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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—¿No te has preguntado alguna vez por qué siguen construyendo aquí? Algunas de las casas tienen centenares de años. Se producen erupciones con intervalos de pocos siglos. Pero ellos siempre regresan. Por eso, lo que estamos haciendo Alex, puedo ver la ola de la marea. A cada segundo que pasa es mayor. No sé si llegará a esta altura o no, pero de todos modos agárrate fuerte para resistir la onda expansiva del aire.

—Primero habrá un temblor de tierra. Supongo que éste es el fin de la civilización griega.

—Supongo que sí. Y una nueva leyenda de la Atlántida, si alguien vive para contarlo El telón aún se está alzando.

Al oeste hay estelas del núcleo, al este la sombra negra de la Tierra, meteoros por todas partes... —La voz de MacDonald se extinguió.

—¿Qué sucede?

—Cerré los ojos, pero ¡fue al noreste! ¡Y enorme!

—Greg, ¿quién llamó a esto el monte del profeta Elias? Es condenadamente apropiado.

El suelo tembló, la onda avanzó desde las entrañas de Thera, a través del canal magmático que el lecho marino había cubierto treinta y cinco siglos antes. Willis notó que la roca se retorcía entre sus brazos. Entonces Thera estalló. Una onda expansiva de vapor ardiente mezclado con lava arrebató a Willis y le mató al instante. Segundos más tarde el maremoto avanzó a través de la herida anaranjada.

Nadie viviría para contar la segunda explosión de Thera.

Mabel Hawker barajó sus cartas y sonrió para sus adentros. Veinte puntos. Tenía una buena mano. Su compañera, lamentablemente, no la tenía. Por la manera como Bea Anderson apostaba, habría en juego un centenar de dólares cuando el aparato aterrizara en el aeropuerto Kennedy.

El Boeing 747 sobrevolaba Nueva Jersey en su descenso hacia Nueva York. Mabel, Chet y los Anderson estaban sentados a una mesa en el departamento de primera clase, demasiado alejados de las ventanillas para ver algo. Mabel sentía que el juego de bridge le impidiera ver Nueva York, desde el aire. Nunca lo había visto, pero no quería que los Anderson lo supieran.

Los resplandores externos volvieron a iluminar las ventanillas.

—Tú apuestas, May —dijo Chet.

Los pasajeros que ocupaban los asientos junto a las ventanillas estiraban el cuello para ver mejor. Las voces se entremezclaban en el compartimiento, y Mabel notaba el miedo que se agazapa en la mente de todo pasajero.

—Lo siendo —dijo—. Dos diamantes.

—Cuatro corazones —dijo Bea Anderson, y Mabel dio un respingo.

Se oyó el suave sonido de un timbre y se encendió el letrero: «Abróchense los cinturones».

—Soy el comandante Ferrar —dijo una voz amistosa—. No sabemos qué ha sido ese resplandor, pero les pedimos que se abrochen los cinturones por si acaso. Sea lo que fuere, lo hemos dejado muy atrás.

La voz del piloto era muy tranquila y reconfortante. ¿Habría hecho Bea una declaración más alta de lo necesario? Oh, Dios, ¿sabía acaso lo que significaba una apertura con dos diamantes? Ahora tendría que jugar al alza...

Se produjo un ruido, como si algo muy grande fuera partido en dos lentamente. De repente el avión empezó a avanzar con dificultades, agitándose.

Mabel había leído que los viajeros experimentados mantenían sus cinturones abrochados holgadamente durante todo el viaje, y ella lo había hecho. Pero ahora se desabrochó el cinturón, dejó las cartas de cara abajo y se precipitó hacia un par de asientos vacíos junto a una ventanilla.

—Madre, ¿por qué haces eso? —le preguntó Chet. Mabel hizo una mueca. Le disgustaba que le llamaran «madre». Era una expresión de palurdo. Se tendió sobre los asientos y miró afuera.

El gran aparato cabeceó, mientras los pilotos trataban de compensar un súbito viento de cola que se movía casi a la misma velocidad que el avión. Las alas perdieron su capacidad de sustentación. El Boeing 747 cayó como una hoja, derrapando, bamboleándose, mientras los pilotos luchaban por dominarlo.

Mabel vio la ciudad de Nueva York a lo lejos. Allí estaba el Empire State Building, la estatua de la Libertad, el World Trade Center, tal como ella los había imaginado, pero emergiendo en un paisaje con una inclinación de cuarenta y cinco grados. En algún lugar su hija estaría en camino hacia el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy para recibir a sus padres y presentarles al muchacho con el que iba a casarse... Los alerones se deslizaban en el borde posterior del ala. El avión se bamboleó y vibró, y las cartas de Mabel volaron como mariposas asustadas. Sintió que el avión se alzaba, saliendo del picado.

Muy por encima corrían negras nubes como una cortina a través del cielo, más rápidas que el avión, centelleando con relámpagos a medida que se movían. Rayos por todas partes. Uno de ellos cayó sobre la estatua de la Libertad y fue absorbido por la antorcha que sostenía en su brazo la gran dama. Entonces, un rayo alcanzó al avión.

Pasado Ocean Boulevard había un risco, a cuyo pie se extendía la autopista costera del Pacífico. Más allá estaba el mar. En el borde del risco, un hombre con barba contemplaba el horizonte. Su expresión era de inefable felicidad.

La luz había brillado sólo uno o dos segundos, pero fue cegadora. Dejó en el campo visual del hombre barbudo la imagen de un globo azul. Un resplandor rojizo... extraños efectos luminosos que trazaban una columna vertical... Se volvió con una sonrisa de felicidad.

—¡Rezad! —gritó—. ¡El Día del Juicio ha llegado!

Una docena de transeúntes se detuvieron para mirarle. La mayoría no le hicieron caso, aunque su figura era impresionante, con los ojos brillantes y la espesa barba negra con dos mechones de un blanco níveo en la barbilla. Pero uno de los transeúntes se dirigió a él.

—Si no bajas de ahí será tu Día del Juicio. Va a producir. se un terremoto.

El hombre barbudo apartó la vista. El que le había interpelado, un negro muy bien vestido, le habló de nuevo en un tono más apremiante.

—Si estás en el risco cuando se venga abajo, te perderás la mayor parte del Día del Juicio. ¡Vamos, baja de ahí!

El de la barba hizo un gesto de asentimiento y bajó para unirse al otro en la acera.

—Gracias, hermano.

La tierra tembló y gruñó. El hombre barbudo. Vio que el transeúnte del traje marrón se arrodillaba y le imitó. La tierra se agitó y se desprendieron algunas piedras del risco. Habrían aplastado al hombre barbudo si éste hubiese permanecido donde estaba.

—Porque El viene —gritó el hombre barbudo—. Porque El viene para juzgar a la Tierra...

El otro se unió al salmo:

—...y con justicia para juzgar al mundo y a los pueblos con Su verdad.

Otros transeúntes se unieron a ellos. La tierra en movimiento se combó y onduló.

—Gloria al Padre y al...

Una intensa y repentina sacudida los arrojó al suelo. Volvieron a ponerse de rodillas. Cuando se detuvo el temblor del suelo, algunos de los que se habían unido al grupo echaron a correr, en busca de coches para huir tierra adentro...

—Oh, Cielos, glorificad al Señor —gritó el hombre barbudo. Los que se habían quedado se unieron al cántico. Las respuestas eran fáciles de aprender, y el hombre de la barba sabía todos los versículos.

En las aguas del océano se veían practicantes de surf. Habían flotado mientras duraron las violentas sacudidas. Ahora eran invisibles bajo una densa cortina de lluvia salada. Muchos de los que se habían unido al grupo del hombre barbudo huyeron y desaparecieron bajo aquella lluvia, pero él siguió orando, y se unieron a él otras personas que salieron de las casas vecinas.

—Oh, mares y corrientes, alabad al Señor, elogiadle y glorificadle para siempre.

La lluvia era torrencial, pero delante del hombre de la barba y su rebaño, una rara combinación de vientos despejaba un espacio que permitía ver el risco y la playa desierta. Las aguas retrocedían, espumeantes, dejando sobre las arenas mojadas por la lluvia pequeños objetos flotantes.

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