Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
Spalding empezó a elaborar un nuevo plan. Había sido muy fácil vencer a Bekford, al que conocía perfectamente. Sin embargo, lo poco que sabía de mistress Fight lo sacaba de los periódicos. Era necesario acumular datos suplementarios a través de investigadores privados. Mistress Fight era una apuesta importante, era necesario hacerlo todo para no perderla.
Algunos días después, todo estaba preparado. Spalding había conseguido introducirse en el ambiente de la joven señora, desarmar y vencer a su cuerpo de guardia, a camareros y camareras. Entre un millar de habitaciones, había conseguido averiguar dónde se hallaba mistress Fight. Al entrar el joven, ella estaba fumando un cigarrillo egipcio en una boquilla de oro adornada con un zafiro. Llevaba un vestido de tul de cristal y unas zapatillas de piel de mono con tiras de brillantes.
— ¿Quiere casarse conmigo, mistress Fight? — preguntó Spalding a quemarropa, acompañando esta proposición con un golpe de ingenio. La joven señora rió, satisfecha, y se rehizo en seguida.
— ¡Deje ya de hacerme reír, Spalding! ¿Quiere que nos casemos? ¿Y por qué no? ¿Qué mujer renunciaría a convertirse en la esposa del rey de la risa? Acepto. Y no acostumbro a volverme atrás en mis decisiones.
Spalding se quedó tan asombrado ante aquella imprevista, inmediata aceptación, que olvidó continuar su ataque. Se quedó inmóvil, con la boca abierta. Tal vez era la primera vez que parecía cómico sin quererlo.
La enérgica mujer, sin pérdida de tiempo, asumió la iniciativa. Hizo una llamada. Entró una viejecita de cabellos grises con una compostura de dama de corte. Mistress Fight le dijo en francés:
— Le ruego que llame inmediatamente al pastor Hobbs, madame Angela. Dé las órdenes para que se prepare un automóvil. Telefonee a Jones. Dentro de una hora volamos a San Francisco. Tres pasajeros. El peso…, ¿su peso?
— Ochenta y cinco — contestó Spalding, como un autómata.
— Yo, setenta; el pastor, cien. Total, doscientos cuarenta y cinco. Haga llegar esta cifra a Jones. Dígale que el aceite y la gasolina deben bastar para todo el trayecto, sin escalas.
Después de haber despedido a madame Angela, y volviéndose hacia Spalding, mistress Fight añadió:
— El pastor Hobbs nos casará en vuelo. Será muy original, ¿no es verdad? Toda América hablará de ello. En San Francisco nos trasladaremos a nuestro yate y…
Apretó otro timbre. Entró una camarera.
— Madeleine, rápido, un sombrero y un abrigo. Para el coche.
Cuando Spalding se recuperó un poco de su asombro, su mente trabajó febrilmente. ¿Por qué la mujer había aceptado con tanta facilidad? ¿Sería un ardid? Pero, después de todo, ¿por qué no podía ser sincera?… ¿Acaso no era el héroe del día? Como bien sabía Spalding, ella era vanidosísima, su alegría más grande consistía en verse en los periódicos. América entera tenía que saber cómo le sentaba su nuevo vestido, qué le habían servido para comer, qué perfume había pedido a París y qué encajes a Bruselas, cuánto le había costado el baño de mármol rosa. La proposición de Spalding podía muy bien encajar en sus planes ambiciosos. Después de haberla aceptado, le podría abandonar y contárselo todo luego a los periodistas. ¡Toda América se reiría de él, el rey de la risa! ¡Con cuánta habilidad le había engañado mistress Fight! También podía haber urdido otra cosa: casarse con él y luego proclamarse víctima de un chantaje. ¡Otra noticia sensacional! Y también en este caso Spalding se hallaría en una situación ridícula… Mistress Fight deseaba casarse con el rey de la risa en el cielo. Durante una semana, durante un mes, los periódicos devorarían esta noticia. Luego, ella le abandonaría para solicitar el divorcio, con el pretexto, por ejemplo, de que no quería vivir en un eterno peligro de morirse de risa…
Los pensamientos de Spalding se confundieron. Estaba preparado para una lucha feroz, había acumulado toda su capacidad para hacer reír, tenía a punto todas las fibras de su ser. Se hallaba en pleno estado de guerra. Y de pronto, de improviso, se encontró como desarbolado. Aquella capitulación tan repentina del enemigo transformaba la victoria en derrota. ¡Qué afrenta! ¿Qué hacer, qué hacer? No, al diablo, no quería saber nada más de todo aquello. ¡Tenía que huir!
Intentó dar un paso hacia la puerta, pero mistress Fight le estaba observando.
— ¿A dónde va?
Le sujetó ágilmente por la manga y le atrajo a su lado sobre la butaca. Spalding quedó sin protestar en aquella humillante posición. Decididamente, algo extraño le sucedía. En todo aquello había algo… cómico, sí, terriblemente cómico…
— ¡Ja, ja, ja, ja, ja! — estalló, de golpe, en una estruendosa carcajada como raramente habían lanzado sus víctimas.
— ¿Qué le sucede? — preguntó, perpleja, la mujer.
— ¿Cómo dice? — exclamó Spalding, interrumpiéndose constantemente por la risa—. ¿Cómo decía el viejo Bergson? El chiste consiste en desarrollar el pensamiento del interlocutor hasta que se convierte en el contrario, y el interlocutor cae, por así decirlo, en la trampa que se le ha tendido con sus propias palabras. Con nosotros ha pasado esto, ¿verdad?
— No entiendo absolutamente nada — confesó mistress Fight.
Spalding soltó una carcajada aún más sonora que la anterior. Luego dejó de reír repentinamente, como si algo se hubiese roto en su interior. Calló y se quedó serio, casi tétrico.
— Ay de mí, he comprendido demasiadas cosas de una sola vez, y he caído en la trampa que yo mismo había tendido. He descubierto completamente el secreto de la comicidad y ésta ha dejado de existir para mí. Para mí ya no existen los retruécanos, ni las bromas, ni los chistes; sólo hay categorías, grupos, fórmulas de lo cómico. He analizado, mecanizado la risa viva, y entonces la he matado. Porque ahora río, pero he conseguido analizar esa risa, disecarla, anularla. Yo, que fabricaba carcajadas, ya no podré reír nunca más lo que me queda de vida. ¿Y qué es una vida sin bromas, sin risas? Sin ellas, ¿de qué me sirven las riquezas, el poder, una familia? Me he robado a mí mismo…
— ¿Qué anda diciendo, Spalding? ¡Basta, vuelva en sí! ¿Acaso está borracho? — exclamó, irritada, mistress Fight.
Pero Spalding seguía inmóvil, con la cabeza gacha, como una estatua en profunda meditación. Ya no contestó a las preguntas, no percibió a las personas que se acumulaban a su alrededor.
Fue llevado a una clínica. Los médicos certificaron un desequilibrio mental debido a un extremo agotamiento del sistema nervioso.
— Los más grandes cómicos frecuentemente terminan por caer presa de la hipocondría más aguda — resumía el informe médico. Pero un joven doctor, un tipo original que amaba las paradojas, manía americana de la mecanización, sostenía que Spalding fue asesinado…
Vladimir Nemcov
La Esfera de Fuego
Nunca estuve en el frente — comenzó Petrov—. Era demasiado joven. Durante la guerra estudiaba y trabajaba en un laboratorio radiotécnico.
Lejos, en los campos de batalla, los cazas brillaban en el cielo, los aviones de reconocimiento indicaban por radio los objetivos. Los pilotos de los bombarderos intercambiaban mensajes entre el silbido de los proyectiles y el pitido de las señales telegráficas.
Yo escuchaba todo esto a través de un receptor ultrasensible del laboratorio. Luego, aquellas voces se apagaron, el frente se alejó cada vez más, y con él, mi esperanza de poder llegar a ser un día radiotelegrafista del ejército.