Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
La madre de uno de los alumnos, un muchacho llamado Nacido en Invierno, era extraordinariamente bella. Todo el mundo la llamaba Tapa de Tetera. Un día, el maestro preguntó a Nacido en Invierno:
– ¿Tu madre alguna vez piensa en mí, Nacido en Invierno?
Ese día, cuando volvió a casa, Nacido en Invierno dijo a su madre:
– Madre, el maestro quiere saber si alguna vez piensas en él.
Su madre sonrió pero no dijo nada. Pasaron los días y cada vez que el maestro veía a Nacido en Invierno, le hacía la misma pregunta. Y Nacido en Invierno iba a casa obedientemente y se la repetía a su madre. Un día, después de que, como era su costumbre, el maestro le hiciera la misma pregunta, y su alumno fuera a casa y se la repitiera a su madre, ella dijo:
– Dile a tu maestro que pienso mucho en él e invítale a venir mañana.
Al día siguiente, después de que el alumno le hubiera transmitido los deseos de su madre, el maestro les entregó rápidamente los deberes, dio media vuelta y salió corriendo de la clase. ¿Hacia dónde se dirigía? Pues a la casa de Nacido en Invierno, donde la madre del muchacho se encontraba sentada sobre el kang, con el rostro empolvado y el pelo grasiento. En cuanto clavó su mirada en ella, corrió como un gato persiguiendo a un ratón y comenzó a acariciarle los pechos y a besarle en la boca. Ella dejó que las manos del maestro corrieran libremente por su cuerpo hasta que éste trató de desabrocharle el cinturón, aunque él insistió hasta que estuvo desabrochado. Pero en ese momento llamaron a la puerta.
– ¡Oh, no! -exclamó ella-. ¡Es el padre de Nacido en Invierno!
El maestro estaba asustado como un conejo. ¿Qué podía hacer? Los golpes en la puerta cada vez eran más apremiantes.
– Maestro -dijo la madre de Nacido en Invierno-, hay una rueda de molino en la parte trasera de la habitación. Haz como si fueras un burro que da vueltas alrededor de la rueda de molino.
Preocupado únicamente por salvar el pellejo, el maestro aceptó la idea. En el centro de la habitación había una piedra de molino, tal y como había dicho la mujer. Sobre ella se habían extendido dos montones de maíz crudo, a la espera de ser molidos. Por lo tanto, agarrando el asa, comenzó a girar la piedra; no era ni demasiado grande ni demasiado pequeña, sino que tenía el tamaño exacto para un hombre adulto. A través de la puerta escuchó cómo la madre de Nacido en Invierno se bajaba lentamente del kang y abría la puerta a su marido, que preguntó:
– ¿Qué hacías aquí? ¿Cometiendo adulterio?
– ¡Cómo te atreves! -respondió ella indignada-. He pedido prestado un burro para que haga girar la piedra de molino ya que, como muy bien sabes, no nos queda harina.
– ¿Es un animal obediente? -preguntó él.
– Qué va, tardé siglos en subirlo a la piedra de molino -dijo ella con cara de enojo-. Por eso tardé tanto en abrir la puerta. ¡Y todavía me acusas de cometer adulterio!
– Espera aquí -dijo el padre de Nacido en Invierno-, que voy a dar una paliza a ese cabronazo de burro. Así te sentirás mejor.
El maestro, casi haciéndose sus necesidades en los pantalones, giró la rueda de molino con más rapidez.
– ¿Oyes eso? -dijo la madre de Nacido en Invierno-. El burro te ha escuchado y ha empezado a girar con mayor celeridad.
– Caliéntame una olla de vino -dijo el padre de Nacido en Invierno, y después de esto el maestro escuchó a la pareja reír, hablar en susurros y bromear sobre el kang. ¿Cómo podía describir la sensación que inundó su corazón: dulce, amarga, agria, picante? No estaba seguro, pero mientras estaba sumido en esos pensamientos, su movimiento se hizo más lento.
– Has tomado prestado a un burro perezoso -dijo el padre de Nacido en Invierno-. ¡Voy a entrar ahí a dar a ese cabrón una buena paliza!
Eso hizo que el maestro se pusiera de nuevo en marcha, volando literalmente alrededor de la piedra de molino.
– No hace falta -dijo la madre de Nacido en Invierno-. Acelera el ritmo cada vez que escucha tu voz.
El maestro, con el rostro empapado en sudor, giró la rueda de molino por la cuenta que le traía.
– Tapa de Tetera, como el chico no está en casa, vamos a divertirnos un poco -dijo el padre de Nacido en Invierno.
– ¿Por qué? ¡No seas impaciente! ¿Qué pasa si el burro nos oye?
– Voy a taparle las orejas -dijo el padre de Nacido en Invierno.
El azorado maestro casi volaba alrededor de la piedra de molino.
– No hace falta -dijo la madre de Nacido en Invierno-. Lo único que le preocupa es girar la piedra de molino. No le interesa lo que hacemos.
Por lo tanto, el maestro empezó a escuchar cómo se divertían, sintiendo esa extraña sensación que invade a los mudos cuando comen hierbas amargas y no pueden decir nada. Cuando dejaron de retozar, el padre de Nacido en Invierno dijo:
– Tengo que ir al campo que se encuentra en la cuesta del sur.
– Adelante -dijo la madre de Nacido en Invierno.
Y así hizo, cerrando la puerta tras de sí. El maestro se desplomó sobre el surco que había alrededor de la piedra de molino mientras la madre de Nacido en Invierno entró precipitadamente en la habitación.
– ¡Maestro, sal de aquí, rápido, vete mientras el padre de Nacido en Invierno está en el campo!
Y así hizo. Varios días después, Nacido en Invierno se acercó al maestro y le dijo:
– Maestro, mi madre dice que ha vuelto a pensar en ti.
El maestro agarró la mano del muchacho y la golpeó con su puntero.
– ¡Pequeño bastardo! -maldijo-. ¿Ya os habéis vuelto a quedar sin harina?
Gao Ma rió con fuerza durante un rato.
– ¡Por fin hay un maestro que sabe lo que es sufrir!
– Es cierto lo que dicen que el calor y el bienestar dan pie a los deseos más morbosos, pero el hambre y el frío producen pensamientos de latrocinio -dijo el anciano Wang-. Hace unos años, los ladrones y los rateros campaban a sus anchas, pero ahora ya no hay tantos como antes. Por otra parte, los casos de adulterio aumentan cada día. Si hubieras sido bueno y tuvieras hambre, hijo mío, Jinju hoy no tendría ese vientre.
– Tercer Abuelo -dijo avergonzado Gao Ma-, entre nosotros hay amor. Tarde o temprano nos casaremos.
El anciano sacudió la cabeza.
– Hijo mío, hay una nube cerniéndose sobre tu cabeza: la sangre se derramará dentro de un centenar de días. Ten cuidado y quédate en casa siempre que te sea posible.
– No creo en esas supercherías -dijo Gao Ma.
– Pues deberías hacerlo -dijo el anciano Wang crípticamente-. Esta primavera aparecieron dos soles en el cielo. Es una mala señal. El día de Año Nuevo vi la televisión en casa de Gao Zhileng y el hombre, o tal vez era una mujer, que salía en la pantalla cantó una canción que decía: Un gran fuego, un gran fuego, un gran fuego asóla una esquina del noreste. Eso también es una mala señal.
Gao Ma se dio la vuelta. Todo lo que dijo el anciano se había hecho realidad, reflexionó. Me he metido en un problema y hubo un incendio en el bosque del noreste. Con alguien enfermo en casa es fácil convertirse en creyente. El anciano sabe más de lo que pensaba.
– Bueno, volvamos a las cosechas -dijo el anciano Wang-. La próxima vez que el pozo se seque, hablaremos un poco más.
En aquella época, yo era feliz, recordó Gao Ma, y cuando pensó en el maestro girando la piedra de molino, casi se vuelve a echar a reír. Había medio metro de agua en el fondo del pozo. La recogía para regar mi cosecha de ajo. Los brotes jóvenes estaban verdes bajo la luna llena, que parecía ser más pequeña y brillante de lo normal. El aire era fresco y limpio, los brotes de ajo relucían como el azogue y el agua plateada bajaba por los canales de riego. Para mí, ese ajo lo era todo. Pero ahora ya no me queda nada.