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Asesina Oscura

Электронная книга - «Asesina Oscura». Краткое содержание книги:

Un rumor ha persistido en el mundo de los vampiros acerca de un oscuro asesino -una mujer- que viaja con una manada de lobos y cualquier vampiro que la encuentre es asesinado. Misteriosa, esquiva y aparentemente imposible de matar, ella es la única cazadora que infunde terror en los corazones de los vampiros.
Ivory Malinov es esa mujer, traicionada por su propia gente, por su familia, por todos los que ella aprecia y caza durante la noche con sólo su manada para mantener su cordura. No ha hablado o estado con cualquier otra persona durante cien años salvo aquellos de los que se alimenta o asesina. Ella tropieza accidentalmente con un cuerpo mientras regresa a su guarida y descubre… a su compañero.
Él es Razvan, conocido como un criminal odiado, detestado, temido y aborrecido por todos los Cárpatos. También es un Buscador de Dragones, uno de los más grandes linajes de todos los Cárpatos. Mantenido cautivo durante casi toda su vida por su abuelo, el enemigo más encarnizado de los Cárpatos busca el amanecer para acabar con su terrible existencia.
Ésta es una historia de dos personas, horrendamente traicionadas, heridas en espíritu, luchadores a muerte, quienes deben pelear para unirse en contra de un enemigo común.
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– Creo que sé como lo que hicieron -dijo Lojos-. Tienen que haber reparado cualquier daño a las telas a medida que pasaban. Si pudieron tejer lo suficientemente rápido para mantener lo bastante intacta cada tela para no despertar la ira de las arañas, pueden haberlo logrado sin provocar una batalla.

Tariq asintió.

– Esa es la única explicación lógica. Sepáraos. Nadie es tan bueno como para reparar una tela de arañas de hielo exactamente como las tejen las arañas. Tienen que haber dejado señales.

Vikirnoff llanzó a Gregori una mirada eufórica, y éste simplemente se encogió de hombros, lo cual irritó al cazador aún más. Los siete cazadores antiguos se dispersaron a través de los árboles, deteniéndose cerca de las telas, casi presionando su nariz contra ellas en un intento de encontrar algún signo de borde irregular donde los cristales colgaban de las hebras sedosas.

Vikirnoff echó una mirada a Nicolae, con su ceño profundizándose.

– Aquí no veo nada, pero nadie pasa por el corazón de las telarañas de hielo. Pueden proseguir durante kilómetros y sería demasiado arriesgado. No sólo es muy peligroso, el cuidado que tendrían que tener ciertamente los retrasaría.

Mirando hacia su hermano, se movió desde los árboles del exterior hacia el centro del bosque. Dio un paso y su pie se hundió casi diez centímetros en la nieve, a pesar de haber hecho su cuerpo ligero. A su vez, unas hebras sedosas se alzaron y lo rodearon, encerrándolo en una red que brotaba desde el suelo hasta arriba en el aire, la red apretada, sin los diminutos huecos que permitían que pasara el vapor.

Vikirnoff luchó, pero como todas las trampas de arañas de hielo, las telas se apretaban más cuanto más luchara, rodeándolo hasta que estuvo atado como un pavo. Se obligó a quedarse quieto, la furia carcomía su calma habitual. Se encontró alto en la canopia, pendiendo a muchos metros en el aire. Su hermano lo miraba desde la tela donde estaba envuelto como una momia y atrapado en el interior de una red sedosa y cristalina. Alrededor de ellos, los demás cazadores habían encontrado el mismo destino.

Vikirnoff no se atrevió a mirar a Gregori.

– Bájanos -le ladró.

Gregori suspiró.

– Si me muevo, puedo pisar en una de las numerosas trampas que yacen por ahí. Primero tengo que estudiar la situación. No me haría ningún bien acabar de la misma manera.

– Las arañas nunca podrían hacer esto -dijo Lojos-. Aquí está obrando alguna magia.

– ¿Te parece? -Nicolae fue sarcástico-. Nos están haciendo quedar como tontos.

– O quizás smplemente estéis comportándoos como tontos -le ofreció Gregori.

Vikirnoff le gruñó.

– Di lo que quieras, pero si no tienen nada que ocultar, no habrían ido tan lejos para esconderse de nosotros.

Mientras hablaba las ramas sobre su cabeza empezaron a agitarse, lloviendo copos de nieve cuando las arañas corrieron a toda prisa a lo largo de la intrincada red. Una empezó a bajar hacia Vikirnoff, atraída por su voz.

Gregori, colocando los pies cuidadosamente en el campo obviamente minado de trampas, se acercó más, por si era necesaria su ayuda.

La araña se detuvo a nivel de los ojos de Vikirnoff. Se miraron mutuamente durante un largo momento. Él podía ver los colmillos empapados con veneno. La araña empezó a tejer otra tela, esta vez formando palabras como si estuviera programada. Le llevó un cierto tiempo conectar las líneas sedosas.

No temáis… Preparé un pasaje seguro a través del territorio de las arañas.

Vikirnoff sintió que sus entrañas se apretaban. Pasaje seguro. Como si fueran niños incapaces de atravesar el territorio de las arañas de hielo por sus propios medios. El golpe a su orgullo fue deliberado. Una bofetada en el rostro.

Estuvo tentado a quemar a la colonia entera llamando al relámpago.

– Yo no lo haría -dijo Gregori-. Si Ivory y Razvan utilizaron magia y se hicieron amigos de estas arañas, lo más probable es que hayan dejado protecciones para ellas. Entregaría algo a cambio de vuestro pasaje seguro.

– No pedimos su ayuda -gruñó él, apretando los dientes.

Por encima de sus cabezas los árboles paracían vivos mientras miles de arañas corrían y se movían. Vikirnoff deseaba en primer lugar no haberse puesto en camino, pero no iba a decírselo a Gregori. Conteniendo su rabia, inclinó la cabeza para aceptar cualquier acuerdo que Ivory y Razvan hubieran hecho.

– Espero que tengas razón con respecto a ellos y que no hayan cambiado su pasaje seguro por entregarnos a las arañas como su comida de invierno.

– No permitiría que eso pasara.

Eso eran casi tan difícil de tragar como que la pareja hubiera arreglado su pasaje seguro. Vikirnoff maldijo en silencio. Ahora no tenían opción. Tenían que continuar hacia delante, y sabía que el sanador tenía esa sonrisita particularmente molesta.

Fueron bajados al suelo casi a paso de tortuga, haciendo que deseara gritar de frustración. Otra táctica para demorarlos. Y luego uno por uno fueron desenrrollados, con lo cual las sedosas hebras fueron preservadas, otra absolutamente humillante tortura para cazadores experimentados. Y si Gregori mencionaba otra vez los azotes iba a matarlo y al diablo con las consecuencias. Mientras los cazadores eran desenrrollados como salchichas, se preparó una abertura a través de las telas de forma que cuando los siete cazadores estuvieron de nuevo de pie junto a Gregori, había un camino abierto a través del tupido bosque.

Ahora incómodo, el grupo continuó siguiendo a Vikirnoff mientra éste rastreaba a Ivory y Razvan por el interior oscuro y salía por el otro lado. Se encontraron en el peor lugar posible y las arañas trabajaron rápidamente para cerrar el pasaje detrás de ellos.

El Valle de la Niebla yacía entre dos altos picos montañosos, alzándose abruptamente hasta casi ángulos verticales. El desfiladero era estrecho y traicionero, casi siempre lleno de niebla espesa y helada, las partículas lo suficientemente pequeñas como para congelar los pulmones cuando inhalaban. Nadie, ni siquiera los Cárpatos, podían ver a través del pesado velo de niebla que colgaba como nubes. La nieve y el hielo a menudo se deprendían de los precipicios angulares, y las avalanchas eran frecuentes en la zona.

A menudo el viento bajaba de los picos más altos en una corriente de aire en espiral para aullar a través de los cañones a velocidades suicidas, llevando voces, causando estragos en los sentidos auditivos. Unos pocos animales podían vivir en el valle; reinaban los leopardos de las nieves, pero aún ellos permanecían lejos de la base de las montañas donde la nieve y el hielo caían con un fuerte estruendo.

Los cazadores escucharon el sonido de la risa de una mujer y figuras moviéndose en la niebla. Tomas lanzó una mirada a sus hermanos, se adelantaron sólo cuatro pasos en el valle y desaparecieron.

Vikirnoff miró a Gregori.

– Persiguen fantasmas, ¿verdad?

Él se encogió de hombros.

– Imagino que sí.

Vikirnoff cerró los ojos y envió su mente en buscar del rastro de sangre. Se perdía en la niebla. No quedaba ni el más mínimo rastro.

– Probablemente se disolvieron en niebla y estén mezclados en esa sopa espesa. Puedo pasar meses intentando rastrearlos.

– No los encontrarás -dijo Gregori.

Tomas, Mataias y Lojos regresaron.

– Estamos persiguiendo fantasmas. Juegan con nosotros, pero ya no están por aquí.

Vikirnoff sacudió la cabeza.

– Gregori, espero que tu Príncipe sepa lo que está haciendo.

– Nuestro Príncipe -dijo Gregori-. Cada uno de vosotros le ha jurado lealtad.

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