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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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Al iniciar los experimentos con animales, Komlin obtuvo de inmediato una indicación que le sugirió la idea de la agopunción neutrínica. El mono con el que realizaba sus experimentos, se había herido en una pata. La herida se cicatrizó y curó con extraordinaria rapidez. Del mismo modo, no tardarán en desaparecer de sus pulmones las manchas oscuras de la tuberculosis, tan frecuente en los monos que viven en un clima templado.

El trabajo con la agopunción se desarrollaba felizmente. Se suministró a algunos perros varios tipos de sustancias tóxicas biológicas. La aguja neutrínica curó inmediatamente a los animales y la cromatografía demostró que casi todo el veneno era eliminado ipsofacto. La aguja de Komlin (así denominó Gorcinski a este método) curaba la tisis de los monos diez veces más deprisa que los más potentes antibióticos.

Hasta aquel momento — Komlin aún no había elaborado un método de curación, sino que sólo buscaba la demostración teórica de sus posibilidades— no existía ninguna necesidad de realizar experimentos sobre el hombre. En su famoso informe, Komlin había formulado la hipótesis de la existencia en el organismo humano y en el de los animales de fuerzas curativas escondidas, aún desconocidas por la ciencia, pero que ya se habían manifestado con los experimentos realizados con la agopunción neutrínica. Además, había concebido un detallado plan para pasar las experiencias de los anímales al hombre cauto, previsión en la que se tenían en cuenta los eventuales errores y se apuntaba un paso gradual de las agopunciones neutrínicas más sencillas y evidentemente inocuas a otras más complejas. Además había proyectado que participaran en los experimentos importantes colegas, médicos, fisiólogos y sicólogos. Pero…

El inspector no se había equivocado. Komlin no trabajaba sólo en la agopunción neutrínica. Los experimentos con el generador neutrínico habían demostrado pronto que el extraordinario crecimiento de las fuerzas curativas del organismo no era la única consecuencia de la irradiación sobre el cerebro con haces de neutrinos. Los animales en tratamiento se comportaban de un modo raro, aunque no todos y no siempre. Los que se habían curado tras una rápida acción de la aguja neutrínica, no manifestaban ninguna anomalía en el propio comportamiento. Sin embargo, los «favoritos», es decir, aquellos que sufrían numerosas y variadas experiencias, frecuentemente asombraban a los dos científicos. Y donde el joven Gorcinski sólo veía bromas divertidas y fastidiosas de la naturaleza, la intuición del gran científico adivinó un nuevo descubrimiento.

El perro «Genjka» (nombre completo: «Generador») dio muestras imprevistas de su inclinación hacia ejercicios circenses, que nunca le habían sido enseñados por nadie: caminaba sobre las patas posteriores, algunas veces hasta sobre las anteriores, y «saludaba». Gorcinski lo encontró un día en una postura rara. El animal estaba sentado sobre un taburete, mirando un punto fijo; a intervalos regulares de tiempo se levantaba y lanzaba un corto ladrido, después de lo cual se volvía a sentar. No reconoció a Gorcinski y se puso a gruñir cuando se le acercó.

Komlin quedó impresionado a su vez por todo lo que sucedió con la babuina hembra, «Cora». Un día, inmediatamente después de la radiación, «Cora» estaba sentada en la habitación con Komlin, «discutiendo» pacíficamente con él. De pronto pareció como si hubiese sufrido una sacudida eléctrica. La mona vio algo en un rincón de la habitación, empezó a gruñir de un modo amenazador y a la vez compasivo y retrocedió. Las caricias y las buenas palabras no produjeron ningún resultado. «Cora» corrió a esconderse en el rincón más alejado del cuarto, allí se acurrucó y permaneció durante una hora entera lanzando de vez en cuando un grito estridente en señal de alarma. Poco tiempo después se calmó, pero Komlin pudo constatar con sorpresa que, desde entonces al entrar en la habitación «Cora», antes que nada se volvía hacia aquella misma esquina.

En otra ocasión, Gorcinski llegó corriendo y gritó a Komlin:

— ¡Pronto! ¡Rápido! — y le empujó hacia la habitación de los monos.

En una de las jaulas estaba sentado un joven mandril, masticando un plátano. Ni el mandril ni el plátano tenían nada de raro, pero tanto el guardián como Gorcinski afirmaban al unísono que habían sido testigos de algo absolutamente fantástico. Según sus palabras, habían encontrado al mandril observando con evidente interés un trocito de papel que lenta pero decididamente se arrastraba sobre el pavimento en dirección a él. El mandril alargó la pata hacia el papel y Gorcinski se precipitó en busca de Komlin. El guardián juraba que el mono se había comido el trocito de papel. De todas formas no consiguieron hallarlo en la jaula. La tentativa de reproducir el extraño fenómeno fracasó.

— Esto es lo que Komlin escribió sobre tal particular — dijo el director, entregando al inspector un pedazo de papel milimetrado.

El inspector leyó: «¿Alucinación colectiva? ¿O algo nuevo? El simple hecho de esta alucinación colectiva con la participación del mandril es extraordinario. Pero aquí debe suceder algo más. Con estos animales, monos y perros, no se puede saber nada. Hay que actuar por sí mismo».

Komlin empezó a experimentar en su propia persona. Gorcinski se dio cuenta en seguida y, sin ninguna duda, siguió su ejemplo. Parece que en aquel momento se produjo entre ambos una pequeña disputa. Al final Gorcinski prometió no repetir la experiencia al mismo tiempo que Komlin, y se comprometió a hacerse sólo punciones sencillas, breves e inocuas. Gorcinski, mientras tanto, no había logrado saber si Komlin no se ocupaba ya de la agopunción neutrínica.

— A pesar de todo — continuó su informe el director—, los apuntes de Komlin contienen relativamente pocas alusiones a los extraordinarios resultados de sus experimentos. Las notas se hacen cada vez más fragmentarias y menos inteligibles. Se observa que, con frecuencia, Komlin no consigue encontrar las palabras para describir sus propias sensaciones, y que sus conclusiones resultan confusas e incompletas.

Komlin dedica algunas páginas arrancadas de un cuaderno a la increíble capacidad mnemotécnica que se le manifestó tras una de sus experiencias. Escribió entonces: «Me basta echar sólo una mirada a un objeto para verlo en todos sus detalles, volviéndome a otro lado o cerrando los ojos. Me basta mirar de pasada una página de un libro para poder leerla luego con la imagen impresa en mi cerebro. Creo que recordaré toda la vida algunas páginas de Las curvas del río y la tabla entera de logaritmos de cuatro decimales, desde la primera a la última cifra. ¡Son posibilidades inauditas!»

También se encuentran en los apuntes consideraciones de un carácter completamente general. «La memoria, muchos reflejos y costumbres — escribió Komlin con mano segura, como si estuviese reflexionando—, tienen alguna base material que aún nos resulta poco clara. El haz neutrínico se infiltra en esta base y crea una nueva memoria, nuevos reflejos y nuevas costumbres. Mejor dicho, no crea sino que provoca su aparición condicionada. Así sucedió con Genjka, con «Cora», conmigo mismo» (mnemogénesis, creación de una memoria simulada).

Al último y más increíble de los descubrimientos de Komlin estaban consagradas las páginas, unidas con un clip. El director las tomó.

— Aquí —dijo con toda seriedad— se encuentra la respuesta a sus preguntas. Se trata de una especie de sumario o de un borrador del futuro informe. ¿Quiere que se lo lea?

— Hágalo, por favor — rogó el inspector.

«No basta con un esfuerzo de voluntad para obligarnos, aunque sólo sea a cerrar los ojos. Hace falta el impulso, ni más ni menos. Una descarga insignificante y el músculo se contrae, capaz de desplazar decenas de kilos, de ejecutar un trabajo enorme en comparación con la energía del impulso nervioso. El sistema nervioso es la mecha en el polvorín, la contracción del músculo es la explosión.

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