
Stikovitch sonrió con aire contrariado. Los instantes que había pasado durante la tarde de aquel día en el aula desierta cruzaron por su memoria como algo lejano y lamentable; únicamente entonces recordó que Glasintchanine y Zorca simpatizaban antes de que él llegase a la ciudad. El hombre que no ama, no es capaz de sentir la grandeza del amor ni la fuerza de los celos ni el peligro que éstos encierran.
La conversación de los dos muchachos se transformó inmediatamente en una cuestión personal y biliosa que desde que empezaron a hablar había flotado en el aire. No intentaron eludirla; eran como los animales jóvenes que se prestan con facilidad a juegos brutales y furiosos entre ellos mismos.
– Lo que soy y en lo que me ocupo, a fin de cuentas, no le importa a nadie. Yo no me meto con tus estéreos ni con tus vigas.
La cólera que se desencadenaba en Glasintchanine cada vez que alguien hacía referencia a su situación le produjo un profundo malestar.
– ¡Deja en paz mis estéreos! Yo vivo de eso, pero no engaño a nadie, ni seduzco a nadie, ni especulo con mi situación.
– Y yo, ¿a quién he seducido?
– A todos aquellos o a todas aquellas que se dejan seducir.
– ¡Eso no es verdad!
– Eso es verdad. Tú sabes que es verdad. Y ya que te empeñas, voy a demostrártelo.
– No soy curioso.
– Pero yo quiero demostrártelo, porque a pesar de pasarme el día metido entre vigas, soy capaz de ver y de darme cuenta de las cosas, de reflexionar y de sentir. Quiero decirte lo que pienso de tus numerosas ocupaciones, y de tu competencia, y de tus teorías audaces, y también de tus versos y de tus amores.
Stikovitch hizo un movimiento como para levantarse, pero siguió sentado. El violín y el piano hacía ya un rato que habían empezado a tocar de nuevo en el círculo militar (estaban interpretando la tercera parte, alegre y animada, de la sonatina). El sonido se perdía, en medio de la noche, absorbido por el ruido del río.
– Gracias, pero ya he oído a otros más inteligentes que tú.
– No, no. Esos otros o no te conocen o te mienten o piensan lo mismo que yo, pero callan. Todas tus teorías, todas tus numerosas ocupaciones espirituales, lo mismo que tus amores y tus amistades, todo eso nace de tu ambición. Y tu ambición es mentirosa y malsana, porque es una ambición surgida de tu vanidad, única y exclusivamente de tu vanidad.
– ¡Vaya, vaya!
– Sí, y esa idea nacionalista que ahora predicas con tanto ardor, no pasa de ser un aspecto particular de tu vanidad. Ya que no puedes querer ni a tu madre, ni a tus hermanas m a tu propio hermano, ni mucho menos una idea, sólo por vanidad podrías ser bueno, magnánimo y devoto de algo. Porque es tu vanidad la principal fuerza motriz que hay en ti; tu única reliquia, aquello a lo que amas más que a ti mismo. El que no te conoce podrá equivocarse fácilmente al ver tu actividad, tu ardor combativo, tu entrega al ideal nacionalista, a la ciencia, a la poesía o a cualquier fin elevado que supere a la personalidad. Pero no puedes servir durante mucho tiempo a la misma causa o permanecer al lado de alguien: tu vanidad no te lo permite. Y a partir del momento en que tu vanidad se quede al margen, todos esos sentimientos te resultarán extraños y alejados, y no te molestarás lo más mínimo por ellos. Te traicionarás a causa de tu vanidad, porque eres un esclavo de ella. Ignoras hasta qué punto eres vanidoso. Yo te conozco a fondo y soy el único que sabe que eres un monstruo de vanidad.
Stikovitch no dijo una sola palabra. Al principio se sintió sorprendido por el ataque calculado y lleno de pasión que le hizo su camarada, el cual se mostró de pronto ante él en un plano insospechado y bajo una nueva luz. A continuación, aquellas palabras cáusticas, pronunciadas en un tono igual, que de entrada lo habían herido, provocado su cólera, empezaron a parecería interesantes, casi agradables. Sin duda, algunas expresiones le habían llegado al alma, haciéndole sufrir, pero el conjunto de todas ellas -aquel sondeo agudo y profundo de su carácter- lo halagaron y le proporcionaron un placer especial. Porque decir a un muchacho como él que es un monstruo, supone regalar su insolencia y su amor propio. Hubiera querido que Glasintchanine continuase aquel buceo furioso dentro de lo más íntimo de su ser; que continuase proyectando luz sobre su personalidad oculta. Stikovitch hallaba en ello una nueva prueba de sus cualidades y de su superioridad. Su mirada dura se posó en la estela blanca del muro que tenía frente a él. La inscripción destacaba al claro de luna sobre la piedra roja.
Contempló fijamente aquellas palabras turcas incomprensibles como si pudiese leer en ellas, como si tratase de descifrar en sus rasgos el sentido profundo y verdadero de lo que le había dicho, de manera penetrante y calculada, aquel perverso compañero.
– Eres diferente a todo y ni amas ni odias, porque para ambas cosas es preciso salir de uno mismo, exponerse, olvidarse de todo, superarse, vencer la vanidad. Ahora bien, esto no puedes tú hacerlo ni existe nada que te impulse a seguir semejante norma de conducta. La miseria de los demás no llega a rozarte ni, mucho menos, a hacerte sufrir, ni siquiera te afecta tu propia miseria, excepto en el caso de que halague tu vanidad. No deseas nada ni disfrutas con nada. Por no ser, no eres ni envidioso; y no es la bondad la que te aleja de la envidia, sino un egoísmo sin límites, ya que no eres capaz de darte cuenta ni de la felicidad ni de la desgracia de cuantos te rodean. Nada puede impresionarte; nada puede ponerte en movimiento. No te detienes ante nada, no porque seas valiente, sino porque en ti los buenos instintos se han secado; para ti, al lado de tu vanidad, no existen ni los lazos de la sangre, ni los sentimientos innatos, ni Dios, ni el mundo, ni la familia, ni los compañeros. No tomas en consideración ni tus propias aptitudes. Únicamente la vanidad herida -en lugar de la conciencia- puede conmoverte, pues es sólo tu vanidad la que habla por tu boca y dicta tus actos.
– ¿Estás refiriéndote a Zorka? -interrumpió Stikovich.
– Está bien: si quieres, hablaremos también de eso. Sí, es a causa de Zorka. No sentías la más ligera inclinación hacia ella. Lo que has hecho es exclusivamente fruto de tu incapacidad para abstenerte y pararte ante una cosa, sea la que sea, que se ofrece en un instante ante tus ojos y que halaga tu vanidad. Sí, te adueñas de la pobre maestra, que es una criatura inconsciente y falta de experiencia, del mismo modo que escribes artículos, y poemas, y redactas discursos y conferencias. Aún no los has terminado, cuando ya te pesan, y tu vanidad bosteza aburrida, y buscas con la mirada ávidamente otra cosa. Tu maldición es que no puedes pararte en ningún sitio, ni saciarte, ni sentirte satisfecho. Sometes todo a tu vanidad, pero eres su primer esclavo y su mayor mártir. Quizás alcances mucha más gloria y éxitos más altos que los que pueda darte la conquista de una mujer débil y engañada, pero en ninguno de esos éxitos hallarás satisfacción, puesto que tu vanidad aspira a llegar más lejos y lo devora todo, incluso los mayores triunfos, olvidándolos inmediatamente, pero se acuerda para siempre de la más mínima ofensa, del más ligero fracaso. Y cuando en torno a ti todo haya desaparecido y esté quebrado, mancillado, humillado, disperso o reducido a la nada, entonces tú te encontrarás solo en medio de un desierto, frente a frente con tu vanidad, y no tendrás nada que ofrecerle y en ese momento te devorarás a ti mismo, pero no te servirá para nada, porque esa misma vanidad, acostumbrada a mejores presas, no te querrá como alimento y te echará a un lado. Eso es lo que tú crees, aunque aparezcas de otro modo ante la mayoría de la gente y aunque tú tengas otro concepto de ti mismo. Pero yo te conozco.
Dichas estas palabras, Glasintchanine se calló.
En la kapia se empezaba a sentir el frescor de la noche y se iba extendiendo la calma, acompañada por el ruido eterno del agua. Los dos muchachos no se habían dado cuenta de que había cesado la música procedente de la orilla. Habían olvidado por completo el lugar en que se encontraban y lo que hacían. Ambos habían sido arrastrados por sus pensamientos, como sólo la juventud puede dejarse arrastrar. El hombre "de los estéreos" había dicho todo lo que su pensamiento albergaba con pasión profunda e intensamente, pero para lo que nunca había logrado hallar las palabras y las expresiones adecuadas. En aquella ocasión había hablado con una elocuencia fácil, lleno de amargura y de exaltación. Stikovitch lo había escuchado sin rechistar, con la mirada fija en la estela blanca que conservaba la inscripción turca. Sus ojos se habían detenido en aquel lugar como si fuese una pantalla cinematográfica. Cada palabra de Glasintchanine había sido como un cuchillo cuya punta hubiera rozado a Stikovitch; pero éste no había encontrado nada insultante ni había visto ningún peligro en lo que su camarada invisible le había dicho. Muy por el contrario, había tenido la impresión, ante cada uno de los dardos de Glasintchanine, de que crecía y de que, llevado por alas impalpables, emprendía un vuelo en silencio, rápida y audazmente, con emoción; había creído que volaba muy por encima de los hombres y de sus lazos, de sus leyes y de sus sentimientos; de que volaba lleno de orgullo y de grandeza, feliz (o en un estado muy parecido a la felicidad). Volaba por encima de todo. Y la voz de su adversario le sonó como el murmullo de las aguas y el ruido del mundo. Y a él no le importaba ni ese mundo, ni lo que pensase, ni lo que dijese: surcaba el cielo sobre sus cabezas como un pájaro.