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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– Parece que ya lo estamos haciendo.

– Gordon, creo que quizá quieren decir que… -Gina dudó un momento y luego le dijo a Winston-: Tenemos una mesa y sillas debajo del árbol, en el jardín. -Señaló la parte delantera de la casa-. ¿Nos sentamos allí?

– Por mí está bien -dijo Nkata-. Un día muy caluroso, ¿verdad? -añadió, concediéndole a Gina el beneficio de su sonrisa de alto voltaje.

– Iré a buscar algo fresco para beber -contestó Gina, que se alejó hacia la casa, pero no sin antes de lanzar una mirada de perplejidad hacia Jossie.

Barbara y Nkata esperaron a Jossie para asegurarse de que cogía un camino directo desde el prado hasta el jardín delantero de la casa, sin desviarse. Cuando acabó de llenar la alberca para los ponis, volvió a dejar la manguera en el soporte de la cerca y salió a través del portón, al tiempo que se quitaba los guantes.

– Es por aquí -les dijo, como si ellos no fuesen capaces de encontrar el jardín sin su ayuda. Les llevó hasta allí, un pequeño espacio de prado reseco en esta época del año, pero que presentaba algunos parterres de flores que estaban creciendo. Vio que Barbara las estaba mirando-. Gina usa el agua de fregar. Lavamos con un detergente especial -dijo, como si quisiera explicar por qué las flores no estaban marchitas en medio de una época de prohibiciones de riego con manguera y un verano extremadamente seco.

– Muy agradable -dijo Barbara-. Yo acabo matando a la mayoría y no necesito ningún jabón especial para hacerlo.

Cuando se sentaron a la mesa fue al grano. El lugar parecía ser parte de un pequeño comedor exterior con velas, un mantel floreado y cojines en las sillas. Alguien, al parecer, tenía un talento natural para la decoración. Barbara sacó del bolso la tarjeta postal con la fotografía de Jemima Hastings. La colocó encima de la mesa delante de Gordon Jossie.

– ¿Puede decirnos algo de esta mujer, señor Jossie? -preguntó Barbara.

– ¿Por qué?

– Porque el número de su teléfono móvil -dio vuelta a la tarjeta- figura escrito aquí. Y alguien escribió «¿Ha visto a esta mujer?» en la otra cara, lo que sugiere que usted probablemente la conozca.

Barbara volvió a colocar la tarjeta boca arriba, y la deslizó hasta dejarla a escasos centímetros de la mano de Jossie. Él no la tocó.

Gina apareció por un costado de la casa llevando una bandeja que sostenía una jarra llena de un líquido rosado. En la superficie flotaban unas hojas de menta y varios cubitos de hielo. Dejó la bandeja sobre la mesa y su mirada se posó en la tarjeta postal. Luego miró a Jossie.

– ¿Gordon? ¿Es algo…? -dijo.

– Esta mujer es Jemima -dijo él bruscamente, y señaló la fotografía de la tarjeta, moviendo los dedos hacia ella.

Gina se sentó lentamente. Parecía desconcertada.

– ¿La de la tarjeta?

Jossie no contestó. Barbara no quería sacar ninguna conclusión precipitada en cuanto a su reticencia. Pensó, entre otras cosas, que su falta de respuesta podía deberse muy bien a la vergüenza. Estaba claro que Gina Dickens significaba algo para Jossie, y ella probablemente se estaría preguntando por qué le habían colocado frente a una tarjeta con la fotografía de otra mujer a la que evidentemente conocía.

Barbara esperó la respuesta. Ella y Nkata se miraron. Ambos pensaban lo mismo: «Dejemos que se columpie un poco».

– ¿Puedo? -preguntó Gina.

Cuando Barbara asintió, cogió la tarjeta. No hizo ningún comentario sobre la foto, pero su mirada incorporó la pregunta de la parte inferior de la tarjeta y le dio la vuelta para ver el número de teléfono escrito en el reverso. No dijo nada. Volvió a dejar la tarjeta en la mesa y les sirvió a cada uno de ellos un vaso de lo que fuese que contenía la jarra.

El calor pareció volverse más opresivo en el silencio. La propia Gina fue quien lo rompió.

– No tenía idea… -dijo. Se llevó los dedos a la garganta. Barbara pudo ver cómo latía allí su pulso. Le recordó la manera en que había muerto Jemima Hastings-. ¿Cuánto tiempo has estado buscándola, Gordon? -preguntó.

Jossie fijó la vista en la tarjeta con la fotografía.

– Esto fue hace meses -dijo finalmente-. Compré un montón de estas tarjetas…, no lo sé…, creo que fue en abril. Entonces no te conocía.

– ¿Quiere explicarlo? -preguntó Barbara. Nkata abrió su cuidada libreta de notas con tapas de cuero.

– ¿Ocurre algo? -preguntó Gina.

Barbara no tenía intención de suministrar más información de la necesaria en ese momento, de modo que no dijo nada. Tampoco lo hizo Winston, excepto para musitar:

– ¿Y bien…, señor Jossie?

Gordon Jossie se movió inquieto en su silla. Su historia fue breve pero directa. Jemima Hastings era su ex amante; le había abandonado después de más de dos años de relación; él había intentado encontrarla. Había visto en el Mail on Sunday el anuncio de la exposición de retratos fotográficos por pura casualidad, y aquélla -señaló la tarjeta- era la foto que se había utilizado en el anuncio publicitario para esa exposición. De modo que decidió ir a Londres. En la galería nadie supo decirle dónde podía encontrar a la modelo y no tenía idea de cómo podía ponerse en contacto con la fotógrafa. De modo que había comprado las tarjetas -cuarenta, cincuenta, sesenta…, no lo recordaba, pero tuvieron que ir a buscar más en el almacén- y las había ido dejando en cabinas telefónicas, en los escaparates de las tiendas, en cualquier lugar donde pensó que la gente las vería. Había procedido en círculos cada vez más amplios alrededor de la galería hasta que se le acabaron las tarjetas. Y después esperó.

– ¿Hubo suerte? -preguntó Barbara.

– Nadie me llamó -le dijo a Gina-. Esto fue antes de conocerte. No tiene nada que ver con nosotros. Que yo supiera, que yo sepa, nadie las vio nunca, nadie la vio nunca, ni sumó dos más dos. Fue una pérdida de tiempo y de dinero. Pero sentía que al menos debía intentarlo.

– Encontrarla, quieres decir -soltó Gina con voz serena.

– Era por el tiempo que habíamos estado juntos. Más de dos años. Sólo quería saber. No significa nada. -Jossie se volvió hacia Barbara-. ¿Dónde las consiguió?

Barbara contestó a la pregunta de Jossie con otra.

– ¿Le importaría contarnos porqué le abandonó Jemima Hastings?

– No tengo ni puta idea. Un día decidió que se había terminado y se largó. Me lo dijo, y al día siguiente desapareció.

– ¿Así como así?

– Supongo que lo había estado planeando durante semanas. Al principio la llamé. Quería saber qué coño estaba pasando. ¿Quién no lo haría en mi situación? No me lo esperaba. Pero ella nunca contestó las llamadas y nunca las devolvió. Luego cambió el número del móvil o se compró otro, o lo que sea, porque la línea dejó de dar señal. Le pregunté a su hermano acerca de eso…

– ¿Su hermano?

Nkata alzó la vista de la libreta de notas. Jossie identificó al hermano de Jemima como Robbie Hastings. Nkata lo apuntó.

– Pero él dijo que no sabía nada acerca de lo que le pasaba a su hermana. Yo no le creí (nunca le caí bien y supongo que se alegró cuando Jemima terminó con nuestra relación), pero no pude sacarle ni un detalle. Finalmente arrojé la toalla. Y entonces -añadió, con una mirada a Gina Dickens que debía ser calificada de agradecimiento- conocí a Gina el mes pasado.

– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Jemima Hastings? -preguntó Barbara.

– La mañana del día que me dejó.

– ¿Y eso fue?

– El día después de Guy Fawkes. El año pasado. -Bebió un trago largo del líquido rosado y luego se secó los labios con el brazo-. ¿Y ahora me dirán de qué va todo esto?

– ¿Hizo algún viaje fuera de Hampshire la semana pasada?

– ¿Por qué?

– ¿Quiere contestar a la pregunta, por favor?

El rostro de Jossie se tiñó de rojo.

– Creo que no. ¿Qué coño está pasando aquí? ¿De dónde ha sacado la tarjeta? No he violado ninguna ley. Hay tarjetas en las cabinas telefónicas por todo Londres y son jodidamente más sugerentes que ésa.

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