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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Oh, vosotras, ballenas, y todo cuanto se mueve en las aguas, alabad al Señor...

El cántico finalizó. El grupo se arrodilló bajo la intensa lluvia y los relámpagos. El hombre de la barba creyó ver, a lo lejos, a través de la lluvia y más allá de las aguas que retrocedían, en el horizonte, que el océano se alzaba en una especie de joroba, un muro vertical al otro lado del mundo.

—Sálvanos, oh Dios —gritó el hombre de la barba— pues llegan las aguas, incluso hasta mi alma. —Los demás no sabían el salmo, pero escuchaban en silencio. Un siniestro fragor llegó desde el océano—. Me he hundido en cieno profundo, donde el pie no toca fondo. He entrado en aguas muy hondas, y una caudalosa corriente me ha arrollado. —El hombre barbudo pensó entonces que el resto del salmo no era nada apropiado, y empezó de nuevo—: El Señor es mi pastor. No padeceré miseria.

El agua avanzaba velozmente. El grupo terminó el salmo. Una de las mujeres se puso de pie.

—Reza ahora —le dijo el hombre barbudo.

El ruido del mar ahogó el resto de sus palabras, y una cortina de lluvia cayó sobre ellos, una lluvia cálida que ocultaba el mar y las olas. Luego apareció un inmenso muro de agua que superaba en altura al más alto de los edificios, un destructivo monstruo acuático, espumeante, gris y blanco en la base, alzándose como un telón verde. El hombre barbudo vio un objeto diminuto que se movía sobre la superficie del agua. Luego el muro le engulló a él y a su rebaño.

Gil descansaba boca abajo sobre la tabla, entretenido en pensamientos ociosos, esperando con los demás que llegara la gran ola. El agua chapoteaba bajo su vientre. El sol le quemaba la espalda. Otros practicantes de surf se mecían en una hilera a ambos lados de él.

Janine le miró, sonriente, con una sonrisa llena de promesas y recuerdos. Su marido estaría tres días más fuera de la ciudad. Gil le devolvió la sonrisa sin decir nada. Esperaba una ola. Sabía que el oleaje no era muy bueno en la playa de Santa Mónica, pero el apartamento de Janine estaba cerca y ya vendrían días mejores para practicar su deporte favorito.

Las casas y apartamentos situados en el risco parecían subir y bajar. Parecían nuevos, no como las casas de la playa de Malibu, que siempre parecían más viejas de lo que eran. Pero incluso allí se notaban las señales del tiempo. La entropía avanzaba veloz en la línea entre el mar y la tierra. Gil era joven, como todos los hombres que esperaban sobre sus tablas de surf aquella hermosa mañana. Tenía diecisiete, años, estaba bronceado por el sol y sus largos cabellos eran de un rubio casi blanco. Los músculos de su abdomen parecían las placas inconexas de un armadillo. Estaba contento de parecer mayor de lo que era. No había tenido que pagar por un lugar donde cobijarse o por comida desde que su padre le echó de casa. Siempre había mujeres mayores dispuestas a echarle una mano.

El marido de Janine le inspiraba una vaga simpatía. El no suponía una amenaza para el hombre. No quería nada permanente. Janine podría haberse encaprichado de algún tipo que fuera con ella por su dinero y no estuviera dispuesto a perderla...

Un brillo repentino le hizo entrecerrar los ojos. Los reflejos de las olas eran algo corriente. Cuando cesó el resplandor, volvió a abrir los ojos para ver si se acercaba una ola. Vio una gran nube que se elevaba más allá del horizonte. La contempló, entornando los ojos, queriendo creer que...

—Viene una ola grande —dijo, poniéndose de rodillas sobre la tabla.

—¿Por dónde? —preguntó su amigo Corey.

—Ya lo verás.

Hizo girar su tabla y, utilizando sus largos brazos como remos, la dirigió mar adentro, inclinándose hasta que su mejilla casi tocaba la tabla. Estaba asustado, pero nadie lo sabría jamás.

—¡Espérame! —le gritó Janine.

Gil siguió remando. Otros le siguieron, pero sólo los más fuertes podían seguir su ritmo. Corey llegó a su altura.

—¡He visto la bola de fuego! —exclamó jadeando por el esfuerzo—. ¡Es el martillo de Lucifer! ¡Va a producirse una oleada!

Gil no respondió. No era la mejor ocasión para ponerse a hablar, pero los otros parloteaban entre ellos, y Gil remó con más fuerza dejándolos atrás. Un hombre debía estar solo en un momento así. Empezaba a enfrentarse al hecho de la muerte.

Empezó a llover, y él siguió remando. Miró atrás y vio que las casas y el risco retrocedían, quedaban a más altura, y aparecía una enorme extensión de nueva playa húmeda y brillante. Los relámpagos relucían en las colinas por encima de Malibu.

Las colinas habían cambiado. Los ordenados edificios de Santa Mónica se habían derrumbado. El horizonte ascendió.

La muerte era inevitable. ¿Qué podía hacer? Afrontarla con estilo. No quedaba otra alternativa. Gil siguió remando sobre las aguas que retrocedían, hasta que cesó el movimiento. Se había alejado mucho. Giró su tabla y esperó. Se acercaron otros que también esperaron bajo la intensa lluvia. Tal vez hablaban, pero Gil no podía oírlos. Tras él había un tremendo fragor. Gil aguardó un instante más y luego remó con todas sus fuerzas.

Se deslizó por el gran muro verde mientras las aguas se elevaban. Apoyado en rodillas y codos, notó que la sangre se agolpaba en su rostro, le presionaba los ojos, empezaba a brotarle por la nariz. La presión se hizo enorme, insoportable, pero pronto se suavizó. Aprovechando la velocidad que había adquirido, Gil giró la tabla y se deslizó hacia abajo y lateralmente a lo largo de la pared casi vertical, manteniendo el equilibrio sobre las rodillas...

Se levantó. Necesitaba más ángulo. Si pudiera llegar a la cima de la ola la rebasaría, podría librarse de su acometida.

Los ocupantes de otras tablas también las habían girado. Gil los vio delante de él, por encima y por debajo en la pared verde. Corey seguía una dirección equivocada. Gil le vio pasar a sus pies. Avanzaba a una velocidad endiablada y parecía aterrado.

Se acercaron al risco, que ahora quedaba por debajo de ellos. La casa de la playa y el embarcadero de Santa Mónica, con su tiovivo y todos los yates anclados en la vecindad desaparecieron bajo las aguas. Pudieron ver calles y automóviles. Gil atisbo un instante a un hombre barbudo arrodillado junto con otros. Luego las aguas los engulleron. La base del muro era un infierno de espuma blanca que arrastraba cascotes, cuerpos humanos y coches.

Pasó por encima de Santa Mónica Boulevard. La ola gigantesca barrió el Mall, añadiendo al espumoso caos de su base los restos de tiendas, personas, árboles en macetas y bicicletas. Cada vez que la ola arrollaba un edificio, Gil se agachaba para resistir los efectos del choque. La tabla golpeaba contra sus pies, y estuvo a punto de perderla. Vio que las aguas se tragaban a Tommy Schumacher, cuya tabla rebotaba y giraba locamente. Ya sólo quedaban dos tablas.

La cresta espumosa de la ola estaba muy lejos, y la revuelta base demasiado cerca. Gil notaba que sus piernas exhaustas ya casi no podían sostenerle. Vio una tabla vacía delante de él. ¿Quién era? No importaba. En seguida desapareció en el caos. Gil echó un rápido vistazo atrás. No había nadie. Estaba solo sobre la ola definitiva.

¡Oh, Dios, si viviera para contar aquello, qué película podría hacerse! Más espectacular que El verano interminable, más que El gigante en llamas. ¡Una película de surf que requeriría millones en efectos especiales! Si sus piernas le sostuvieran... Ya había conseguido un récord mundial, pues debía estar por lo menos a un kilómetro y medio tierra adentro, y nadie había corrido esa distancia sobre una ola. Pero la cresta espumosa y ondulante estaba muy alta, y los apartamentos Barrington, con su altura de treinta pisos, se acercaban a él, como un enorme matamoscas.

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