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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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El director adjunto Pang se dio la vuelta para entrar corriendo en el edificio.

– ¡Detenedle! -gritó alguien-. ¡Va a llamar a la policía!

La pesada cancela se agitó violentamente mientras las personas que estaban en primera fila se estrellaron contra ella. Palos, puños, pies, hombros, ladrillos y azulejos se convirtieron en armas mientras la puerta comenzó a ceder al asalto.

– ¡Derribad el edificio! ¡Si el administrador del Condado no viene a hablar con nosotros, iremos a buscarle!

Emitiendo un último suspiro, el cierre cedió y la puerta se abrió violentamente ante una marea emergente de personas. El pobre Gao Yang fue empujado por la multitud, incapaz de ofrecer resistencia. No había arrojado un solo manojo de su precioso ajo y le preocupaba que su burro pudiera haber sido pisoteado. Pero ni siquiera le fue posible mirar hacia atrás.

La multitud le llevó en volandas, con los pies apoyados a duras penas en las baldosas octogonales de cemento que cubrían el suelo. Mientras pasaba junto a la fuente sintió que su rostro se humedecía con un rocío helador. La multitud penetró en el edificio de oficinas, donde un fuerte bullicio retumbaba a través del suelo enlosado, compuesto por el crujiente sonido de los cristales rotos, el ruido sordo de los armarios astillados y los gritos de las mujeres aterrorizadas. Una sensación de éxtasis se mezcló con la ansiedad que sentía Gao Yang mientras veía la destrucción de unos lujosos enseres que le producían sensaciones de envidia y de odio. A modo de tentativa inicial, cogió un cactus en flor que se encontraba plantado en un pequeño jarrón rojo y rosa y lo lanzó contra una ventana cuyo cristal estaba pulido hasta relucir. Se partió sin el menor ruido, permitiendo que el jarrón y su contenido lo atravesaran lentamente. Corrió hacia la ventana justo a tiempo para ver cómo el jarrón rojo y rosa, el cactus verde y los pedazos de cristal roto danzaban y rebotaban por el suelo de hormigón. El jarrón se rompió y los pétalos separados se esparcieron por todas las direcciones. Era un espectáculo gratificante. A continuación, volvió sobre sus pasos, cogió una pecera ovalada y admiró por unos instantes el regordete pez naranja y negro que había dentro de ella. El agua agitada y los repugnantes excrementos que emanaban del fondo alarmaron a los habitantes de la pecera, que comenzaron a chapotear frenéticamente, soltando un hedor a pescado que le resultó enormemente desagradable. La arrojó contra otra ventana, que también se desintegró lentamente mientras corrió para ver cómo la pecera se precipitaba al suelo, seguida por algunas gotas relucientes de agua y por las salpicaduras de algunos pedazos de cristal. El pez naranja y negro nadó en mitad del aire. Cuando se golpeó con el suelo de hormigón, la pecera se hizo pedazos sin emitir un solo ruido.

Trastornado por la imagen del pez de colores aleteando sobre el suelo de hormigón, levantó la mirada y vio que la plaza estaba abarrotada de personas y de animales, todos ellos en movimiento. Su burro y su carromato estaban lejos del alcance de su vista, advirtió con preocupación. Multitud de personas penetraron en el recinto, mientras una falange de la policía armada vestida con uniformes blancos emergió de un callejón que se extendía al este de la plaza y se abalanzó sobre ellos como los tigres sobre un rebaño de ovejas, agitando sus porras para abrirse camino hacia el recinto. Gao Yang se apartó de la ventana, concentrándose en salir de allí con la mayor rapidez que sus piernas le permitían. Pero estaba bloqueado por docenas de personas que se apiñaban en el interior de la oficina. No podía creer lo que veían sus ojos cuando encontró a Cuarta Tía Fang, que se había colado caminando con sus pequeños pies. Un joven vestido con un chaleco blanco y con el logotipo de un ancla gritó:

– ¡Ésta es la oficina del administrador del Condado! ¡Vamos a por él!

¡Oh, Dios mío!, pensó Gao Yang, mientras el grito del joven le golpeó como un rayo. ¡La oficina del administrador del Condado! Era su jarrón, su pecera, sus ventanas. Habría salido volando si hubiera podido, pero había demasiados palos y porras agitándose en el aire entre él y la puerta. Jarrones con plantas exóticas se despegaron del suelo y comenzaron a salir volando por las ventanas como si fueran obuses. Una riada de gritos y maldiciones se escuchaba abajo, lo que significaba que uno de ellos debía haber alcanzado a alguien.

Los rollos de papel fueron arrancados de las paredes y un compañero joven incluso destrozó un armario con una pesa, haciendo que documentos, archivos y libros se amontonaran sobre una pila. A continuación, utilizó la misma pesa para destrozar dos teléfonos que había sobre la mesa.

Mientras tanto, Cuarta Tía agarraba todo lo que veía, incluyendo algunas cortinas de satén verdes, que derribó de un tirón y comenzó a rasgar, como si estuviera arrancando el pelo a alguna rival.

– ¡Devolvedme a mi marido! -gritó entre lágrimas-. ¡Quiero que me devuelvan a mi marido!

Mientras los campesinos desvalijaban los cajones del escritorio, el joven comenzó a utilizar la pesa para destrozar el cristal que lo cubría, así como el cenicero de metal. El administrador del Condado había huido con tanta rapidez que su cigarrillo todavía humeaba en el cenicero. Cuando avistó una lata de cigarrillos de ginseng y una caja de cerillas sobre el escritorio, el joven colocó uno de los cigarros entre sus labios y anunció.

– Voy a probar el trono del viejo magistrado.

Se sentó en la silla de junco del administrador del Condado, echó la espalda hacia atrás, encendió el cigarro y cruzó los pies sobre la mesa; daba la sensación de estar muy satisfecho de sí mismo, mientras los demás campesinos pelearon por conseguir los restantes cigarrillos. Cuarta Tía, que había hecho una pila con las cortinas rasgadas, los rollos de papel y los archivos, encendió una cerilla que encontró en la caja que había sobre la mesa y la acercó a las cortinas de satén, que comenzaron a arder al instante. Entre bocanadas de humo, el papel comenzó a prenderse, enviando lenguas de llamas que serpenteaban por los armarios destrozados que había junto a la pared. A continuación, se postró de rodillas, golpeó la cabeza contra el suelo haciendo una reverencia y murmuró:

– ¡Esposo mío, he vengado tu muerte!

El fuego se propagó rápidamente, obligando a los campesinos a dirigirse al vestíbulo. Mientras salía por la puerta, Gao Yang agarró a Cuarta Tía y le gritó:

– ¡Corre, si quieres salvar la vida!

El denso humo que ascendía por el vestíbulo indicaba que más de una oficina había sido incendiada. Todo temblaba, tanto el techo que se cernía sobre sus cabezas como las escaleras que se extendían a sus pies. La gente corría y clamaba por sus vidas. Mientras Gao Yang sacaba a Cuarta Tía hasta la entrada, pensó en el pez naranja y negro, pero sólo durante un breve instante, ya que con un millar de cabezas y el doble de piernas luchando por abrirse paso en un espacio muy reducido, cualquiera que tropezara tenía por seguro que iba a ser pisoteado, puesto que ya se podían oír algunos gritos. Sujetó la mano de Cuarta Tía con fuerza y salieron virtualmente a volandas del complejo, pasando por delante de los rostros difuminados de siete u ocho policías.

– ¿Fuiste tú el que encabezó la multitud que demolió la oficina del administrador del Condado?

– Señor carcelero, no sabía que fuera su oficina… Me detuve en cuanto lo descubrí -dijo de rodillas.

– ¡Siéntate como Dios manda! -ordenó el policía bruscamente-. ¿Quieres decir que si hubiera sido la oficina de otra persona habría estado bien destrozarla?

– Señor carcelero, no sabía lo que hacía. Me dejé llevar por la muchedumbre… Toda mi vida he sido un ciudadano modelo. Nunca he hecho nada malo.

– Supongo que si no fueras un ciudadano tan modelo habrías prendido fuego a la Sede Central del Estado -dijo el policía irónicamente.

– Yo no inicié el incendio. Lo hizo Cuarta Tía.

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