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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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«Es sabido que la intensificación del proceso del pensamiento aumenta los campos electromagnéticos que se forman en alguna parte del cerebro, El hecho de que seamos capaces de constatarlo demuestra que el proceso del pensamiento actúa sobre la materia. Aunque no directamente. Si hago un cálculo integral, el campo del cerebro se hace más intenso, la aguja del aparato que capta y mide este campo, se desplaza. ¿No es acaso un sicomotor? El campo electromagnético es el músculo del cerebro.

«La capacidad de calcular se manifiesta al punto extraordinariamente. Cómo, no sabría decirlo. Cálculo, eso es todo. 1919x237 = 424.703. He hecho este cálculo mentalmente en el tiempo de cuatro segundos exactos, controlados con el cronómetro. Todo esto es hermoso, pero no tiene nada que ver con el nudo de la cuestión. El campo electromagnético sufre un incremento, ¿qué sucede con los otros si existen? El músculo se ha desarrollado. ¿Pero cómo se dirige?

«Actúo. Espiral de wolframio. Peso 4,732 gramos. Pende de un hilo de nylon en el vacío. Con sólo mirarla, se ha desplazado de su posición inicial casi con un ángulo de quince grados, tal vez un poco más. Ya es algo. El régimen del generador…

— He hablado con Gorcinski — dijo el director después de terminar la lectura de una serie de números—. Esta noche. Ha visto la campana de vacío con la espiral colgada. Después de aquella noche el aparato desapareció. Komlin lo había desmontado, probablemente.

«El campo sicodinámico — el músculo del cerebro— trabaja. No sé cómo lo consigue. Y no tiene nada de extraño que no lo sepa. ¿Qué hay que hacer para que el brazo se doble? Nadie es capaz de contestar a esta pregunta. Para doblar el brazo yo doblo e! brazo. Eso es todo. El bíceps es un músculo muy obediente. El músculo debe estar adiestrado. Hace falta enseñar al músculo del cerebro a contraerse, ¿Pero cómo? Este es el problema.

«Es interesante… No puedo levantar nada. Sólo desplazarlo. Y no según mi voluntad. La cerilla y el papel sólo hacia la derecha. El metal… sólo hacia mí. Se consigue mejor con cerillas. ¿Por qué?

«El campo sicodinámico actúa a través de la campana de cristal, pero no a través del papel de periódico. Para actuar sobre un objeto, necesito verlo. El aire, por lo que puedo entender, adquiere un movimiento turbulento en el punto de aplicación del campo. Apago la vela. En el interior del «neutrínico», a mi entender, la distancia no cuenta.

«Estoy convencido de que las posibilidades del cerebro son inagotables. Únicamente se precisan un adiestramiento y una determinada activación. Llegará un tiempo en el que el hombre realizará cálculos mentales mejor que cualquier máquina, podrá leer y asimilar una biblioteca completa en pocos minutos…

«Pero cansa terriblemente. La cabeza me estalla. Debo trabajar tal vez bajo una radiación continua y al final estoy completamente cubierto de sudor. No quisiera haberme agotado demasiado. Hoy trabajo con las cerillas.

Las anotaciones de Komlin terminaban aquí.

El inspector estaba sentado con los ojos semicerra-dos y pensaba que quizá la idea de Komlin estaba destinada a dar una abundante cosecha. Pero esto pertenecía al porvenir, y mientras tanto Komlin estaba en el hospital. El inspector abrió los ojos del todo y su mirada cayó sobre el papel milimetrado. «Con estos animales, monos y perros, no se logra saber nada. Hay que actuar por sí mismo», leyó. ¿Tendría razón Komlin?

«No. Komlin se había equivocado. Y por partida doble — se dijo el inspector—. No debió salir al encuentro de un peligro semejante, al menos solo. Aun cuando no le puedan ayudar ni las máquinas ni los animales (el inspector volvió a mirar el trozo de papel milimetrado), el hombre no tiene derecho a jugar con la muerte. Y Komlin hizo exactamente eso. Y tú, querido profesor Leman, no seguirás como director de este instituto, porque no lo entiendes y pareces entusiasta de Komlin. ¡No, compañero! No le permitiremos que se arroje al fuego. En nuestros tiempos, vosotros, vuestras vidas, nos son más queridas que los descubrimientos más grandiosos.»

En voz alta el inspector dijo:

— Considero que ahora ya se puede redactar el informe con los resultados de la encuesta. La causa de la desgracia está clara.

— Sí, está clara — repitió el director—. Komlin hizo un esfuerzo demasiado grande para levantar seis cerillas.

El inspector estaba acompañado por Leman. Los dos salieron a la plaza y se dirigieron sin prisa hacia el helicóptero. El director parecía distraído y en ningún momento conseguía adaptarse al modo de caminar lento y cojeante del inspector. A los dos pasos del aparato fueron alcanzados por Gorcinski, tétrico y con los pelos despeinados. El inspector había ya estrechado la mano del director y estaba subiendo a la cabina, lo que le resultaba difícil.

— Duelen las viejas heridas — murmuró.

— Andrés Andreevic esta mucho mejor — anunció Gorcinski de pronto en voz baja.

— Ya lo sé — dijo el inspector, sentándose finalmente con un carraspeo satisfecho.

El piloto llegó corriendo para ocupar su puesto.

— ¿Escribirá el informe? — Preguntó Gorcinski.

— Sí, lo escribiré —contestó el inspector.

— Bien… — Gorcinski, moviendo sus bigotes, miró al inspector fijamente en los ojos y, de pronto, preguntó con una voz aguda por el temor:

— Dígame, por favor, ¿no es usted aquel Ribnikov que en el sesenta y ocho en Kustanai, por propia iniciativa, y sin esperar la llegada de los dispositivos automáticos, descargó ciertas cosas?

— ¡Alejandro Borisovic! — le reprendió bruscamente el director.

— ¿Y que fue entonces cuando le pasó algo en la pierna…?

— ¡Basta, Gorcinski!

El inspector no contestó. Cerró con fuerza la portezuela de la cabina, y se apoyó en el respaldo del blando asiento.

El director y Gorcinski permanecieron de pie en la plaza y, con la cabeza alta, vieron pasar al gran escarabajo, con un tenue murmullo, sobre la masa rojo pálido de los diecisiete pisos del edificio del instituto, para desaparecer después en el cielo turquesa del crepúsculo.

Aleksandr Beljaev

Mister Risus

Spalding recordaba la felicidad, así se lo pareció entonces, que experimentó al acatar sus estudios en la politécnica, cuando guardó en un cajón el diploma de licenciatura. Era ingeniero mecánico, y ante él se abría el mundo entero. Para él brillaba el sol, para él sonreían las chicas, para él las tiendas ostentaban suntuosas vitrinas, para él sonaba una música alegre en los salones elegantes, para él rodaban sobre el asfalto los brillantes automóviles.

Todo aquello no se hallaba aún a su alcance. Pero tal vez el día de mañana tomaría del brazo a una muchachita de ojos cerúleos y boca de púrpura, la haría sentar junto a él en un lujoso automóvil y la llevaría al mejor restaurante de la ciudad. Ese mañana, por supuesto, no debía ser interpretado al pie de la letra. Antes tenía que encontrar un empleo, trabajar como ingeniero para algún industrial, ahorrar dinero y luego montar un negocio propio. Entonces todo iría sobre ruedas.

Encontrar un empleo… No, no era cosa fácil. Spalding lo sabía muy bien. Pero crisis y desempleo no eran palabras que le diesen miedo. ¿Acaso la politécnica se había honrado con otros estudiantes de estatura alta como la de Spalding, de musculatura comparable a la suya? ¿Acaso no era él quien vencía en cada competición deportiva? ¡Y qué cerebro! Había terminado los estudios entre los primeros, incluso hubiera sido el primero absoluto, de no tener tanta afición a los deportes.

Y lo que era más importante, nadie tenía una voluntad tan férrea, una mayor codicia y un mayor deseo de dominar, una sed tan ávida de riquezas, un más homérico apetito de todos los placeres de la vida y una tenacidad tan fanática para perseguir sus propios fines.

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