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Asesina Oscura

Электронная книга - «Asesina Oscura». Краткое содержание книги:

Un rumor ha persistido en el mundo de los vampiros acerca de un oscuro asesino -una mujer- que viaja con una manada de lobos y cualquier vampiro que la encuentre es asesinado. Misteriosa, esquiva y aparentemente imposible de matar, ella es la única cazadora que infunde terror en los corazones de los vampiros.
Ivory Malinov es esa mujer, traicionada por su propia gente, por su familia, por todos los que ella aprecia y caza durante la noche con sólo su manada para mantener su cordura. No ha hablado o estado con cualquier otra persona durante cien años salvo aquellos de los que se alimenta o asesina. Ella tropieza accidentalmente con un cuerpo mientras regresa a su guarida y descubre… a su compañero.
Él es Razvan, conocido como un criminal odiado, detestado, temido y aborrecido por todos los Cárpatos. También es un Buscador de Dragones, uno de los más grandes linajes de todos los Cárpatos. Mantenido cautivo durante casi toda su vida por su abuelo, el enemigo más encarnizado de los Cárpatos busca el amanecer para acabar con su terrible existencia.
Ésta es una historia de dos personas, horrendamente traicionadas, heridas en espíritu, luchadores a muerte, quienes deben pelear para unirse en contra de un enemigo común.
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– Está creciendo muy rápido. Demasiado rápido para que sea otra cosa aparte de magia -advirtió Mataias. Hizo una seña a sus hermanos y estos se separaron, aproximándose al prado desde tres puntos de ataque diferentes.

Los cazadores se acercaron lentamente, utilizando los árboles para enmascarar su presencia, con todos los sentidos alerta. Lo que fuera que estuviera protegiendo a la pareja no dejaba aroma, ni absolutamente ninguna huella. Era como si la pareja se hubiera esfumado, y la tierra misma estaba prístina de nieve.

– Una fortaleza -siseó Lojas advitiéndolos.

El ataque se produjo con rapidez. Los misiles silbaron a través del aire, un bombardeo, el aire se espesó con bolas cubiertas de blanco que golpeaban con precisión mortal, pegando en los Cárpatos, en los árboles y en todo demás que estuviera en la zona de batalla.

– ¡Ácido! -siseó Tomas.

Los hombres se disolvieron y entraron a la carga al campo de batalla, cada uno frente a uno de los ghouls que atacaban, golpeando a través del pecho para llegar a sus corazones marchitos, otros cortando cuellos para seccionar la cabeza de las marionetas del vampiro.

Gregori se cruzó de brazos, se apoyó contra el grueso tronco de un árbol y observó la lucha frenética y caótica, la batalla rabiaba furiosamente mientras unos ghouls continuaban arrojando los misiles y otros continuaban construyendo afanosamente hasta que la estructura empezó a tener un techo, ahora rodeándolos a todos por los cuatro costados, confinándolos en el interior de las paredes.

– Es una trampa -advirtió Tariq a los demás-. Encima de vosotros.

Los siete cazadores Cárpatos dieron un salto para alejarse de sus oponentes, cada uno tratando de estudiar la estructura que los encerraba rápidamente.

Gregori sacudió la cabeza, puso los ojos en blanco mientras pasaban los minutos y los ghouls se hacían más abundantes y los misiles se duplicaban.

Vikirnoff se las arregló para atravesar el campo de batalla hasta llegar a su lado.

– ¿Te importaría ayudar?

– Me sentiría una poco ridículo luchando contra muñecos de nieve, pero ve tú -dijo con una pequeña reverencia elegante hacia el cazador antiguo.

Vikirnoff miró alrededor, con un ceño en el rostro. Todo se ralentizó un poco mientras intentaba mirar con todos sus sentidos. La feroz batalla continuaba, pero ahora los ghouls eran blancos e inflados y sospechosamente redondeados en el cuerpo y la cabeza. Los brazos parecían ser nada más que ramas y viejas ramitas. Los misiles eran bolas de nieve, salpicando contra sus pechos y rostros.

Vikirnoff tomó aliento y lo dejó escapar.

La escena estaba completamente clara y enfocada. El color subió por su cuello inundando su rostro.

– Creo que te han dado unos azotes -dijo Gregori-. Y lo ha hecho una chica.

– Terád keje… así te achicharres, Gregori -exclamó Vikirnoff-. Es una ilusión -les dijo a los otros-. Es buena con la magia. Esto es sólo una táctica dilatoria. Saben que los estamos siguiendo.

La pelea se hizo más lenta y luego se detuvo cuando los cazadores se dieron cuenta lentamente de que habían sido embaucados. A su alrededor, los hombres de nieve yacían caídos, acuchillados, las cabezas rodando con rostros sonrientes, riéndose hacia ellos.

– No puedo creer que hayamos picado -dijo Tariq-. Ella es mejor de lo que creía No sentí, ni por un momento, la oleada de energía.

Los cazadores se miraron unos a otros. Fue Lojas, célebre por ser un gran guerrero, quién expresó su apreciación.

– No sólo no hubo oleada de energía, la ilusión fue absolutamente fluída. No fue realizada por novatos. Incluso la habilidad para la lucha de los hombres de nieve era magnífica.

Si hubiera podido sentir admiración, esta se habría mostrado en su voz, pero sus emociones hacía tiempo que se habían desvanecido y todo lo que pudo hacer fue expresar su reconocimento ante tamaña pericia.

– Vikirnoff, recoge el rastro -dijo Mataias con propósito incesante-. No dejaron ni siquiera un débil rastro atrás. Tendremos que usar la llamada de tu sangre para rastrearlos.

Ante eso Gregori sonrió con suficiencia.

– Sí, Vikirnoff. Hazlo. Estoy seguro en que no tendrás problemas en encontrarlos.

La nieve caía con tanta fuerza que casi no podía ver el rostro de Vikirnoff, pero bien valía el esfuerzo extra por ver la expresión de exasperación del cazador.

– Si tu compañera hubiera sido engañada repetidamente por alguien, no serías tan raudo en confiar en él -lo acusó Vikirnoff.

– Tal vez no, pero habría confiado en mi Príncipe.

Vikirnoff se alejó ofendido, liderando al grupo de cazadores a través del prado lleno de hombres de nieve y de vuelta hacia el bosque. El aroma era tan débil, aún con la llamada de su propia sangre, como si alguien lo hubiera diluído. Ahora cautelosos esperando trampas, tenían que moverse mucho más lentamente, desplegados en un patrón estándar de búsqueda, todos los sentidos alertas. No había huellas, ni signos visibles del paso de Ivory y Razvan. Por dos veces Vikirnoff tuvo que retroceder y seguir un camino sinuoso a lo más profundo del bosque donde los árboles eran más altos y estaban más juntos.

La canopia tejía un paraguas sobre sus cabezas, bloqueando lo peor de la nevada, por lo que las capas en el suelo no eran tan profundas, aunque las ramas sobre ellos se agrupaban alto y en cada espacio abierto había altos amontonamientos.

Tariq se quitó una telaraña de la cara mientras se infiltraban en lo más recóndito y oscuro del bosque. Las telarañas eran más abundantes, como pasaba a menudo en las áreas menos transitadas.

– No parece que hayan venido en esta dirección -les advirtió-. Las telarañas están intactas.

Los cazadores se detuvieron, manteniendo al menos un metro y medio entre ellos. Inspeccionaron todas las telarañas que se extendían de árbol a árbol. Brillando como diamantes a causa de los cristales de hielo que bañaban las intrincadas hebras, las redes en realidad formaban pliegues sobre muchos de los árboles y se estiraban entre ellos en laberintos de caminos astutamente conectados. Ya habían visto con anterioridad a las arañas de hielo elaborar telas, más que nada en cuevas profundas debajo del suelo, pero de vez en cuando eran insólitamente vistas durante un invierno prolongado.

– Estas telas han permanecido intactas durante muchas semanas -agregó André, deteniéndose cerca de una de las más largas para estudiar a los insectos atrapados en ella. Incluso unos cuantos lagartos desafortunados y pájaros habían quedado atrapados por las resistentes telas-. Dudo que hayan pasado por aquí.

– ¿Tal vez como niebla? -sugirió Mataias-. Tal vez se hayan podido deslizar a través.

– No en una telaraña de hielo -objetó Lojos-. Todos saben que no puedes traspasarlas sin más.

– Las arañas de hielo son pequeñas pero feroces -les recordó Tomas-. Si te tropiezas con una colonia en las cuevas mejor teme por tu vida. Esto parece una colonia.

– Sin duda -estuvo de acuerdo Nicolae-. Si vamos a atravesar eso, mejor nos preparamos para quemarlas. Aún con todo mojado, podríamos destruir este bosque.

Vikirnoff lanzó una mirada incómoda a Gregori. El sanador no había hecho sugerencias, simplemente se había quedado de pie a un lado y los observaba intentar encontrar el rastro. Su rostro no tenía expresión, ni indicaba en qué podía estar pensando.

– Cuidaos de una emboscada -los previno Nicolae-, pero mirad alrededor. Tienen que haber venido por aquí. Si encontraron una forma de pasar, nosotros también.

– No perturbéis las telas -les advirtió Vikirnoff mientras los cazadores comenzaban la búqueda de señales.

El aroma de la sangre era débil, y Vikirnoff estaba seguro de que la pareja había pasado por el territorio de las arañas de hielo. Las telas parecían abarcar muchos kilómetros de bosque, una barrera espesa que se estiraba como un cerco entre los árboles. Si la pareja la había bordeado en vez de atravesar la colonia, les hubiera llevado mucho más tiempo, y el aroma de la sangre no llevaba hacia ese camino. Para evitar problemas con las peligrosas y muy agresivas arañas, tendrían que encontrar una forma de atravesar la zona sin desgarrar las telas. El aroma era ahora tan débil, que temía que si elegían la ruta más larga perderían completamente a la pareja.

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