Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
Porque la dirección del instituto no me permitió alistarme. A pesar de ello, tuve la ocasión de trabajar como radiotelegrafista de un carro de combate. Pero después de la guerra.
Por encargo del instituto me había trasladado por aire a una pequeña ciudad siberiana; debía instalar, junto a la estación ionosférica local, un nuevo aparato registrador construido por nuestro laboratorio. Aprovechando la ocasión, debía también examinar un cierto equipo de acumuladores ideado por un inventor del lugar, y en el caso de hallarlo interesante, considerar la posibilidad de enrolar a su autor en nuestro instituto.
En aquella época yo soñaba con construir un aparato excepcional, al que ya habla dado un nombre: «ojo omnividente». Pero me hacían falta acumuladores potentes y ligeros y nadie los había inventado todavía.
Por lo tanto, había aceptado con verdadera alegría la misión de examinar el trabajo del inventor siberiano. Tal vez se trataba precisamente de lo que yo buscaba.
Pero quién habría podido sospechar las extraordinarias aventuras que me aguardaban…
Las recuerdo ahora con cierto embarazo. La juventud es romántica y con frecuencia ingenua… Por supuesto, hoy juzgaría los hechos de otra manera y miraría a mi alrededor con más sentido común. Pero entonces todo me aparecía bajo una luz distinta y, sobre todo, con proporciones mayores.
No me juzguen con demasiada severidad. Aun hoy, ni siquiera yo mismo consigo distinguir en aquellos acontecimientos la realidad de la fantasía.
De todas formas, les contaré los hechos tal como me parecieron entonces. La tarde en la que se inició este relato estaba yo sentado junto a la ventana abierta de una habitación del hotelito en el que me alojaba desde mi llegada. Giraba distraídamente el botón de sintonía de una pequeña radio portátil, que yo mismo había construido y de la que no me separaba nunca.
Del altavoz salían estridentes melodías, fragmentos de conversaciones, el silbido intermitente de las señales telegráficas. Continuaba desplazando la aguja sobre el cuadro luminoso. No había transmisiones interesantes y sólo fuertes parásitos.
Me recosté sobre el respaldo de la butaca, dejando, por casualidad, detenida la aguja sobre el número 68.
En el horizonte apenas se delineaba el perfil irregular del bosque lejano, dominado por el cielo estrellado de agosto. Una estrella fugaz surcó el cielo, dejando una estela azul pálido. Pensé instintivamente si no debería haber formulado un deseo, recordando la leyenda popular.
Recordé mis audaces sueños juveniles, la nave planetaria que, como la estrella fugaz, había trazado en el cielo un surco luminoso. ¿Y si mis sueños se realizasen? Ya no era un muchacho, pero aún pensaba en mis viajes extraordinarios. Hubiese querido explorar lugares nunca hollados por pies humanos.
De la taiga llegó un rumor sordo, lejano. Me asomé a la ventana y presté atención, pero ya no oí nada más.
El silencio era absoluto. El viento me agitaba el cabello. Sólo e1 zumbido de la radio seguía resonando fastidiosamente en mi oído. Parecía que no pasase nada de extraordinario.
¿Y aquella explosión? No conocía el lugar. ¿Qué se puede ver desde un avión, cuando se sobrevuela la infinita taiga? Quizá se efectuaban trabajos, tal vez estaban abriendo una nueva carretera o desraizando cepas.
No tenía sueño, así que tomé el libro que había traído para el viaje. Por una rara coincidencia se trataba de una recopilación de novelas de Wells.
Hojeando las páginas, volví a ver a los marcianos que ya había conocido en mi infancia, releí —por enésima vez— la descripción de su llegada a la Tierra. Pensé, con una sonrisa, en que estas fantasías parecían más reales ahora, sólo doce años después. Dejé el libro y mis pensamientos se concentraron sobre lo que debía hacer el día siguiente. Era mi primer servicio. Tenía que encontrarme con un tío mío, profesor retirado, actualmente director de la estación ionosférica, el profesor Cernikov. ¿Había cambiado Nicolás Spiridonovic? Hacía dos años que no nos veíamos.
Del altavoz salieron señales extrañas. Un silbido discontinuo e incomprensible, como si alguien poco experto moviese el manipulador de transmisión con mano nerviosa.
Me puse a descifrarlas. Tres breves impulsos, uno tras otro: parecía la letra S; luego, tres líneas. ¿Una señal de socorro, un SOS?
Alrededor del cuadro luminoso bailaban algunas mariposas nocturnas, y desde el fondo, cerrado por la espesa redecilla, continuaban saliendo señales, puntos y rayas, como si alguien pidiese socorro.
— Incendio… is…la — conseguí descifrar.
Extraño. ¿De qué isla podía tratarse si por los alrededores sólo había estepa y taiga? ¿Tal vez se trataba de señales más lejanas? No, incluso variando la sintonía, las señales seguían claras en una banda bastante amplia, lo cual demostraba que el transmisor no debía estar lejos.
Mi radio estaba dotada de una antena móvil. La hice girar hasta obtener la máxima intensidad. El indicador de la antena me señaló que las llamadas venían de la taiga, ¿Una onda reflejada? Poco probable.
El sonido del teléfono interrumpió mis pensamientos. Tomé el receptor mientras disminuía el volumen de la radio. Las misteriosas señales continuaban sonando.
— Habla el capitán de ingenieros Jarcev por encargo del profesor Cernikov — oí decir a una voz un poco velada—. El profesor me ha comunicado que recibió su telegrama y me ha pedido que le acompañe a la estación ionosférica.
— Gracias… ¿Tan difícil es llegar?
— Verá… Es accesible sólo a caballo. Mañana por la mañana, ¿de acuerdo?
— Muy bien, gracias — contesté distraídamente, con el oído aún atento a las señales transmitidas por la radio—. A propósito…, estoy recibiendo señales muy extrañas. ¿Hay alguna estación de radio en las cercanías? No sé qué pensar… Aquí están de nuevo… Un momento…
— ¿Qué transmiten?
— Consigo entender sólo dos palabras: «incendio», «isla», «incendio», «isla», y nada más. Escuche — acerqué el micrófono a la radio—. ¿Qué le parece? ¿Las oye?
Pero no obtuve respuesta.
— ¿Han terminado? — preguntó la telefonista.
Esperé casi diez minutos por si el desconocido que se había presentado como el capitán de ingenieros Jarcev volvía a llamar. ¿Por qué había cortado la comunicación?
La radio continuaba transmitiendo las señales. Ahora eran roncas, débiles.
El cielo se aclaró como si amaneciese. ¡No era posible! Me acerqué a la ventana. Sobre el bosque se extendía una faja clara que a trazos adquiría un esplendor intenso, para luego apagarse e irisar de nuevo como una cruel lengua de fuego.
Alguien llamó a la puerta nerviosamente.
— ¡Adelante!
Sobre el fondo de la luz del corredor se recortó en la puerta el rostro de un hombre. Era el piloto del avión en el que yo había venido.
— Camarada Petrov — explicó, con voz insegura—. Nos piden que hagamos un vuelo de reconocimiento. Parece que hay alguien…
— ¿Qué reconocimiento? ¿Quién?
— En la taiga. Hay un incendio…
Involuntariamente, volví la mirada hacia el bosque. Sobre la taiga se extendía un amanecer de fuego.
Cerré la ventana y me incliné sobre la radio para apagarla.
— I…s…l…a — repitieron las señales por última vez.
Tras las negras columnas de humo que oscurecían el horizonte se transparentaba un retazo de cielo azul. El disco del sol de levante era rojo oscuro.
Volábamos sobre la taiga.
El comandante del aeródromo había indicado al piloto la dirección en la que debían realizarse los reconocimientos. ¿Pero hallaríamos espacio suficiente para aterrizar?