Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– Una sola chaqueta y los dos la queréis -comentó Gao Jinjiao-. ¿Se os ocurre alguna idea? No sé qué hacer, salvo cortarla en dos partes iguales.
– Entonces, la única solución es dividirla en dos mitades -concluyó Número Dos.
Recogiendo la chaqueta, la extendió sobre un tocón de madera, entró a por la cuchilla y rajó la chaqueta por la mitad; Cuarta Tía le miró fijamente y los ojos se le llenaron de lágrimas. Después, apretando los dientes con el fuego de la determinación grabado en sus ojos, el hermano menor cogió las dos mitades y arrojó una a su hermano.
– Una mitad para ti y otra para mí -dijo-. Ahora estamos iguales.
Jinju, desdeñosa, cogió un par de zapatos raídos.
– Eran de nuestro padre. ¡Uno para ti y otro para ti!
Y arrojó un zapato a cada uno de sus hermanos.
CAPITULO 16
Detenedme si eso es lo que deseáis… Alguien me leyó en voz alta el Código Penaclass="underline" Los delincuentes ciegos reciben un tratamiento indulgente. No cerraré la boca sólo porque me metas en la cárcel…
Extracto de una balada cantada por Zhang Kou justo después de que un policía le golpeara en la boca con una porra eléctrica. El incidente tuvo lugar en un pequeño callejón situado en una esquina del complejo del gobierno del Condado el veintinueve de mayo de 1987.
Un carcelero le condujo por el pasillo mientras otro avanzaba detrás de él y a su derecha, apretando la boca de un rifle contra sus costillas. Delante de cada celda había una puerta de metal gris con una pequeña abertura y la única diferencia que se apreciaba entre ellas eran los números arábigos que había encima de las puertas y los rostros que asomaban a través de las pequeñas aberturas. Estaban hinchados, grotescamente aumentados, eran los rostros de fantasmas vivientes. Se encogió de hombros. Cada paso suponía una tortura. Detrás de una de las ventanas una presidiaría reía ruidosamente.
– Carcelero, ahí van veinte centavos, cómprame unas compresas, ¿quieres?
El carcelero respondió enfadado con un insulto.
– ¡Puta!
Cuando Gao Yang se giró para ver el aspecto que tenía la mujer, sintió un golpe del rifle.
– ¡Sigue avanzando!
Cuando llegaron al final del pasillo, atravesaron una puerta de acero y ascendieron por una estrecha y desvencijada escalera. Los zapatos de cuero del carcelero resonaban sobre los peldaños de madera, mientras las pisadas de los pies descalzos de Gao Yang apenas eran audibles. La madera cálida y seca tenía un tacto mucho más agradable para los pies que el suelo húmedo y resbaladizo de hormigón del pasillo. Siguió ascendiendo, sin que sus ojos vieran el final de la escalera. No tardó en perder las fuerzas y, como la escalera se enroscaba y se empinaba cada vez más, comenzó a sentirse mareado. Si no fuera por el carcelero que tenía a su espalda, que no dejaba de golpearle silenciosamente con su rifle, habría caído en redondo como un perro moribundo extendido sobre tantos escalones como hubieran sido necesarios para soportar su cuerpo. Su tobillo dañado latía como si fuera un corazón; la piel que lo rodeaba estaba tan hinchada que resultaba imposible percibir el hueso del tobillo. Le quemaba y le dolía. Querido Anciano que estás en el Cielo, por favor, no permitas que se infecte, murmuró rezando en silencio. ¿Aquella mujer aristócrata estaría dispuesta a abrirlo y a limpiar el pus? Ese pensamiento le hizo recordar el aroma que desprendía su cuerpo.
Entró en una amplia habitación con el suelo de madera pintado de rojo. La blanca escayola asomaba a través de la pintura verde desprendida de las paredes. Los rayos de sol caían directamente desde el techo sobre cuatro porras eléctricas. Las mesas se alineaban a lo largo de la pared norte y un carcelero masculino y dos femeninas estaban sentados detrás de ellas. Una de las mujeres tenía el rostro como una flor de caqui recién cortada del jardín. Gao Yang reconoció las palabras que aparecían pintadas en la pared que se extendía a su espalda.
Un carcelero le ordenó que se sentara en el suelo, gesto que inmediatamente agradeció. A continuación, le pidieron que estirara las piernas por delante del cuerpo y apoyara sus manos esposadas sobre las rodillas, y así lo hizo.
– ¿Te llamas Gao Yang?
– Sí.
– ¿Edad?
– Cuarenta y uno.
– ¿Ocupación? -Campesino. -¿Antecedentes familiares? -Pues… verá… Mis padres eran terratenientes… -¿Tu familia comparte la política del gobierno? -Sí. Clemencia para los que confiesan, severidad para los que se niegan a hacerlo. No estar limpio conlleva un grave castigo.
– Muy bien. Ahora cuéntanos las actividades delictivas que llevaste a cabo el veintiocho de mayo.
El veintiocho de mayo, las nubes oscuras cubrían el cielo mientras Gao Yang guiaba a su burro, que estaba más escuálido que nunca después de cargar hasta la extenuación un día tras otro ochenta fardos de ajo marchito hasta la ciudad para volver a probar suerte. Habían transcurrido nueve días desde que Cuarto Tío había encontrado su trágico final, pero daba la sensación de que hubiera pasado una eternidad. Durante ese periodo, Gao Yang había hecho cuatro viajes a la ciudad, vendiendo cincuenta fardos de ajo por un total de ciento veinte yuan, menos dieciocho yuan por las distintas tarifas y tasas, lo que le reportó unos beneficios totales de ciento dos yuan. Los ochenta fardos que ahora transportaba debería haberlos vendido hacía dos días en el puesto de compra que había montado en el norte de las vías férreas la Cooperativa de Comercio y Abastecimiento de los Condados del Sur, que compraba el ajo a cincuenta fen el kilo. Pero justo cuando Gao Yang llegó a las básculas con su carga, apareció un grupo de hombres vestidos con uniforme gris y sombreros de ala ancha, conducido por Wang Tai.
Gao Yang hizo con la cabeza una señal de respeto hacia Wang Tai, que le ignoró por completo, subió al puesto y comenzó a mantener una discusión con los representantes de las cooperativas, que acabó con el derribo de sus básculas.
– Nadie va a marcharse con un solo tallo de ajo de Paraíso hasta que mi almacén esté lleno -insistió Wang Tai.
Los abatidos representantes de la Cooperativa de Comercio y Abastecimiento de los Condados del Sur se subieron a sus camiones y salieron a toda velocidad.
Ante esa situación, Gao Yang se vio obligado a recoger su ajo. Pero antes de marcharse, trató una vez más de atraer la atención de Wang Tai mientras éste se alejaba con sus hombres.
Dos días después, el veintiocho de mayo, el cielo estaba cubierto de nubes negras. Parecía que iba a llover. Gao Yang acababa de cruzar las vías cuando alguien corrió la voz:
– Los almacenes de la Cooperativa de Comercio y Abastecimiento están llenos, así que ahora podemos vender nuestro ajo donde queramos.
– ¿Pero dónde? Los locales ya nos han exprimido a todos los campesinos de los distritos circundantes. No les importa la suerte que corramos.
A medida que la conversación iba subiendo de tono, la sensación de impotencia comenzó a invadir a los campesinos, pero ninguno de ellos dio media vuelta y se marchó a casa. Era como si su única esperanza radicara en aquel lugar.
La hilera de carretas empujó hacia delante, así que Gao Yang se alineó detrás de ellas, mientras se daba cuenta poco a poco de que, en lugar de dirigirse hacia la zona de almacenamiento frigorífico, estaban avanzando por el famoso bulevar Primero de Mayo y se dirigían hacia la plaza del Primero de Mayo, directamente al recinto gubernamental del Condado.
Cuando aumentó el número de cultivadores de ajo, el aire que envolvía la plaza se hizo cada vez más hediondo. Las nubes negras se cernían sobre los alicaídos campesinos, que comenzaron a protestar y a maldecir. Zhang Kou, el rapsoda ciego, se subió a un desvencijado carro de bueyes, rasgando su erhu, cantando a pleno pulmón con su áspera voz y soltando espuma por las comisuras de los labios. Su canción llegó al corazón de todos los presentes que le escuchaban; Gao Yang no podía hablar por los demás, pero primero se sintió triste y luego enfadado, con una extraña mezcla de temor oculto en su interior. Tenía la premonición de que ese día iba a haber problemas ya que, en un callejón próximo, algunas personas -no podía decir quiénes- estaban haciendo fotos a la plaza. Quería dar la vuelta a su carro y poner cierta distancia entre él y su peligrosa ubicación, pero estaba atrapado.