Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
Las manos de sus hijos estaban tan cubiertas de sangre y visceras que los cuchillos se les resbalaban, así que se las limpiaron en el suelo; los amarillos granos de arena que se pegaban en las manos parecían pequeñas pepitas de oro. Las moscas del recinto gubernamental, atraídas por el olor, llegaban revoloteando y se posaban sobre el cadáver de la vaca, arrastrándose por encima de ella. Número Dos las aplastó con el dorso de su cuchilla. Mientras tanto, Cuarta Tía pidió a Jinju que cogiera su desgastado abanico para evitar que las moscas se posaran sobre el rostro de Cuarto Tío y produjeran más gusanos.
El sonido de los pájaros mientras volaban por encima de sus cabezas rompió el silencio. Los oscuros nichos de la pared eran el hogar de los ojos verdosos y de los jadeos agitados de las criaturas salvajes.
Alrededor de la medianoche los hermanos por fin acabaron de desollar la vaca. El animal había quedado en carne viva, salvo en las cuatro pezuñas, y ofrecía un aspecto que recordaba al de un hombre desnudo que sólo llevara un par de zapatos. Número Dos vació un cubo de agua sobre el animal despellejado; a continuación, los chicos se sentaron en cuclillas a su lado y sacaron un cigarrillo. Cuando terminaron de fumar, comenzaron el proceso de carnicería.
– Ahora despacio -dijo Número Uno-. No dañemos los órganos.
Número Dos realizó una incisión en el abdomen, y las entrañas del animal se desparramaron, junto al ternero nonato. Un hedor caliente y apestoso invadió los orificios nasales de Cuarta Pía mientras los gritos de los pájaros inundaron el cielo por encima de sus cabezas.
Después de evacuar la larga espiral de intestinos, Número Dos estaba decidido a deshacerse de ellos, pero Número Uno se lo impidió diciendo que, si se limpiaban a fondo, iban bien con vino. Por lo que se refiere al ternero, declaró que un feto bovino nonato tenía propiedades medicinales y que la gente se enriquecía vendiéndolo como bálsamo de útero de ciervo.
No estés tan triste, Cuñada. ¿Dices que te han caído cinco años? Bueno, ya verás cómo pasan volando y, cuando llegue el momento de salir, tu hijo será un miembro útil para la sociedad.
– Es mejor ser un asesor militar que un repartidor de la propiedad -dijo Gao Jinjiao, el jefe de la aldea-. ¿Por qué yo? «Los oficiales que no solucionan los problemas del pueblo deberían quedarse en casa a plantar boniatos». Muy bien, oigamos lo que cada uno de vosotros tiene que decir y limitémoslo al presente.
– Director -dijo Número Uno-, queremos que dividas las propiedades.
Así pues, Gao Jinjiao comenzó.
– Tenéis una casa de cuatro habitaciones. Una para cada hermano y dos para Cuarta Tía. Cuando ella muera, y no es mi intención hacerle sentir mal, Cuarta Tía, pero la verdad no siempre es agradable, cada uno de vosotros recibirá una de sus habitaciones. Una es más grande que la otra y la pequeña incluye la puerta de entrada y el arco que se extiende por encima de ella. Los utensilios de cocina se dividirán en tres partes; más tarde, haréis lotes para ver quién se queda con cada parte. Los daños ocasionados a Cuarto Tío y a la vaca ascienden a tres mil seiscientos yuan, que al dividirlos da un resultado de mil doscientos para cada uno. Hay mil trescientos yuan en el banco, así que cada hijo percibe cuatrocientos y Cuarta Tía percibe quinientos. Cuando Gao Ma entregue los diez mil yuan, la mitad ir; a parar a Cuarta Tía y la otra mitad se dividirá en partes iguales entre los dos hermanos. Cuando Jinju se case, Cuarta Tía se hará responsable de la dote. Vosotros, chicos, podéis echarle una mano, pero nadie está obligado a hacerlo. Vuestros almacenes de grano se dividirá en tres partes y media, siendo Jinju la que reciba esa media. Cuando Cuarta Tía llegue a una edad en la que no pueda cuidar de sí misma tendréis que hacer turnos para ocuparos de ella, os alternáis cada mes o cada año, como queráis. Eso es todo. ¿Me he olvidado de algo?
– ¿Qué pasa con el ajo? -preguntó Hermano Mayor.
– Divididlo también en tres partes -respondió Gao Jinjiao- Pero no sé si Cuarta Tía, con la edad que tiene, podrá ir al mercado y vender su parte. Número Uno, ¿por qué no añades su cuota a la tuya y la vendes en el mismo mercado, dividiendo luego los beneficios?
– Director, esta pierna mía…
– Muy bien, entonces, ¿lo harás tú, Número Dos?
– Si él no lo hace, ¡ni pensarlo!
– Estamos hablando de vuestra madre, no de una completa desconocida.
– No necesito su ayuda. ¡Lo venderé yo misma! -proclamó Cuarta
Tía.
– Eso lo soluciona todo -dijo Número Dos.
– ¿Alguna cosa más? -preguntó Gao Jinjiao.
– Recuerdo que tenía una chaqueta nueva -dijo Número Uno.
– No se te pasa nada por alto, ¿verdad, pequeño bastardo? -espetó Cuarta Tía a su hijo-. Esa chaqueta es para mí.
– Recuerda lo que dice el refrán-protestó Número Uno-: Con la chaqueta del padre y las ataduras de la madre, la siguiente generación encuentra riqueza. ¿Para qué quieres conservar su chaqueta?
– Como estamos dividiendo las cosas, hagámoslo bien -comentó Número Dos.
– La mayoría manda -declaró Gao Jinjiao-. Será mejor que la saques, Cuarta Tía.
Ella abrió un viejo y desvencijado cajón y sacó la chaqueta.
– Hermano -dijo Número Uno-, ahora que hemos dividido todas las propiedades de la familia, mi soltería queda establecida para siempre. Como para ti resulta sencillo encontrar una esposa, entiendo que debería quedarme con la chaqueta.
– Querido hermano -replicó Número Dos-, puedo comer mierda, pero eso no significa que me guste su sabor. Como estamos dividiendo las propiedades de la familia, tenemos que ser justos. Nadie debería salir mejor parado que los demás.