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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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Bekford se estaba transformando en un trozo de gelatina. Se descomponía tanto que mostraba los ojos revueltos, los labios azulados, sentía calambres en las costillas y se le cortaba la respiración.

La obstinación podía costarle la vida. Entonces pidió gracia. Estaba dispuesto a firmar un talón de diez millones, pero no podía, sus manos temblaban. Cuando Spalding dejó de hacerle reír, recobró la respiración y firmó el cheque. A fin de cuentas, pensó, no era tan terrible: tendría tiempo de avisar al Banco de que no pagasen aquel talón. Spalding, con gesto despreocupado, se lo metió en el bolsillo y saludó con el sombrero. A modo de adiós, lanzó una ocurrencia que puso a Bekford fuera de combate durante todo el tiempo que necesitaba Spalding para irse tranquilamente.

… Con un suspiro profundo, como quien se despierta tras un sueño lleno de pesadillas, Bekford miró las agujas del gran reloj que había en un ángulo de la habitación. Vio con asombro que la visita de Spalding había durado exactamente ocho minutos, y que éste había salido apenas un minuto antes. Por lo tanto, debería encontrarse aún en el ascensor. Bekford aferró el receptor telefónico y llamó al Banco, situado a una veintena de pisos más abajo, ordenando que se arrestase inmediatamente al portador del talón de diez millones de dólares.

— ¡No entreguen el dinero! ¡El talón es falso! ¡Ja, ja, ja! Caramba, no haga caso si me río. Son los nervios… ¡Ja, ja!

Luego, ante la eventualidad de que Spalding no acudiera personalmente a retirar el dinero, Bekford telefoneó al jefe del servicio de seguridad en la planta baja.

— ¡Disponga una guardia armada en todas las salidas! ¡Ja, ja! ¡Ja, ja! — estalló en risas de nuevo, al pensar otra vez en Spalding—. ¡Ja, ja, ja!… ¡Mil diablos! ¡Así tendrá tiempo de escapar!

Por fin consiguió dar una nueva orden:

— ¡Arresten al joven vestido de gris con un sombrero de paja! ¡Spalding! ¿Le conocen? ¡Ah, ahora me puedo reír! ¡Jo, jo, jo, jo! Bueno basta ya. ¡Jo, jo, jo, jo!…

Bekford telefoneó a su secretario particular. Entró en la habitación un hombre delgado y alto, doblado en dos como un compás medio abierto. Su risa era semireprimida e irrefrenable, y todo su cuerpo se sacudía como si una mano robusta lo menease como una marioneta. A mitad de camino el secretario palideció y se sentó, deshecho, sobre la alfombra. Bekford lo miraba, cada vez más ceñudo, hasta que de golpe se desternilló de nuevo.

El secretario se levantó. Vacilando como un borracho, se acercó a la mesita donde había una botella de agua. Intentó servirse un vaso, pero las manos le temblaban.

Sonó el teléfono. La primera cosa que oyó Bekford al levantar el receptor fueron sacudidas de risas frenéticas, incontrolables, estridentes. Palideció. Por lo visto, aquel diablo de Spalding había tenido tiempo de propagar la epidemia en la planta baja.

La carcajada en voz de bajo fue sustituida por otra de tenor, con un sonido como de mujer o de niño. Estaba claro que diversas personas intentaban hablar, pero no lo conseguían. Eekford, con una vulgar blasfemia, tiró lejos el receptor.

Sólo algunas horas más tarde consiguió saber los detalles de lo sucedido, detalles que ya había intuido. Tanto en el Banco como en el vestíbulo se había intentado detener a Spalding, pero en vano. En el Banco se le habían acercado tres policías, pero un instante después, como alcanzados por una bala, se retorcían por el suelo, sujetándose la tripa por las carcajadas. Spalding había obligado al cajero, muerto de risa, a entregarle el dinero. Siempre entre carcajadas, se había abierto paso entre numerosos guardias del servicio interior de seguridad hasta el vestíbulo, y había salido tranquilamente del building, llevándose en los bolsillos del abrigo gris diez millones de dólares.

— No, no es un hombre, ¡es Satanás! — gemía Bekford.

El titular de la sociedad estaba afligido por la pérdida de aquella fuerte suma de dinero, humillado por el papel ridículo que se vio obligado a representar. Sin embargo, no dejaba de sentir una especie de respeto hacía Spalding, por el simple hecho de que hubiese pedido no mil dólares, no un millón, sino diez, lo elevaba por encima de la masa de los vulgares embaucadores.

Pero no podía dejar que las cosas quedaran así. Regalar diez millones de esa manera; no, mister Bekford no era un hombre de ese género.

Empezó por llamar a la policía, a su abogado, a sus agentes.

Al cabo de pocas horas, Spalding — mister Risus, como desde entonces le llamaban los periodistas— se había convertido en una celebridad mundial. Mejor dicho, el extraordinario acontecimiento en el rascacielos de Bekford había tenido una resonancia mundial. Pero muy poco se sabía del propio rnister Risus, de su pasado, de su vida particular. Los corresponsales recordaban que con aquel nombre se había exhibido en los escenarios de los music-hall más en boga cierto cómico que había hecho una rapidísima carrera. Al aparecer é! toda la platea estallaba en una carcajada estruendosa, y a mister Risus se le conocía ya como el rey de la risa. Pero pasó como un deslumbrante meteoro y desapareció de los escenarios con la misma rapidez con que había aparecido. Fue olvidado y ya nadie se interesaba por su suerte.

Sobre las huellas de Spalding fue lanzado un ejército de ágiles periodistas y de esbirros. Ante el asombro de los propios seguidores, fue facilísimo encontrarlo: se supo que había tomado en alquiler un bellísimo palacete en pleno centro de la ciudad. La casa estaba en un jardín delimitado por una magnífica verja de hierro. Al otro lado se podían admirar la casa y los senderos de un jardín a la inglesa. Hacia allí corrieron las cuadrillas de periodistas, de fotógrafos y de operadores cinematográficos.

Pero encontraron la cancela de hierro y la puertecita lateral cerradas con llave. Nadie contestó a los campanillazos.

Aún no habían pasado cinco minutos cuando hombres decididos a todo, ágiles como monos, habían saltado la verja y corrían hacia la casa. Pero entonces sucedió algo extraordinario. Las paredes del edificio se transformaron en pleno día en una vasta pantalla cinematográfica, y en ella apareció el rey de la risa. AI mismo tiempo se oyeron los altavoces. Los «asaltantes», dejando caer plumas, cuadernos y aparatos fotográficos, se revolcaron por el suelo, presos de risas convulsas. Algunos, tapándose los oídos y los ojos, consiguieron llegar hasta las puertas de la casa, pero las encontraron atrancadas, por otra parte, era imposible entrevistar a nadie con los ojos y los oídos cerrados…

El ataque había sido rechazado. El ejército de los periodistas se retiró con deshonor.

De forma igualmente lamentable fracasó el asalto de la policía. Todos los agentes se caían por el suelo, sacudidos de convulsiones de alegría. Un viejo miembro de la policía que capitaneaba una sección enarboló un pañuelo a guisa de bandera blanca. Con gran sorpresa por su parte, vio apagarse la pantalla mientras los altavoces callaban de improviso. Se anunciaba una especie de tregua de armas. El jefe de la sección se dirigió hacia la casa y las puertas se abrieron ante él.

Salió de allí, unos diez minutos después, desconcertado, meditabundo, con una sonrisa enigmática en los labios. El bolsillo de la guerrera de su uniforme aparecía muy lleno. Dio al ejército derrotado la orden de retirada. Aquel mismo día hizo un informe a sus superiores, indicando a los periodistas que mister Risus era invencible. El único instrumento bélico eficaz habría sido la aviación, pero realmente no era posible dejar caer bombas de cien kilos en plena ciudad.

Toda la población estaba sobresaltada. Sin embargo, el culpable, impertérrito, seguía sentado en una butaca de cuero comodísima, fumándose un puro, mientras recordaba el camino recorrido y establecía el balance.

Por fin era rico. ¿Qué le faltaba? Tenía una casa estupenda, una villa en la montaña, un balandro, un avión, varios automóviles… ¿Qué le faltaba? ¡Una mujer! Necesitaba una esposa brillante. ¡Si pudiera conseguir a mistress Fight! Una belleza de veinticuatro años, viuda, propietaria de fábricas, de establecimientos, de millones de dólares. El mejor partido del mundo. Por lo menos, eso decían los periódicos. ¿Por qué no conquistar, con su risa, su corazón y su capital? Por supuesto, se podía considerar como un abuso, incluso una violencia, un rapto, un chantaje… Pero, ¿qué importaba?

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