El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– Fue entremedio -dijo, acordándose de pronto-. Luego volvió después de Año Nuevo. ¿Por qué? ¿No me lo puede decir? No pensará que lo hizo él, ¿verdad?
– ¿Qué opinas tú?
– ¡Ni hablar! -Ladeó otra vez la cabeza-. ¿Fue él? ¿En serio?
– ¿Cuándo le viste por última vez?
– No sé. La última fue un par de semanas antes de lo de esos tipos de Water Lane. Después esto se llenó de guindillas, mal asunto para el negocio.
Monk sacó el retrato de Leighton Duff.
– ¿Has visto alguna vez a este hombre?
Lo estudió.
– No.
– ¿Estás segura?
– Sí. No lo he visto nunca. ¿Quién es? ¿Es el tipo que mataron a palos?
– Sí.
– Bueno, yo vi a Rhys, si es que se llama así, con otros caballeros, pero este vejete no es ninguno de ellos. Eran jóvenes, como él. Uno era muy guapo. Se hacía llamar «Rey», o «Príncipe» o algo por el estilo. El otro se llamaba Arthur.
– ¿Duke, quizá? -Monk notaba el pulso latiéndole como un martillo. Ya estaba, allí estaban los tres, juntos y para colmo con nombre.
– Sí… ¡Eso, es! ¿Era un duque de verdad?
– No. ¡Es el diminutivo de Marmaduke!
– Oh… ¡Qué pena! Me gustaba pensar que había estado con un duque. En fin, qué le vamos a hacer, ¿verdad? A fin de cuentas, todos son iguales con el calzón quitado.
Rió la mar de divertida por lo absurdo de su pretensión.
– ¿Y todos te pagaron? -insistió una vez más.
– No…, ese Duke era malo con ganas. Si me pongo farruca, seguro que me atiza, así que lo dejé correr. Cogí lo que pude.
– ¿Te pegó?
– Qué va. Sé muy bien cuándo puedo insistir y cuándo no.
– ¿Lo viste la noche del asesinato?
– No.
– ¿A ninguno de ellos?
– No.
– Entendido. Gracias.
Sacó un chelín del bolsillo, que era cuánto le quedaba suelto, y se lo dio.
Siguió con sus pesquisas. Según pudo constatar, había corrido el rumor de a quién buscaba y por qué. Por una vez encontró cooperación con menos obstáculos. En un par de ocasiones incluso se la ofrecieron voluntariamente. Quería un poco más de información, a ser posible. ¿Habían asaltado a alguien aquella noche? ¿Leighton Duff los había sorprendido antes o después del asalto? ¿Acaso había modo de negarlo?
De haber estado exultantes, ebrios por la excitación de su mezquino triunfo, despeinados, quizá manchados de sangre, no tendría que buscar nada más. En cuanto Evan supiera dónde dirigirse, a quién preguntar, y tuviera todo el peso de la ley tras él y un asesinato, no sólo una serie de violaciones que las mujeres de la alta sociedad preferían olvidar, entonces un hombre que pertenecía a la flor y nata de los suyos se vería acorralado y sería entregado a los tribunales con pruebas más que suficientes.
Necesitó otra jornada completa, pero finalmente dio con ella, una mujer cuarentona que conservaba su belleza a pesar de su aspecto cansado y de una tos pertinaz. Tenía la mandíbula rota y cojeaba de mala manera. Estaba llena de magulladuras. Sí, la habían violado, pero le habían faltado fuerzas para defenderse y eso, por sí mismo, pareció enfurecerlos más. Tuvo suerte. Alguien le detuvo.
– ¡No se lo diga a nadie! -suplicó-. ¡Me quedaría sin trabajo!
Deseó poder prometérselo. Dijo lo que buenamente pudo.
– Poco después de estar con usted, cometieron un asesinato -dijo Monk, con gravedad-. No será preciso que diga que la violaron. Puede jurar que iba tranquilamente por la calle y que se le echaron encima… Con eso bastará.
– ¿En serio? -preguntó con recelo.
– Sí -contestó Monk con firmeza-. ¿Dónde pasó?
– En una bocacalle de Water Lane -dijo, muy pálida, con la voz ronca.
– Gracias. Con esto bastará… Se lo prometo.
Era más que suficiente. Tenía que comunicárselo a Evan. No podía ocultarlo por más tiempo. Eran pruebas sustanciales del asesinato de Leighton Duff. Si Rhys y sus amigos se habían estado sirviendo de prostitutas en St Giles, lo cual era ya incontestable, y con el tiempo la violencia de sus actos había ido en aumento, parecía harto probable que Leighton Duff lo hubiese averiguado y que les siguiera, yendo a St Giles una sola vez. Esto último lo confirmaba el que Monk se hubiese visto incapaz de encontrar a nadie que lo reconociera. Aquél era motivo sobrado para la pelea que vino a continuación, un enfrentamiento que había ido tan lejos que sólo podía terminar con la muerte de la única persona que sabía lo que realmente habían hecho: su padre. Quedaba por demostrar si Arthur y Marmaduke Kynaston habían estado presentes y, en caso de que así fuera, qué papel habían jugado en los hechos.
Fuera como fuese, Monk debía informar a Evan.
Antes se lo contaría a Hester. No estaría bien que se enterara cuando Evan fuese a arrestar a Rhys. Aborrecía tener que contárselo pero peor sería eludirlo. Tal como había dicho el hombre que le había dado el nombre de Fanny, ni siquiera sus peores enemigos lo acusaban de cobardía.
Era tarde cuando llegó a Ebury Street. Una luna pálida brillaba en un cielo que anunciaba helada y hacia el oeste las nubes oscurecían su luz y prometían más nieve.
El mayordomo abrió la puerta y dijo que iba a preguntar si miss Latterly estaba en condiciones de recibirlo. Diez minutos después se encontraba en la biblioteca, junto a un tímido fuego, cuando Hester entró. Se la veía asustada. Cerró la puerta mirándole de hito en hito, escrutadora.
– ¿Qué ha pasado? -le preguntó sin más preámbulos-. ¿Qué has descubierto?
Parecía tan furibunda y vulnerable que ansió protegerla de la realidad, pero no había manera. Podía mentir, pero eso abriría un abismo entre ellos y además, en cuestión de horas, un día o dos a lo sumo, terminaría enterándose. Estaría allí y lo vería todo. La impresión, la sensación de traición, serían aún peores.
– He encontrado a alguien que vio a Rhys con Arthur y Duke Kynaston en St Giles -dijo en voz baja. Percibió el pesar de su propia voz. Sonaba áspera, como si le doliera la garganta-. Lo siento. Tengo que contárselo a Evan.
Hester, muy pálida, tragó saliva.
– ¡Eso no demuestra nada!
Se resistía en balde y ambos lo sabían.
– ¡No empieces, Hester! -le rogó Monk-. Rhys estuvo allí con sus dos amigos. Los tres encajan a la perfección con las descripciones. Si Leighton Duff sabía o sospechaba algo y siguió a Rhys para discutir con él, para tratar de evitar que volviera a hacerlo, había motivos de sobra para matarle. Incluso cabe la posibilidad de que los encontrara justo después de que atacaran a una mujer esa noche. De ser así, estaban perdidos.
– Pudo hacerlo Duke o… Arthur… -Sus palabras perdieron fuerza. No había convicción en ellas, como tampoco en su mirada.
– ¿Están heridos? -preguntó Monk con cuidado, aunque por su expresión adivinaba la respuesta.
Negó con la cabeza casi de manera imperceptible. No sabía qué decir. Le miraba fijamente. Los hechos se cerraban como una malla metálica, implacables, ineludibles. Su mente buscaba sin éxito una salida; Monk lo apreciaba con total claridad. Pero no abrigaba ninguna esperanza real y poco a poco su determinación fue menguando.
– Lo siento -dijo Monk, con ternura. Pensó en añadir lo mucho que hubiese preferido que las cosas no fuesen así, cuánto había bregado para dar con otra solución, pero eso ella ya lo sabía. Entre ellos, tales explicaciones estaban de más. Comprendían el pesar y la realidad demasiado bien, el sordo dolor de saber cosas a las que había que hacer frente, la familiaridad con la compasión.
– ¿Ya se lo has contado a Evan? -preguntó, cuando fue capaz de dominar la tensión de su voz, o casi.
– No. Pienso hacerlo mañana.
– Entiendo.
Monk no se movió. No sabía qué decir y, sin embargo, deseaba decir algo. Quería quedarse con ella, al menos para compartir el mal trago, pese a que no pudiera aliviarlo. A veces, lo único que podía hacerse era compartir.