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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Una mujer policía entregó una hoja de papel al policía que estaba en el centro, que la leyó en voz alta.

– ¿Es esta una declaración precisa de lo que has dicho, Gao Yang? -preguntó. -Sí.

– Ven aquí y fírmala.

Uno de los policías le llevó a rastras hasta el escritorio, donde la mujer policía le entregó un bolígrafo. Su mano temblaba mientras lo sujetaba entre los dedos.

– ¿«Yang» lleva dos trazos o tres?

– Tres -le dijo el policía.

– Lleváoslo de nuevo a la celda.

– Señor carcelero -Gao Yang se puso de rodillas de nuevo y suplicó-, tengo miedo de volver allí…

– ¿Por qué?

– Porque están confabulados contra mí. Por favor, señor carcelero, póngame en otra celda.

– Que duerma con el preso condenado -dijo el policía que estaba en el centro a sus compañeros.

– ¿Quieres compartir lecho con un hombre condenado, Número Nueve?

– Lo que sea. Lo único que quiero es no volver con ellos.

– Muy bien, pero asegúrate de que no trata de suicidarse. Esa será tu tarea, por la cual recibirás un bollo extra en cada comida.

El condenado, de rostro cetrino perfectamente afeitado y unos ojos verdes que se encajaban en unas cuencas hundidas, aterrorizó a Gao Yang, que se encontró en su nueva celda sólo unos segundos antes de darse cuenta del terrible error que había cometido. Salvo por la presencia de un solo catre, la celda estaba amueblada únicamente con una esterilla de paja desvencijada. El condenado, esposado de pies y manos, se encontraba de cuclillas en una esquina y miraba amenazadoramente a Gao Yang, que asentía y hacía reverencias ligeramente.

– Hermano Mayor, me han enviado para hacerte compañía.

Los labios del condenado se abrieron en lo que se podría decir que era una sonrisa. Su rostro era del color del papel dorado, así como sus dientes.

– Ven aquí -dijo haciendo una inclinación con la cabeza.

Gao Yang se mostró receloso, pero las esposas le tranquilizaron: ¿cuánto daño podría hacerle un entramado de grilletes como ése? Se acercó con cautela al condenado, que sonreía y asentía con la cabeza, apremiándole a que se acercara cada vez más.

– Hermano Mayor, ¿quieres algo?

Apenas acababan de salir las palabras de la boca de Gao Yang cuando el condenado estiró el brazo y golpeó la cabeza de Gao asi.

Yang con la cadena de las esposas. Lanzando un grito de dolor, Gao Yang se desplomó y rodó por el suelo de la celda, seguido por el condenado, que saltó en su persecución, con el asesinato reflejado en sus ojos, rozando el suelo con sus esposas. Gao Yang se deslizó bajo sus brazos extendidos y se precipitó hacia la cama, impulsándose a continuación hacia la puerta cuando vio que aquel hombre le perseguía de nuevo. Y así siguieron doce veces aproximadamente, hasta que el condenado se desplomó sobre la cama y dijo apretando los dientes:

– No te acerques a mí o te arranco la cabeza de un mordisco. Como sé que voy a morir, me apetece llevarme a alguien por delante.

Gao Yang, agotado por el esfuerzo, se obligó a permanecer alejado aquella noche. La luz que había sobre su cabeza, que permanecía encendida las veinticuatro horas del día, le permitía experimentar cierta sensación de bienestar mientras se hacía un ovillo en el suelo junto a la puerta y dejaba la mayor distancia posible entre él y su compañero de celda.

Los ojos verdosos del condenado permanecieron abiertos durante toda la noche y cada vez que Gao Yang empezaba a dar cabezadas, se levantaba. Poco a poco, la amenaza del peligro agudizó los sentidos de Gao Yang: a la primera señal de traqueteo se ponía de pie como un resorte y se preparaba para tener otra confrontación.

Al amanecer, el condenado por fin apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Parecía como si ya hubiera muerto. Gao Yang recordó haber oído decir cuando era un niño lo tenebroso que es pasar la noche junto a un cadáver. Contaban que, en lo más profundo de la noche, cuando todo el mundo está dormido, los muertos se levantan para perseguir a los vivos, acechándolos hasta que canta el gallo, momento en el que por fin vuelven a descansar. Aquella noche había sido muy parecida a eso, salvo que pasar la noche con un cadáver podría proporcionarte una bonita suma de dinero, mientras que lo único que iba a conseguir por vigilar a su compañero de celda era un bollo extra a la hora de la comida. A este ritmo, pensó, dentro de un mes ya habré muerto.

Sintió un profundo arrepentimiento.

Anciano que estás en los cielos, sácame de aquí. Si lo haces, nunca más me voy a quejar, nunca más tne voy a pelear, nunca más voy a pedir ayuda, aunque alguien vierta una montaña de mierda sobre mi cabeza.

CAPÍTULO 17

Conciudadanos, el trabajo duro y el sudor nunca han perjudicado a nadie. Cavad pozos, extraed agua, combatid la sequía: regar el ajo hace que crezca un centímetro más cada noche. Cada centímetro es el oro que se convierte en dinero…

Extracto de una balada cantada por Zhang Kou, apremiando a los ciudadanos a combatir la sequía de abril.

La resplandeciente luna llena ascendía lentamente como una voluptuosa flor, transportando con sus rayos un intenso aroma de flores nuevas que se extendía sobre las vastas arboledas. La brisa seca y cálida, característica de abril, barría los campos.

No había caído una gota de lluvia desde hacía meses, y la tierra estaba tan deshidratada y agrietada como los labios de los campesinos. Las cosechas estaban cubiertas de herrumbre y los brotes de ajo recién nacidos tenían la cabeza colgada de abatimiento.

Las luces trémulas de las linternas salpicaban los campos allá donde los campesinos regaban a mano las cosechas de ajo. Gao Ma era uno de ellos. El agua del pozo estaba muy solicitada -no daba más de veinte cubos hasta que se volvía a secar- así que tenía que recorrer más de cien metros hasta una porción de tierra que cultivaba el anciano de barba gris Wang Changli para matar el tiempo mientras esperaba la siguiente remesa.

El pozo del anciano Wang estaba equipado con una manivela, pero el nivel del agua no superaba al de los demás. Se acababa de secar cuando apareció Gao Ma.

– Descansa un rato, Tercer Abuelo, y fúmate un cigarro -dijo Gao

Ma.

– Claro, ¿por qué no? -dijo el anciano, colocando con el pie su cubo de madera sobre el borde del pozo.

– ¿Qué te parece si me cuentas una historia? -Gao Ma lió un cigarrillo y se lo entregó al anciano Wang.

– ¿Y de dónde saco una historia? -dijo el anciano mientras daba una bocanada al cigarrillo, haciendo que la incandescencia riñera sus labios de un rojo intenso.

El agudo burbujeo del agua penetrando en el pozo ascendió para mezclarse con el sonido de un motor diésel que traqueteaba en la lejanía. Las hojas de las plantas de ajo regadas se extendían para atrapar los pálidos rayos de luna. Un cuervo que volaba cerca de la luna envió sus ruidosos graznidos hacia la tierra.

– ¿Alguna vez has estado en la bahía de la familia Zhang? -preguntó el anciano.

– No.

– Allí las ranas nunca croan.

– Y eso ¿por qué?

– Escucha, te lo voy a contar.

* * *

Los rayos de luna se extendieron a través de los barrotes de la ventana de la solitaria celda de castigo reservada para los malhechores peligrosos como Gao Ma.

* * *

Lina madre y su hijo vivían en la bahía de la familia Zhang. Se llamaba Zhang née Liu y su hijo se llamaba Nueve Cinco. El pequeño Nueve Cinco era más inteligente que los demás chicos, así que su madre salió a pedir limosna para pagar sus estudios. Pero Nueve Cinco, un pequeño muy travieso, siempre se estaba metiendo en problemas. Después de ponerles los deberes, su maestro tenía la costumbre de abandonar la clase cada día. ¿Por qué lo hacía? Como eso es una historia en sí misma, voy a empezar por ahí.

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