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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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Se vendieron nuevos discos de la sociedad Bekford donde se registraban las irresistibles exhibiciones de Spalding, discos-cartas con anécdotas y canciones cómicas, cajas, cigarros, cigarrillos, caramelos, gafas estereoscópicas, juguetes, espejos con sorpresas, enanos y animales que realizaban inesperados y bufos gestos o emitían sonidos ridículos. En las hábiles manos de Spalding, la comicidad, como el mítico Proteo, asumía variados aspectos: de palabra, de color, de forma, de todo ello a la vez. Tuvo un éxito inesperado — y por lo tanto, grandes beneficios—. La última invención de Spalding, «quioscos de la carcajada» en las calles, donde los peatones, con una modesta suma, podían reír hasta hartarse durante cinco minutos. Salían de ellos con los ojos llenos de lágrimas y con exclamaciones alegres. Era la propaganda más eficaz y la gente se apretaba siempre en torno a aquellas instalaciones.

La situación de la firma mejoró y sus beneficios aumentaron vertiginosamente. Bekford estaba contentísimo con Spalding, pero éste no se sentía satisfecho de su superior. En su tiempo habían firmado el siguiente acuerdo: Bekford debería entregar a Spalding una cantidad mensual fija; en cuanto los beneficios de Bekford hubiesen empezado a aumentar, Spalding percibiría además el dos por ciento —¡sólo el dos por ciento! — de las nuevas rentas suplementarias. Pero cuanto más aumentaban éstas, menos dispuesto se mostraba Bekford a respetar aquel convenio. Se negaba a pagar el dos por ciento.

Entre ambos habían surgido las primeras disputas. Es más, había sido el propio Bekford quien las había provocado, con el objeto de liberarse de Spalding, que, en su opinión, ahora no le era ya necesario.

— ¡No me eche la culpa a mí, señor Bekford! — exclamó una vez Spalding, durante la enésima discusión— Le he salvado de la ruina. Ha acumulado usted un capital con mis carcajadas y ahora, a pesar de sus promesas, se niega a darme la parte que me corresponde. Muy bien, sepa que conseguiré, siempre a base de carcajadas, obligarle a que me entregue mi dinero…

— Me parece la broma menos lograda de todo mi catálogo… — contestó Bekford., con una sonrisa despreciativa.

— ¡Ya veremos si es o no lograda! — replicó Spalding, amenazador.

Spalding se retiró durante una temporada, muy ocupado en nuevos experimentos…

El cuerpo obeso de Bekford, sacudido por el hipo, estaba recostado sobre el brazo de la butaca. El rostro aparecía contraído por una hilaridad histérica. El cuello estaba empapado de gruesas gotas de sudor. La gruesa mano, con una maciza joya en el anular, pendía abandonada y rozaba la alfombra persa. Bekford intentaba enderezarse, pero los accesos de risa tormentosa le hacían caer otra vez a un lado.

Con un esfuerzo supremo de voluntad, mister Bekford consiguió por fin apoyarse en el respaldo. Las explosiones de risa se iban atenuando, como un temporal que se aleja. Empezaba a reponerse, pero aún no conseguía comprender claramente lo sucedido.

¡Parecía una alucinación!

Beklord echó una ojeada instintiva al escritorio cubierto por un grueso cristal. Sobre él había un grueso talonario de cheques. Bekford escribió diez millones de dólares sobre un talón, lo firmó, arrancó la hojita de la matriz y se la tendió a Spalding. Su cara, de una palidez azulada, se puso lívida, mientras las mejillas adquirían un tono violáceo. Un nuevo estallido de ladridos se transformó en el rebuzno de un asno encolerizado. De la habitación vecina, como un eco, se oyó sollozar, gemir, bufar, toser, chillar, gritar y desvariar a varias voces, pero nadie venía en ayuda del director; tal vez los demás precisaban también de socorro… Este fue el pensamiento que hizo volver en sí a Bekford. Después de todo, era el poderoso jefe de una empresa, el propietario de un rascacielos, el señor absoluto de toda aquella gente subordinada y desheredada.

Bekford intentó reconstruir mentalmente todo cuanto había sucedido aquella mañana. No era fácil hacerlo cuando un tifón de locura tenía el centésimo primer piso de su building.

Era la bien conocida «hora muerta» — de ocho a nueve de la mañana— en que Bekford, en completa soledad, solía preparar el plan de la cotidiana campaña: a quién echar a pique, con quién concluir una alianza temporal, a quién asestar el golpe decisivo. Aunque se hundieran a la vez las Bolsas de Nueva York, de París y de Londres, junto con todos los Bancos del Estado, aunque la Luna se hubiese caído por el suelo, nadie en absoluto podía, ni osaba, irrumpir en su despacho ni turbar la hora sacrosanta.

Sin embargo, hoy…, Bekford estaba orientándose sobre la dislocación de las fuerzas financieras internacionales, y había empezado a esbozar concisas y claras órdenes a sus directores consejeros, agentes de bolsa, a varios empleados subordinados del Ministerio de Finanzas, a redactores de periódicos, cuando de pronto…, ¡no podía creer a sus propios oídos!…, desde el despacho del secretario particular llegó un ruido indecente, que hubiese podido turbar el curso armonioso de las reflexiones del magnate y, por lo mismo, causarle pérdidas ingentes. Al rumor siguió un carcajeo, esta vez francamente obsceno. Equivalía a un motín, una rebelión abierta.

El hombre de empresa tendía la mano hacia el timbre de alarma, cuando se abrió la puerta de golpe y oleadas de frenética hilaridad invadieron el inmenso despacho. En la puerta estaba aquel sinvergüenza de Spalding, con un traje gris claro y un sombrero de paja sobre la cabeza. Bekford levantó su redonda cabeza y miró al intruso con aquella mirada gélida y penetrante que dejaba atónitos y balbuceantes a los más experimentados diplomáticos.

Pero Spalding sostuvo aquella mirada. De improviso, hizo una ligera mueca increíblemente bufa, un gesto apenas insinuado que comunicó una irresistible comicidad a toda su cara, y pronunció una sola frase. Bekford no conseguía ahora ni recordarla, era algo completamente inesperado, absolutamente incongruente con el lugar y el momento, pero, quizá precisamente por ello, divertida hasta tal punto que Bekford había estallado en una carcajada franca y contagiosa, como no había hecho desde su lejana juventud. Spalding, sin quitarse el sombrero, atravesó rápidamente la parte de alfombra que separaba la puerta del escritorio, apoyó la mano sobre la superficie del cristal y, aprovechando una pausa en la hilaridad de Bekford, preguntó:

— ¿Qué le parece, jefe, si saldásemos cuentas? Tenga la bondad de firmar un cheque de diez mil dólares y entréguemelo.

Bekford cesó de reír por un instante y miró a Spalding con miedo. ¿Se habría vuelto loco? Intentar hacer reír al «primer gagman de América» era tan insensato como ofrecer un caramelo a un fabricante de golosinas. Spalding sonrió:

— Espero que será lo bastante razonable para hacerlo, ¿no?

Siguió con un nuevo juego mímico y una nueva frase, que obligaron a Bekford a desternillarse otra vez.

— El cheque al portador — indicó.

Bekford se reía, debatiéndose en convulsiones, como un pájaro preso en una red. Extendió la mano hacia el timbre, pero un acceso de risa espasmódica paralizaba cada movimiento suyo. Todos sus músculos estaban relajados, el cuerpo entero parecía aplastado. Echó una ojeada angustiosa en dirección de la puerta, pero era inútil esperar socorro por aquel lado: mecanógrafas y secretarios se retorcían en paroxismos de hilaridad, semejantes a los espasmos preagónicos de alguna terrible enfermedad epidémica… Mientras Spalding, aquel maldito genio de la carcajada, seguía torturando el cuerpo y los nervios de su víctima, que siendo de índole asmática, había empezado a sofocarse y suspiraba:

— ¡Un millón!

— ¡Diez y uno! — contestó Spalding.

— ¡Dos!

— ¡Diez y dos! — insistió el otro.

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