Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– Querido maestro, tu esposa ha repetido algo que ha enojado al Emperador de Jade, quien ha enviado al Príncipe Celestial Li y a su hijo a quitarle a tu querido yerno sus huesos imperiales y a sustituirlos esta misma noche por unos huesos de tortuga durante la tercera guardia. Di a tu querido yerno que debe apretar los dientes y soportar el dolor, por muy grande que éste sea, y que no debe gritar bajo ninguna circunstancia. De ese modo, podrá conservar su dorada boca y sus dientes de jade. Si lanza un solo grito, hasta sus dientes se convertirán en los de una tortuga. Los misterios del Cielo no se deben divulgar. Por favor, informa a tu querido yerno que debe tener cuidado con lo que dice.
Después de asegurarse de que su mensaje fuera comprendido, el Dios de la Ciudad montó sobre el viento y se fue en él. Esta vez, el maestro se despertó empapado en sudor. Sabiendo que no se trataba de una falsa alarma, informó inmediatamente a Nueve Cinco de que aquella misma noche, por mucho dolor que pudiera sentir, tenía que apretar los dientes y no lanzar ningún grito. Nueve Cinco, que era más inteligente que los demás, lo comprendió al instante. Aquella noche, tal y como se esperaba, su cuerpo fue sometido a un dolor insoportable pero, recordando la amonestación de su maestro, apretó los dientes y no dejó escapar sonido alguno. El maestro, enojado con los sueños de favor imperial que albergaba su esposa, se sintió tentado a estrangularla, pero no se atrevió a hacerlo. En cuanto a Nueve Cinco Zhang, conservó su boca dorada y sus dientes de jade. Entonces, un día de verano, mientras se encontraba sentado bajo un árbol leyendo un libro, su paz se vio interrumpida por las ranas que croaban en la bahía.
– ¡Dejad de croar! -dijo-. ¡De lo contrario, os pongo panza arriba!
Las ranas de la bahía de la familia Zhang no han vuelto a croar desde aquel día y cada vez que una de ellas siente la necesidad de romper su silencio, en cuanto el más mínimo sonido escapa de su boca, la rana se pone panza arriba.
– Supongo que una boca dorada y unos dientes de jade son algo tan poderoso como dicen -bromeó entre risas Gao Ma-. Tercer Abuelo, ser Emperador no es tan sencillo como parece. No eres libre para decir lo que quieras, como hacemos nosotros.
– Eso es verdad -asintió el Tercer Abuelo-. El Hijo del Cielo no puede bromear alegremente.
– Pero no creo en absoluto que si el Emperador ordenara que los caballos tuvieran cuernos, o que a las vacas les salieran escamas, o que los gallos pusieran huevos, o que las gallinas cantaran, eso llegaría a suceder.
– En esas materias algunos hablan y otros obedecen -insistió el Tercer Abuelo-. Como entre los labios del Emperador nunca se desliza una palabra sin sentido, si dijera que tuvieran cuernos, ningún caballo se atrevería a desobedecer. Si quieres un ejemplo más próximo, mira a nuestro secretario Wang. Un secretario municipal del partido ni siquiera es un oficial de grado siete, pero viéndole cómo se pavonea, si dijera que sólo tiene siete dientes, ¿quién se iba a atrever a abrirle la boca para comprobarlo?
Después de hacer una pausa para pensar, Gao Ma dijo:
– En eso tienes razón.
– Hermano Mayor Gao Ma -dijo Jinju malhumorada-, háblame de tu relación con la concubina del jefe de personal.
– No era la concubina del jefe de personal, sino la concubina del comandante del regimiento.
– Entonces, háblame de la relación que tuviste con ella
– Pues verás, ella quería casarse conmigo, pero nunca llegué a acostumbrarme a lo mal que le olía el aliento o a cómo hacía pucheros. No sentía ni una pizca de amor por ella -dijo Gao Ma avergonzándose al pronunciar la palabra «amor»-. Supuse que era mi billete para ascender al cargo de oficial. Yo los odiaba, pero no era mejor que ellos y no me merecía el ascenso.
– ¿Y qué me dices del amor que sientes por mí? ¿Es real o fingido?
– ¿Todavía me lo preguntas después de todo lo que hemos pasado juntos?
– Si te hubieran ascendido a oficial del ejército, lo más probable es que no te hubieras enamorado de mí.
– Si me hubieran ascendido a oficial, me habría convertido en una mala persona.
– ¿Te habrías casado con la concubina del comandante del regimiento?
– Escucha. Mi orden de ascenso ya estaba aprobada, así que dejé a la concubina del comandante del regimiento. Después de todo, iba a conseguir lo que quería. ¿Y sabes qué sucedió? Pues que el comandante del regimiento rompió en mil pedazos la orden de ascenso.
– ¡Muy bien hecho! -dijo Jinju entre dientes.
– Sí no lo hubiera hecho, no me habría convertido en tu hombre.
– Ah, ya veo. ¡Soy un plato de segunda mesa! -espetó Jinju mientras se deshacía en lágrimas, sintiéndose terriblemente agraviada.
Gao Ma le pasó las manos por los hombros en un intento por consolarla.
– No llores. ¿Quién no ha sido culpable alguna vez de un pecado de juventud? Sólo quiero vender mi cosecha lo antes posible y dar a tus despiadados padres el dinero que me exigen para conseguir tu mano y así poder vivir juntos y en paz. ¿Convertirme en oficial? ¿Para qué? ¿Para vender mi conciencia? Eso es lo que te obligan a hacer.
– Número Cincuenta y Uno, hemos oído que tú y la muchacha Fang Jinju, originaria de esta aldea, habéis tenido un romance. ¿Es eso cierto?
La pregunta procedía de un interrogador de cara pálida que se encontraba sentado sobre el catre de Gao Ma. Éste estaba sentado en la esquina lanzando una mirada furibunda al hombre, que sonrió y dijo:
– Por lo visto, tú también me odias. Escucha, joven, eres demasiado extremista en tus juicios. En el partido y en el gobierno hay muchos oficiales decentes.
– Los cuervos siempre son negros, estén donde estén.
– Trata de ser un poco más sensato, muchacho. No estoy aquí para discutir contigo. A decir verdad, estoy de tu parte. Confía en mí. Te aconsejo que no lances piedras contra tu propio tejado.
– Es suficiente con pasar media vida siendo una babosa -dijo Gao Ma.
El interrogador sacó un paquete de cigarrillos.
– ¿Fumas?
Gao Ma sacudió la cabeza. El interrogador encendió uno y dejó que colgara entre sus labios mientras rebuscaba entre unos papeles llenos de notas escritas a lápiz.
– He estudiado tu caso a fondo -dijo-. Incluso he hecho una visita de reconocimiento a tu aldea. Quiero que comprendas que lo que hiciste en el recinto gubernamental del Condado el día veintiocho de mayo, destruir dos teléfonos, prender fuego a una pila de expedientes y golpear aun mecanógrafo, fue un delito, así que tu arresto está justificado. Y antes de que se produjera el incidente incitaste a la multitud a que se amotinara. Algunos dicen que esa actividad contrarrevolucionaria tenía como objetivo destruir el orden social, y por eso debes ser castigado.
– ¿Es lo bastante grave como para que me dispares?
– No. Quiero un relato detallado de tu relación con Fang Jinju. Desde mi punto de vista, el trágico romance que tuvisteis fue un factor importante en tu criminalización.
– ¡Te equivocas! ¡Os odio a todos! ¡Cómo me gustaría poder despellejar a todos los oficiales corruptos!
– ¿No quieres mi ayuda?
– ¡Quiero que me dispares!
El interrogador se marchó mientras sacudía la cabeza. Gao Ma le escuchó decir a alguien:
– Ahí hay un hombre que tiene la mente confusa.
CAPÍTULO 18
Llamarme contrarrevolucionario es una mentira abominable: yo, Zhang Kou, siempre he sido un ciudadano respetuoso con la ley. El Partido Comunista, que nunca tuvo miedo de los diablos japoneses, ¿ahora no se atreve a escuchar a su propio pueblo?