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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Sorprendida, la señora Zhang née Liu respondió:

– Querido maestro, ¿cómo podríamos aspirar, una humilde viuda y un muchacho sin padre, a establecer un parentesco contigo?

– Cuñada Mayor, tus palabras me honran. Mañana traeré a mi hija y podremos celebrar la ceremonia.

La madre Zhang derramó lágrimas de agradecimiento. Luego fue a casa y se lo contó a Nueve Cinco, que ya conocía la espectacular belleza de la hija de su maestro. No tuvo palabras suficientes para agradecérselo. Al día siguiente, fueron desposados: un alumno dotado y una belleza llena de talento. Las perspectivas de la nueva pareja eran infinitas. Lo que pasó aquella noche lo dejo en manos de tu imaginación, pero desde ese día en adelante, Nueve Cinco Zhang se entregó en cuerpo y alma a sus estudios. Entonces, un día llevó a su amada a quemar incienso al Templo del Dios de la Ciudad, y allí el muchacho observó que sobre el altar había un pincel para escribir y un papel. Tentado a utilizar el pincel, lo cogió y anotó: «Dios de la Ciudad, Dios de la Ciudad, has de partir rápidamente hacia Luoyang. Sal esta misma noche y regresa mañana». A continuación, depositando el pincel sobre el altar, abandonó el templo y regresó a casa con su esposa. Aquella noche su maestro soñó que veía al Dios de la Ciudad transportando una botella de licor Maotai. Vamos, ¿de dónde iba a sacar una botella de Maotai? ¡Sólo la estoy utilizando como ejemplo para adornar la historia! También llevaba la cabeza de un cerdo.

«Estimado Ministro -dijo-, te ruego que intercedas ante el Emperador en el caso de este insignificante Dios de la Ciudad. Consigue que se retracte del edicto imperial que me ordena partir hacia Luoyang esta misma noche y regresar mañana por la mañana. Dime, señor, ¿cómo puedo preparar un viaje de mil kilómetros en un solo día?». El maestro se despertó agitado por este inesperado acontecimiento. Ah, no era más que un sueño. Se frotó los ojos y se puso de pie. Pero, después de encender la lámpara, entró en la habitación de al lado, donde vio una botella de licor Maotai sobre la estufa, junto a una cabeza podrida de cerdo. Se pellizcó en el muslo y se mordió un dedo y ambos le dolieron. Así que alargó el brazo para tocar la cabeza de cerdo y agitar la botella de licor. Ambas cosas eran reales. Pensando que todavía estaba soñando, despertó a su esposa y le dijo que fuera a ver si la botella de licor y la cabeza de cerdo eran reales. «Esposo -dijo-, sabías que apenas nos queda arroz para comer mañana, ¿cómo se te ocurre gastarte el dinero en estos lujos?». Incapaz de contener su delirio, le contó todo a su esposa, olvidando que los misterios del Cielo no se deben divulgar.

* * *

Una vez más, el sonido burbujeante del agua emanó del pozo.

– Es hora de volver a regar las cosechas, hijo mío -dijo el anciano Wang-. Ya vuelve el agua.

– Acaba tu historia, Tercer Abuelo -suplicó Gao Ma-. No me dejes con la intriga.

– Calma, hijo mío. Sé paciente. Nunca acabes un buen alimento de un solo bocado ni cuentes una buena historia de un tirón.

– ¿De verdad odias tanto el socialismo? -preguntó el policía.

– Lo que odio no es el socialismo, sino a vosotros. Para vosotros el socialismo no es más que una etiqueta, pero para mí es una formación social concreta, y no algo abstracto. Está encarnada en la posesión pública de los medios de producción y en un sistema de distribución.

Desgraciadamente, también está encarnada en oficiales corruptos como vosotros. ¿Acaso no es cierto? -preguntó Gao Ma.

El policía, que se sentía tan irritado como él, golpeó la mesa y dijo:

– Gao Ma, te estoy interrogando como oficial del juzgado. ¡No estamos en un concurso de debates! Estoy esperando a que confieses cómo incitaste a las masas a golpear, destrozar y saquear y cómo te sumaste a ellas en esta actividad criminal. Primero fuiste un soldado, luego un veterano. ¡Pero te has convertido en un delincuente común que se resistió a ser detenido y emprendió la fuga, aunque al final caíste en nuestras garras!

– Ya te he dicho que puedes dispararme o enterrarme vivo, no me importa. Odio a los oficiales como vosotros que, bajo la apariencia de estar abrazando la bandera del Partido Comunista, destruyen su reputación. ¡Os odio a todos!

* * *

Era más tarde de la medianoche. Los campesinos regaban sus cosechas bajo una luna cada vez más brillante, cada vez más clara, que iba adquiriendo un aspecto cada vez más espectral. Las linternas se difuminaban y oscurecían bajo los luminosos rayos de la luna.

Gao Ma alargó un cigarrillo al anciano Wang, que recuperó el hilo de su relato.

* * *

El maestro hizo lo que nunca debería haber hecho: reveló a su esposa el futuro imperial de Nueve Cinco Zhang. Muchos de los grandes acontecimientos mundiales se han echado por tierra por culpa de las mujeres que, al igual que los perros, son capaces de comer mantequilla pero no pueden mantenerla en la boca. Imagina los pensamientos que corrieron por su cabeza cuando escuchó que su yerno estaba destinado a convertirse en el Hijo del Cielo. Su hija sería Emperatriz, y eso le convertiría a ella en Emperatriz Madre, una relación con la realeza que jamás se podría romper: más riquezas y honores de los que podría llegar a calcular, más sedas y satenes de los queja- más podría vestir y más delicias y exquisiteces de las que jamás podría llegar a comer. Perdió el contacto con la realidad. Pero ésa es otra historia. Al día siguiente, el maestro acudió al Templo del Dios de la Ciudad, donde se dirigió directamente al altar, cogió el pedazo de papel que había escrito Nueve Cinco Zhang y, sin decir una palabra a nadie, lo guardó en la manga y se lo llevó a casa.

– ¿Has escrito esto, querido yerno? -preguntó a Nueve Cinco Zhang.

– Así es -respondió éste ruborizado.

– Hay por lo menos quinientos kilómetros desde aquí a Luoyang -dijo el maestro-, un viaje de ida y vuelta de un millar de li. ¿Cómo va a recorrer esa distancia en un solo día?

– Sólo estaba divirtiéndome un poco -protestó Nueve Cinco.

– Bueno, será mejor que escribas otro pedazo de papel para ahorrarle el viaje -dijo el maestro.

Así pues, Nueve Cinco cogió el pincel y escribió en un pedazo de papeclass="underline" «Dios de la Ciudad, Dios de la Ciudad, no es necesario que vayas a Luoyang. Acuéstate después de haber disfrutado de una copiosa comida y que tengas salud». Aquella noche el Dios de la Ciudad se apareció en sueños al maestro.

– Mi más sincero agradecimiento por interceder en mi nombre -dijo-, por ello, quiero darte este cordero asado y este delicioso vino.

Tal y como sucediera antes, cuando el maestro se despertó y fue a la habitación contigua: sobre el fogón le esperaban un cordero asado y una botella de delicioso vino.

* * *

Un meteorito pasó a toda velocidad en dirección a la tierra, arrastrando tras de sí su llameante cola. El anciano Wang continuó con su relato; la suegra de Nueve Cinco aquel día mantuvo una disputa con una vecina y en el calor de la refriega se olvidó de la promesa que hizo a su marido de guardar el secreto.

– Para tu información -dijo-, mi yerno es el futuro Hijo del Cielo y en cuanto monte sobre el Trono del Dragón, haré que os corte a todos la cabeza, uno por uno.

Tomándoselo como una amenaza sin sentido, su vecina dijo: -Todo el mundo sabe que ese escuálido mono de yerno que tienes no posee un solo hueso en el cuerpo que sea digno de un Emperador. Y, aunque lo tuviera, con una suegra de corazón oscuro y manos torpes como tú, el Anciano que está en el Cielo repondría inmediatamente esos huesos.

Un espíritu que pasaba por allí, tras escuchar ese airado comentario, corrió a informar al Emperador de Jade, que se enojó tanto que ordenó al Príncipe Celestial Li y a su hijo Nuozha que bajaran a reemplazar los huesos de Nueve Cinco. Aquella tarde, el Príncipe Celestial Li y su hijo llegaron al Templo del Dios de la Ciudad, donde fueron agasajados con un banquete, en el cual el Príncipe Celestial Li bebió un poco más de la cuenta y dejó escapar la razón por la que había venido. Recordando con gratitud la rectificación del edicto imperial de Nueve Cinco Zhang, el Dios de la Ciudad se apareció al profesor en sueños y dijo:

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