Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
Spalding se rió, pero en seguida frunció las cejas y reflexionó. Había dejado el librito de Mark Twain sobre la mesa y medía la habitación con sus pasos.
¿En qué consistía la comicidad en aquel caso?
Abrió el libro de Enri Bergson, Le rise,
«Resulta cómica la obtusidad de la máquina en contraste con la movilidad, la atención, la ductilidad del hombre. El hombre que actúa como un autómata inanimado, constituye uno de los secretos de lo cómico. Un hombre corre por la calle, tropieza, se cae; los peatones se ríen. Otro se ocupa de sus quehaceres cotidianos con una regularidad mecánica, cuando, de pronto, un bromista le revuelve todos los objetos que le rodean; el hombre moja la pluma en el tintero y no saca más que porquería, cree que va a sentarse en una silla resistente y, sin embargo, se cae al suelo… "
— ¡Exacto! — se maravilló Spalding—. ¡Es la misma técnica que emplean todas las películas americanas! Tendré que comprobar su eficacia con individuos aislados. A propósito, aquí hay una silla con una pata rota…
La señora Adams se había acercado a la puerta y observaba con curiosidad a Spalding a través del ojo de la cerradura, mientras éste hacía horribles muecas frente al espejo. Dejó de atender al espejo cuando oyó llamar a la puerta. ¿Quién podría ser? Naturalmente, la señora Adams que vendría a preguntarle si necesitaba alguna cosa. Haría un experimento con ella…
— ¡Adelante!
La señora Adams abrió la puerta. Spalding dio unos pasos hacia ella, pero a mitad de camino sus piernas se cruzaron y cayó al suelo cuan largo era. Pero la señora Adams no se rió. Lanzando un grito histérico, se precipitó hacia el caído.
— ¿Se ha hecho daño? ¿Qué tiene? ¡Dios mío, qué susto me he llevado!
— Nada, nada, una caída tonta. Siéntese en la butaca, se lo ruego. Yo también me sentaré… La cabeza aún me da vueltas.
Spalding se sentó sobre la silla rota y, bizcando los ojos como un loco, cayó otra vez con gran estrépito. La señora Adams, ahora muy asustada, se agitó:
— ¡Está enfermo, mister Spalding! Es evidente. Hasta su cara ha cambiado, está terriblemente descompuesto, inmóvil; ¡Sólo las personas muy enfermas tienen un aspecto semejante!
Ay, la mueca que había creído cómica, provocaba el miedo, no las risas. Al marcharse la dueña de la casa, Spalding se volcó sobre los libros. ¿Cuál era la causa del fracaso? Creyó comprender la razón: para poder reír, es necesario permanecer insensibles hacia el objeto del ridículo. Pero la señora Adams no era insensible hacia Spalding… ¿Es posible hacer reír a una mujer enamorada de uno? Sí, debería serlo, pero habría que encontrar el secreto…
Paso a paso, Spalding resolvía el misterio. Muy pronto se convirtió en el centro de todas las reuniones en la galería, donde había vuelto a dejarse ver. Las carcajadas no faltaban nunca a su alrededor.
— No sabíamos que fuese tan alegre — decían los pensionistas.
La gente alegre es apreciada, y Spalding sentía aumentar las simpatías a su alrededor. Poco a poco se planteó problemas más difíciles: hacer reír a personas melancólicas, enfermas, descompuestas y afligidas. Sufría algún fracaso, pero lograba corregirse con creciente habilidad e incluso tuvo algún éxito decisivo. En la pensión Adams había aparecido un nuevo cliente, el oficial retirado Ballantyne, hombre de carácter muy cerrado y de vida particular desafortunada. Se decía que aquel último año había perdido la mitad de sus haberes y la pierna izquierda; la mujer, no soportando más su sempiterno mal genio, decidió abandonarle. Además sufría del hígado y se caracterizaba por una irritabilidad fuera de lo común. Nadie le había visto sonreír jamás. Spalding se impuso la obligación de reír a aquel hombre. Todos estaban al corriente de su propósito, excepto el propio Ballantyne. Se apostaban incluso fuertes sumas. Ahora, Spalding estaba a punto ya de darse a conocer como bufón profesional.
Fingiendo que no advertía la presencia del viejo gruñón, empezó a exhibir su mejor repertorio. Ballantyne se sentaba en un sofá, teniendo abrazada la rodilla de su única pierna, y miraba a Spalding con sus ojos negros y furibundos. A su alrededor todos se desternillaban, pero ni siquiera un músculo se movía en el rostro del militar. Los que habían apostado por Spalding empezaban a murmurar entre sí; tal vez; Ballantyne fuera sordo, como el tío que no se reía nunca en el cuento de Mark Twain…
Pero, de improviso, Ballantyne estalló. La explosión de su carcajada fue como la salva de un cañón; a causa del retroceso experimentado por todo su cuerpo, fue a dar con la nuca contra la pared con tanta violencia que perdió el conocimiento durante algunos instantes. Le aplicaron trocitos de hielo y le dieron a oler sales.
El triunfo de Spalding era completo.
La galería de la pensión Adams se Rabia quedado ahora demasiado pequeña para sus experimentos. Decidió exhibirse como gagman en un music-hall. Tenía ya una sólida preparación teórica, como pocos artistas podían presumir, habiendo recogido una abundante documentación de chistes y de anécdotas de todos los tiempos y de todos los países. No es de extrañar que obtuviera de inmediato un éxito fulminante, ni que al éxito siguieran los beneficios. Spalding pudo saldar generosamente su cuenta con la señora Adams y, con gran pesar por parte de ella, se trasladó a un nuevo apartamento en el centro de la ciudad.
Seguro en sus nociones teóricas y prácticas, decidió ofrecerse a Bekford. Gozaba de una cierta notoriedady le fue fácil hacerse recibir, hablar con él y ser contratado en calidad de «asesor científico».
Se puso a trabajar intensamente. Tomó contacto con el catálogo de los chistes del mundo, de los discos, de la cinemateca. La empresa de Bekford presuponía una venta en masa, por lo que Spalding empezó a estudiaral americano medio, sus gustos, su idiosincrasia. Había que averiguar por qué los programas de Bekford, queantes batían todos los récords, no provocaban ya las mismas carcajadas, así como la manera de mejorarlos.Del estudio de la masa de los «americanos medios», Spalding pasó al de los individuos aislados, de los representantes típicos de las distintas clases, de los varios grupos de la población. Hacer reír al parado, al operario, al funcionario, sobre el que pesaba el terror hacia el esempleo, al propietario de viviendas huérfanas de inquilinos, al tendero sin clientes, al empresario de un teatro vacío… Hacer reír al lisiado hambriento, al recluso, al hipocondríaco… Hacer reír al hombre oprimido por las preocupaciones, presa de la inquietud y de la angustia. Hacerles alegres significaba hacer reír al americano medio, sano por naturaleza, propenso al optimismo y al humour.
Con un obstinado trabajo, Spalding logró resolver el problema.
Era el momento de ampliar el campo del negocio. También en esta faceta Spalding demostró una rara habilidad. Aumentó el número de los clientes, renovó el surtido de la mercancía, inventó estilos nuevos y nuevas líneas de producción. Folletos de propaganda con «muestras» incluidas se distribuyeron entre actores cinematográficos y teatrales, dramaturgos, escritores, periodistas, abogados, conferenciantes, payasos de circos ecuestres, médicos, alguaciles, pedagogos, profesores, peluqueros, incluso párrocos de iglesias de distintas confesiones.
«La risa, como método de curación», y se aducían ejemplos y autorizadas opiniones de especialistas. «El peluquero alegre atrae la clientela», y se contaba la historia del señor Hopkins, barbero enriquecido por haber utilizado los servicios de la empresa Bekford. «Un cliente del señor Bekford, el señor G, fascina con sus bromas alegres a la señorita H., rica y espléndida muchacha, y se casa con ella.» «El teatro donde resuenan incesantes las carcajadas, nunca tiene butacas vacías. Ejemplos persuasivos.»
La propaganda era eficaz, la demanda aumentaba. Ante la sorpresa del propio Spalding, reclutó como clientes a predicadores religiosos, que conseguían — quién sabe cómo— combinar la pecaminosa risa terrenal con la prosopopeya celestial.