Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
Spalding se había lanzado de cabeza a la refriega, corno un joven lobo famélico, poniendo en actividad la voluntad, la sed, los dientes y las uñas. Pero muy pronto comprobó que todo eso no bastaba. Las uñas únicamente le sirvieron un día para arrancar, en un acceso de ira, el aviso colgado en la puerta de una fábrica: «No se acepta mano de obra». Con los dientes mordisqueaba, rabioso, una caña de bambú, mientras escuchaba la enésima negativa. En la mayoría de los casos no conseguía hacerse recibir por el secretario, aún menos por el director. Sólo le quedaba el recurso de telefonear desde la antesala. Una vez había intentado arrancar violentamente el cordón del teléfono, pero había sido ignominiosamente expulsado de la oficina del secretario particular de un magnate de la industria mecánica.
Vivía de expedientes, con frecuencia no comía lo necesario y se irritaba cada vez más. Pensaba con maligna alegría que no tendría piedad de los desgraciados, cuando, a pesar de los obstáculos, hubiese alcanzado la cima del bienestar. Y se decía a sí mismo que, dado que las vías normales eran tan difíciles, era necesario encontrar otras nuevas, inusitadas, más rápidas.
¡Vías nuevas! Pero, ¿dónde encontrarlas? Spalding era todo oídos cuando escuchaba la descripción de algún sistema rápido y desconocido para acumular riquezas. Una vez, en un vagón del metro, oyó hablar del éxito de un escritor humorístico, que había conseguido un patrimonio colosal con un solo libro; también Spalding lo había leído y se rió con toda su alma. Pero no poseía dotes de escritor. Algunos días más tarde, leyendo, supo de uno que había ganado millones con una patente de crecepelo; el método secreto incrementaba realmente — increíble pero verdad— el crecimiento del cabello. Pero un invento de esa clase no era un negocio rápido, mucho menos fácil. Otro periódico hablaba de las ganancias fabulosas del famoso actor cómico Presto. Desgraciadamente, Spalding no tenía ningún talento artístico.
Cansado, irritado, con su pesada mochila de aburrimientos y humillaciones acumulados a lo largo de la jornada, Spalding había regresado tarde a casa. Medía con sus pasos la estrecha habitación, que daba al patio, y escuchaba, al otro lado de la pared, cómo alguien tocaba tristes melodías con un extraño instrumento. Los sonidos recordaban unas veces la flauta, otras el violín, otras una voz de contralto y le enervaban. No conseguía reconocer el timbre, fijar la melodía siempre cambiante, a veces dulce y fascinante, a veces áspera y absurda. No sabía habituarse — tampoco lo había legrado la tarde anterior— a los pasajes repentinos con sonidos musicales parecidos a ráfagas de ametralladora que, por otra parte, cesaron muy pronto. Además no podía imaginar quién sería el intérprete: un principiante no habría sabido tocar de una forma tan notable piezas de una técnica tan compleja, ni un artista maduro habría podido abandonarse a aquellas fantasías musicales, de forma y contenido tan extraños.
Desde algunos días antes aquella música intrigaba y preocupaba a Spalding. Pensó en hablar con la patrona de la casa, que ocupaba la habitación contigua a la suya. Aquella tarde inmediatamente después del melódico canto de un violín, se escuchó al otro lado de la pared una infernal estridencia metálica, silbidos, chirridos, Spalding golpeó la pared con furia. El ruido cesó.
Alguien llamó a la puerta.
— ¡Adelante!
En el umbral de la puerta semiabierta apareció la dueña de la pensión, alta, rubicunda, cuarentona. Sin entrar, dijo:
— Perdone, mister Spalding. ¿Le molesta su vecina con esa música horrible? Le diré que no toque después de las ocho de la noche.
— Muchas gracias, mistress Adams — contestó él—. Esa música, en efecto, me estorba bastante, pero no quisiera perjudicar a mi vecina en el caso de que esos sonidos fuesen para ella una fuente de ingresos y no un pasatiempo. Puedo volver a casa más tarde…
— ¡Oh, no! Hablaré en seguida con miss Bulwear. Es imperdonablemente joven…, quiero decir, que es una excéntrica imperdonable, pues es tan joven… ¡Una inventora! — continuó mistress Adams, no sin cierto aire de desprecio.
Spalding se sintió repentinamente interesado.
— ¿Una excéntrica? ¿Una inventora? ¿Y qué inventa? Pero, entre usted, mistress Adams…
Pero la educación de mistress Adams le prohibía entrar en la habitación de un soltero solitario y permaneció en el umbral.
— Gracias, pero tengo prisa — contestó—, No quiero decir nada malo de miss Bulwear, pero todos los inventores están un poco sonados… — y la Adams hizo girar el dedo regordete y anillado, apuntándolo sobre la frente—. Dice que está inventando una melodía que hará llorar al mundo entero: al niño de pecho, al viejo centenario, a la esposa feliz, al joven despreocupado, y hasta a los perros y los gatos. Dice que entonces será «la reina de las lágrimas»… son palabras suyas, yo no añado nada…
Alguien llamó a mistress Adams. Tras excusarse y obsequiar con una sonrisa de adiós a Spalding, se marchó.
En el segundo piso había una ancha galería de cristales, que daba sobre un jardincito de árboles tristes y dos senderos. Hacía las veces de club para los pensionistas de mistress Adams. Había algunas mesitas, muebles de mimbre, palmeras artificiales en los rincones, jarros con ñores en el alféizar y una jaula con un loro verde, adorado por la patrona de la casa. Por la noche allí se jugaba al ajedrez o al dominó, se bailaba al son del gramófono, se leían los periódicos y a veces se tomaba el té o se hacía algo de calceta.
Hasta entonces. Spalding nunca había frecuentado aquel club, donde sólo habría encontrado empleadillos, artesanos, comerciantes al por menor, viajantes ocasionales, agentes de ventas de medicamentos patentados, escritores noveles, estudiantes; la casa era grande y los huéspedes variaban a menudo. Pero Spalding empezó a frecuentarlo y allí conoció a miss Bulwear. Antes de acercarse a ella, la estudió durante algunos días. Le pareció que la descripción hecha por mistress Adarns no se ajustaba a la realidad: la muchacha no parecía una excéntrica, ni siquiera una inventora chiflada. Era sencilla, serena. Los rasgos de su cara eran regulares y agradables.
— ¿Se ha proclamado ya reina de las lágrimas? — le preguntó una noche Spalding. La muchacha sonrió.
— Desearía serlo. Y no sólo reina de las lágrimas, sino reina de la alegría, reina del estado de ánimo, si usted quiere.
— Inducir a la gente a llorar o a reír… ¿Es posible?
— ¿Acaso no es lo que sucede normalmente? — le contestó con una pregunta a su pregunta—. ¿Nunca ha encontrado personas sencillas y sensibles que apenas consiguen contener una lágrima al escuchar una marcha fúnebre ejecutada por una orquesta? ¿Y las piernas de ciertas personas acaso no se ponen automáticamente en movimiento con el sonido de un bailable? Cuando hayamos descubierto el secreto de la alegría y de la tristeza, haremos reír y llorar y no sólo a las personas más sensibles e impresionables. Obligaremos al dolor mismo a bailar con nosotros, y a la alegría a verter ríos de lágrimas…
Spalding sonrió.
— Sí, sería un espectáculo digno de los dioses — admitió—. ¿Y cree que con eso se podría ganar dinero?
— Mi jefe, mister Goud, cree que sí. De otro modo no subvencionaría mis experimentos, ni siquiera en la modesta medida en que lo hace.
— ¿Mister Gould? ¿En qué se ocupa?
— De la producción mecánica de tristeza y de alegría: es fabricante de discos fonográficos.
Lucía Bulwear había terminado el Conservatorio, especializándose en composición. En los últimos cursos empezó a dedicarse a la teoría, y se sentía fascinada por ella. Quería captar el misterio de la belleza de la música, descubrir las causas de que una cierta secuencia de sonidos nos deje indiferente, otra nos encante y otra nos irrite. Pero ni la teoría de la armonía, o del contrapunto, ni los tratados de estética o de psicología la habían iluminado sobre este tema. Entonces la muchacha se consagró a los estudios teóricos de acústica y de fisiología.