La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
– Por favor. -Se sonrojó; sabía muy bien a qué me refería.
– Hic jacet in tumulo Lucretia nomine, sed re Thais: Alexandri filia, sponsa, nurus. -Repetí la cita de Sannazaro. Era un epitafio sugerido por Lucrecia: «Aquí en esta tumba yace Lucrecia de nombre, pero en realidad Tais: hija, esposa y nuera de Alejandro». Pantasilea o cualquier otra persona debió de haber comunicado el incesto de César con Lucrecia a otros, porque incluso los poetas en Nápoles y España habían comenzado a escribir sonetos sobre ella (en este caso comparándola con la antigua pecadora y santa egipcia, Tais, que se había arrepentido de sus incestos).
No necesitaba decir que los rumores eran verdad; Alfonso era lo bastante inteligente para comprender por qué había recitado el verso.
– Sancha -dijo, en voz baja y tensa; sus palabras salían rápidas de sus labios-, incluso si todos los cargos contra ella fuesen verdad, no soy libre. He jurado hacer esto por el bien de Nápoles. Otros hombres, con vínculos con Francia, se han propuesto como maridos, y no podemos permitir ninguna influencia francesa en Su Santidad. Sin un absoluto apoyo papal, la casa de Aragón está condenada. El nuevo rey francés ya se ha proclamado a sí mismo soberano de nuestro territorio; necesitamos tener al Papa de nuestro lado si se produce otra invasión.
Luché para evitar que la angustia se reflejase en mi rostro; la comitiva de Alfonso debía ver en mí felicidad.
– No lo comprendes; tendrás que vigilar cada uno de tus movimientos. Son asesinos -susurré, con una expresión tan risueña como si estuviésemos hablando de trivialidades.
– Como la mayoría de los gobernantes, entre ellos nuestros propios parientes -replicó él-. ¿No soy encantador, Sancha?
– Casi el hombre más encantador que yo haya conocido. -Intentó hacerme sonreír de nuevo, pero yo estaba demasiado desesperada.
– Conquistaré incluso a los Borgia. Me ganaré su confianza. No soy un estúpido; no les daré ningún motivo para que quieran eliminarme. El matrimonio ha aportado a nuestra familia un magnífico premio: el ducado de Bisciglie. -Hizo una pausa; su tono se volvió juguetón mientras intentaba convertir mi desmayo en alegría-. ¿Es Lucrecia absolutamente cruel? ¿Tan mal me tratará? ¿Es una arpía siniestra?
– No, no y no. -Solté un suspiro de desdicha al comprender que había sido derrotada. Nada impediría el matrimonio.
– Decías en tus cartas que ella y tú sois amigas. Pareces haber sobrevivido hasta ahora.
– Bueno, sí. -Hice una pausa-. En realidad, Lucrecia ha sido muy bondadosa conmigo.
– Entonces no es un monstruo despiadado. No estoy aquí para juzgarla. La trataré bien y seré un buen marido, Sancha. No se me ocurre mejor manera para ganarme a su padre y a César.
Apoyé mi mano en su barbulla mejilla.
– No podrías ser otro tipo de marido, hermano. Pero ruego a Dios que tengas cuidado.
Entré en la ciudad con él. César esperaba para recibirlo delante del Vaticano. El recibimiento del cardenal de Valencia fue al mismo tiempo cordial y distante; estaba valorando a un hombre que quizá podía ejercer una influencia no deseada en su hermana, y creo que estaba preocupado con toda razón. Hice todo lo posible para no mostrar mi agitación interior.
Por fin desmontamos; seguí a mi hermano mientras subíamos los escalones del Vaticano para entrar en el edificio y en la sala del trono, donde Alejandro lo esperaba, vestido en satén blanco, con su pesada cruz de oro y diamantes sobre el pecho.
Lucrecia estaba sentada en el cojín de terciopelo a su lado. Como su prometido, vestía de azul claro; en su caso, un vestido de seda, con ribetes de plata y aljófares en el corpiño, y un casquete a juego; sus mejillas estaban arreboladas, y casi parecía bonita, con los rizos dorados que caían por debajo de los hombros. Al ver a Alfonso, su rostro se iluminó como un faro; se sintió hechizada por él desde el primer instante.
Alejandro también pareció hechizado. Mostró una amplia sonrisa y dijo:
– ¡El novio, y el nuevo duque de Bisciglie! ¡Bienvenido, Alfonso! ¡Bienvenido, mi querido hijo, a nuestra familia! ¡Ya lo ves, Lucrecia, los rumores eran verdad; tu futuro marido es un hombre muy apuesto!
Alfonso se arrodilló obedientemente para besar la zapatilla del Papa; una vez cumplida la formalidad, Alejandro se levantó y bajó del trono para pasar un brazo por los hombros de su futuro yerno.
– Ven, ven. ¡Hemos preparado una buena cena, aunque creo que no deberíamos comer mucho, porque mañana será el banquete de bodas!
Se echó a reír, y Alfonso sonrió. En el ínterin, Lucrecia dejó su pequeño cojín y descendió los escalones. Cuando Alfonso se encontró con ella, se inclinó para besarle la mano.
– Donna Lucrecia -dijo, y solo mi hermano podía hablar con una sinceridad que hizo que sus siguientes palabras sonasen convincentes-, brillas como una estrella en la noche. Comparado con tu belleza, todo lo que te rodea es oscuridad.
Ella sonrió como una niña; Alejandro pareció radiante al escuchar tan bonitas palabras.
Colocó de nuevo el brazo sobre los hombros de Alfonso, y ambos se dirigieron hacia los aposentos papales y el banquete, mientras Lucrecia los seguía con una expresión soñadora. César iba después, sus facciones con una expresión amable, pero la mirada penetrante; yo iba a la retaguardia, con una sonrisa helada.
La boda se celebró en la Sala de los Santos, donde había tenido lugar el desdichado matrimonio con Giovanni Sforza. Los invitados eran pocos, en su mayoría miembros del Vaticano y algunos cardenales.
Lucrecia estaba encantadora con su vestido de satén negro y una faja dorada recamada con diamantes. Alfonso y ella podían parecer como hermanos, con sus rizos dorados y sus ojos claros; de la misma manera en que, por una de esas ironías, a mí se me podría tomar por hermana del moreno César, que se había vestido de terciopelo negro para la ocasión. En deferencia a la novia, yo vestía un sobrio atuendo napolitano.
Durante la boda, yo estuve junto a Jofre; con César muy cerca, al otro lado de mi marido. Mientras el cardenal Giovanni Borgia pedía a los novios que repitiesen los votos, el capitán general en funciones de las fuerzas papales, Juan de Cervillón, desenvainó una preciosa espada enjoyada y la sostuvo sobre las cabezas de los nuevos duques de Bisciglie; simbolizaba que nunca les separaría ninguna causa. Mientras miraba la resplandeciente hoja, pensé en la carta de la bruja: el corazón atravesado por dos espadas. Había borrado gran parte del incidente de mi memoria, pero ahora lo recordé con toda su fuerza ante la visión del arma de De Cervillón.
«¡Nunca apelaré a la maldad!», había proclamado, altiva. Desde luego, en aquel momento no podía pensar en ninguna maldad peor a la de verme obligada a casarme con César.
«Entonces condenarás a muerte a aquellos a los que más amas», había afirmado la bruja.
Observé la ceremonia sin otra emoción que el miedo. Pero Alfonso y Lucrecia eran todo sonrisas. No podrían parecer más felices; me aferré a ello con desesperación, con la esperanza de que evitaría a mi hermano el dolor que yo había padecido a mano de los Borgia.
Alfonso dio su respuesta con voz fuerte y segura; la respuesta de Lucrecia fue suave y tímida, mientras lo miraba con sincero amor. Una mirada a sus ojos y a los de Alfonso, y lo supe: habían sido alcanzados por el mismo rayo que me había herido el día que conocí al cardenal de Valencia.
Muy pronto el legado declaró a la pareja marido y mujer. Radiantes, Alfonso y Lucrecia salieron del salón cogidos del brazo, escoltados por el capitán De Cervillón y el cardenal Borgia.
Por desdicha, mientras el resto de nosotros comenzábamos a salir de la capilla privada para ir a la sala del banquete, se inició una discusión.
– La princesa de Squillace es hermana del novio, y su grupo tiene que ir en segundo lugar -insistió doña Esmeralda con voz estridente. No tardó en apartar a empellones a uno de los acompañantes de César; sus sirvientes exigían precedencia sobre los míos. Es imposible ocultar del todo los sentimientos personales a los sirvientes, y la gente de César y la mía apenas tardaron unos segundos en iniciar una pelea. Uno de los sirvientes de Jofre se adelantó para exigir: