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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Ella demostró ser una mujer típica, al menos en cuanto a lo relativo a su desaparición en el lavabo de damas. Estuvo allí alrededor de cinco minutos y, cuando regresó, se había arreglado el pelo. Ahora lo llevaba detrás de las orejas, lo que dejaba ver sus pendientes. Eran dos piezas azul marino ribeteadas de oro. El azul marino hacía juego con el vestido. Él se preguntó por estas pequeñas muestras de vanidad en las mujeres. Helen jamás se había vestido sin más por la mañana: se ponía conjuntos completos: «Por Dios, Helen, ¿no sales sólo para comprar gasolina?». «Querido Tommy, ¡es probable que alguien me vea!»

Él parpadeó y se sirvió el agua en el vaso. Había una rodaja de lima dentro y la exprimió con fuerza.

– Gracias -dijo Ardery.

– Sólo tenían una marca -dijo él.

– No me refería a la sidra. Me refería a gracias por no haberse levantado. Supongo que es lo que hace habitualmente.

– Ah. Eso. Bueno, los buenos modales son inculcados a la fuerza desde el nacimiento, pero pensé que usted preferiría que me abstuviese de ellos en el trabajo.

– ¿Había tenido antes a una mujer como superior? -Y cuando él negó con la cabeza, añadió-; Lo está llevando bastante bien.

– Es lo que hago.

– ¿Llevar bien las cosas?

– Sí. -Cuando acabó de decirlo, sin embargo, comprendió que eso podía provocar una discusión que no deseaba tener. De modo que cambió de conversación-. ¿Y qué me dice de usted, superintendente Ardery?

– No piensa llamarme Isabelle, ¿verdad?

– No.

– ¿Por qué no? Esto es privado, Thomas. Somos colegas, usted y yo.

– Estamos de servicio.

– ¿Esa será su respuesta para todo?

Él pensó un momento en eso, en lo apropiado que era.

– Sí. Supongo que sí.

– Y debería sentirme ofendida.

– En absoluto, jefa.

Él la miró y ella le sostuvo la mirada. El momento se convirtió en un asunto entre un hombre y una mujer. Ese era siempre el riesgo cuando se mezclaban los sexos. Con Barbara Havers ese aspecto había sido algo tan impensable que resultaba casi risible. Con Isabelle Ardery, no era el caso. Él apartó la vista.

– Yo le creí -dijo ella a la ligera-. ¿Y usted? Soy consciente de que podría haber regresado al lugar del crimen para comprobar si ya habían descubierto el cadáver, pero no lo creo probable. Ese chico no parece lo bastante inteligente como para elaborar ese plan.

– ¿Se refiere a llevar la revista con él para que diese la impresión de que tenía un motivo para esconderse allí?

– A eso me refiero.

Lynley estuvo de acuerdo con ella. Marlon Kay era un asesino poco probable. La superintendente, sin embargo, había escogido un camino inteligente para abordar la situación. Antes de dejar al chico y a su airado padre, ella había hecho los arreglos necesarios para que le tomaran las huellas dactilares y le hicieran un frotis de la mucosa bucal para la muestra de ADN, y había examinado las prendas del chico. No había nada amarillo entre ellas. En cuanto a las zapatillas deportivas que había llevado puestas aquel día en el cementerio, no presentaban ningún indicio visible de sangre, pero, de todos modos, serían enviadas al departamento forense para su análisis. Durante todo aquel procedimiento, Marlon había mostrado toda su colaboración. Parecía ansioso por complacerles, al tiempo que hacía todo lo posible por demostrar que no tenía nada que ver con la muerte de Jemima Hastings.

– De modo que sólo nos queda el avistamiento de ese tío oriental… Esperemos que salga alguna cosa de eso -dijo Ardery.

– O que salga alguna cosa de ese tipo de Hampshire -dijo Lynley.

– Está eso también. ¿Cómo cree que afrontará la sargento Havers esa parte de la investigación, Thomas?

– Con su estilo habitual -contestó él.

Capítulo 13

– Esto es increíble, coño. Nunca había visto algo así.

Barbara Havers reaccionó de ese modo ante el New Forest y las manadas de ponis que corrían libremente por los prados. Había cientos de ellos -miles quizás- y pastaban dondequiera que les apeteciera hacerlo. En los vastos terrenos de pastos, los ponis comían ruidosamente las hierbas acompañados de sus potrillos. Debajo de robles y hayas añejos y vagando entre serbales y alisos blancos, los pequeños caballos se alimentaban de los brotes del monte bajo y dejaban tras ellos un suelo de hierba moteado por la luz del sol; esponjoso por la presencia de hojas en descomposición y despojado de malas hierbas, arbustos y zarzas.

Era casi imposible no sentirse fascinado por un lugar donde los ponis bebían agua en charcas y estanques, y donde las encaladas cabañas de arcilla con techumbres de paja parecían construcciones pulidas cada día. Las vistas impresionantes de las colinas exhibían un paisaje multicolor donde el verde de los helechos había comenzado a volverse marrón y el amarillo de las aulagas dejaba paso al creciente morado del brezo.

– Casi me entran ganas de largarme de Londres -dijo Barbara.

Llevaba abierta sobre el regazo la gran guía de carreteras A-Z y había hecho las funciones de copiloto para Winston Nkata durante el viaje. Se habían detenido una vez para almorzar y otra para tomar un café, y ahora se dirigían desde la A31 hacia Lyndhurst, donde se presentarían ante la Policía local cuyo territorio estaban invadiendo.

– Es agradable, sí -dijo Nkata-. Sin embargo, supongo que será un poco tranquilo para mí. Por no mencionar… -Miró a Barbara-. Siempre sería la oveja negra.

– Oh. De acuerdo. Bien -dijo Barbara, y pensó que Nkata tenía razón en ese aspecto. La zona rural no era precisamente un lugar donde encontrarían una población mixta; desde luego no una población con el historial vital de Nkata: de Brixton, vía África Occidental y el Caribe, con un ligero desvío hacia la guerra de bandas en las viviendas de protección oficial-. Es un buen lugar, sin embargo, para tomarse unas vacaciones. Presta atención cuando atravesemos el pueblo. Me parece que tenemos un sistema de circulación de dirección única.

Pudieron resolver este detalle con relativa facilidad y encontraron la comisaría de Lyndhurst justo a la salida del pueblo en Romsey Road. Un edificio de ladrillo común y corriente construido en el aburrido estilo que delataba los años sesenta, se asentaba sobre una pequeña colina, con una corona de alambrada plegable y un collar de cámaras de circuito cerrado de televisión que las señalaban como una zona fuera de límites para cualquier persona que no deseara que todos sus movimientos estuviesen controlados. Unos pocos árboles delante del edificio intentaban atenuar la deprimente atmósfera general del lugar, pero no había forma de disfrazar su naturaleza institucional.

Ambos mostraron sus identificaciones al agente especial que estaba aparentemente a cargo de la recepción, un tío joven que salió de una habitación interior cuando ellos hicieron sonar un timbre que había en el mostrador. El agente pareció interesado, aunque no abrumado, por el hecho de que dos agentes de New Scotland Yard hubiesen aparecido por allí. Barbara y Nkata le dijeron que necesitaban hablar con el comisario. El agente paseó la mirada de sus documentos de identificación a sus rostros, como si sospechara que tenían malas intenciones.

– Esperen aquí -dijo, y desapareció con sus credenciales en dirección a las entrañas de la comisaría.

Pasaron alrededor de diez minutos y después regresó, les entregó las identificaciones y les indicó que le siguiesen.

El comisario, dijo, se llamaba Zachary Whiting. Estaba en una reunión, pero la había interrumpido.

– No le ocuparemos demasiado tiempo -dijo Barbara-. Es sólo una visita de cortesía. Tenemos que ponerle en antecedentes de lo que hemos venido a hacer, para que luego no haya malentendidos.

Lyndhurst era el mando operativo central de todas las comisarías de New Forest. Estaba bajo la autoridad de un comisario jefe, quien, a su vez, debía informar a las autoridades policiales en Winchester. Un policía no deambulaba por el territorio de otro policía sin comportarse correctamente y todos los etcéteras, y para eso precisamente estaban Barbara y Winston allí. Si en esa zona ocurría algo que pudiese aplicarse a su investigación en curso, pues tanto mejor. Barbara no esperaba que ése fuera el caso, pero nunca se sabía adónde podía llevar una obligación profesional como aquélla.

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