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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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* * *

– Ese maldito perro de la oficina de pesos y medidas se llevó mi báscula.

– No se permiten las descalificaciones -demandó el policía.

– Dijo que mi báscula no era precisa y cuando abrí la boca para protestar, la aplastó bajo su pie. Después me multó con diez yuan. Lo único que pensé fue que el precio del ajo había caído de sesenta a veinte fen el kilo y que fue bajando hasta llegar a los tres fen. Los acuerdos que firmamos con los demás condados para comprar nuestro ajo se anularon y cuando llegaron los compradores, los enviaron de vuelta a la cooperativa de comercio y abastecimiento. Todo con tal de poner las cosas más difíciles a los cultivadores de ajo. Cuanto más pensaba en ello, más furioso me ponía, y ahí fue cuando me subí al carromato y comencé a lanzar consignas. La primera de ellas fue: «¡Abajo con los oficiales corruptos!», y otra fue: «¡Abajo con los burócratas!». Declaradme culpable de lo que queráis. Es cosa vuestra. Estoy completamente solo, así que no me importa lo que hagáis conmigo. Ya todo me da igual. ¡Os odio, malditos perros oficiales! ¡Lo único que sabéis hacer es pisotear al pueblo! ¡Os odio!

* * *

– Es la hora de hacer un descanso para fumar, Tercer Abuelo -dijo Gao Ma.

El anciano Wang acercó con el pie el cubo al pozo y se sentó en cuclillas.

La luna era tan brillante y clara que daba la sensación de que el mundo entero estaba iluminado bajo su luz.

– ¿Has abonado tu cosecha de ajo, Tercer Abuelo?

– Esta vez no. Que se vaya a hacer puñetas -soltó el anciano Wang-. No confío en esos estafadores de la Cooperativa de Comercio y Abastecimiento. ¿Cómo sé lo que ponen en el fertilizante?

– Estás siendo demasiado precavido. No pueden adulterar los fertilizantes químicos.

– Como se suele decir, nunca ha existido un mercader honesto. No creerás que se han enriquecido actuando de forma legal, ¿verdad? -dijo con malicia el anciano Wang-. Es un edicto imperial.

– Precisamente porque sea un edicto imperial no significa que siempre tenga que ser así, ¿verdad?

– Por siempre jamás -dijo el anciano Wang-. Las ranas de la bahía de la familia Zhang todavía siguen sin croar.

– ¿También por un edicto imperial? ¿Qué emperador lo dictó?

– Déjame seguir contándote la historia en el punto en que la dejé.

Gao Ma se encogió de hombros.

* * *

Cuando el maestro salió del aula, Nueve Cinco Zhang se acercó a la mesa del profesor, se sentó y se hizo cargo de la clase, ordenando a todos los pequeños alborotadores que formaran dos equipos y resolvieran sus diferencias a golpes. Una vez acabado, dispensó todo tipo de honores y castigos, como si se tratara de un emperador. Después de varios días haciendo esto, el maestro un día pudo observar el pequeño juego que se traía entre manos Nueve Cinco Zhang desde un escondrijo situado al otro lado de la puerta. Antes de entrar en el aula, tosió para anunciar su presencia, y eso hizo que los alumnos regresaran rápidamente a sus asientos y recitaran en voz alta las lecciones. Poniendo rápidamente orden en la clase, el maestro preguntó:

– ¿Has preparado la lección, Nueve Cinco?

Nueve Cinco Zhang se puso de pie, ojeó su libro, y respondió:

– Sí, profesor.

– Pequeño bastardo, ¿a eso le llamas preparar la lección? -murmuró el maestro para sus adentros, y luego prosiguió en voz alta-: Muy bien. Escuchémosla.

Cerrando el libro de golpe, Nueve Cinco Zhang levantó la mirada.

– Bla, bla, bla -recitó toda la lección, hasta la última palabra.

El maestro asintió y dijo:

– Siéntate, Nueve Cinco.

Pero desde ese día trató a Nueve Cinco Zhang de otra manera, dedicando más tiempo a instruirle del que empleaba en los demás alumnos. Y Nueve Cinco Zhang asimilaba las lecciones del mismo modo que una vaca engulle la hierba. En menos de seis meses, el maestro había vertido todos sus escasos conocimientos en la cabeza del alumno. Había llegado el momento de marcharse y la víspera de su partida dejó una nota a Nueve Cinco Zhang: «Nueve Cinco, Nueve Cinco, con las constelaciones celestiales de testigo, te auguro que tendrás un ascenso meteórico en tu carrera. Espero que no te olvides de tu viejo profesor». La siguiente persona que entra en escena es un maestro de amplios conocimientos que también era un importante juez lleno de talento e inmediatamente asumió la educación de Nueve Cinco Zhang. Esto hizo que maestro y alumno, cuya relación no podía haber sido más estrecha, mantuvieran con frecuencia conversaciones personales. Después de haber estado hablando una vez hasta altas horas de la noche, el maestro se metió en la cama protegido por una mosquitera, dejando que Nueve Cinco durmiera sobre su mesa de trabajo. Era una noche de verano, la clase de noches que más les gusta a los mosquitos, que una y otra vez picaban al maestro a través de la red. Sin embargo, Nueve Cinco dormía a pierna suelta, con una respiración tranquila y uniforme. El maestro, perplejo, se levantó y preguntó en voz alta:

– ¿No te pican los mosquitos, Nueve Cinco?

– No hay mosquitos -replicó Nueve Cinco.

– ¿Cómo que no hay mosquitos? -preguntó el profesor sorprendido-. ¿No tienes calor?

– Qué va -respondió Nueve Cinco Zhang.

– Entonces cámbiame el sitio, Nueve Cinco -dijo el maestro-. Tú duermes debajo de la red y yo sobre la mesa. ¿Qué te parece?

– Muy bien -aceptó Nueve Cinco.

Y así hicieron. Cuando el maestro se estiró encima de la mesa, sintió que una brisa fresca barría todo su cuerpo. No había mosquitos por ninguna parte. Por más que lo intentaba, era incapaz de explicar el misterio. Pero entonces, sus pensamientos se vieron interrumpidos al escuchar una voz que flotaba en el aire: «Malditos idiotas! ¡El Emperador se ha ido, así que dejad de perder el tiempo abanicando el aire que corre por encima de este pobre pedante!». Mientras la voz se iba difuminando, sintió cómo un enjambre de mosquitos se reagrupaba por encima de su cabeza y, con ellos, sus zumbidos. A continuación, el calor agobiante regresó con más intensidad que antes y el maestro se puso de pie, recitando entre sus labios una oración en silencio: ¡Salvadme, dioses y espíritus, y perdonadme!

* * *

– Ésa es una triste excusa para contar una historia -se quejó Gao Ma-. No es más que una sarta de mentiras para proteger los intereses de la clase feudal. Se reservan para ellos el papel de genios y de superhombres con el fin de mantener a las masas bajo su yugo.

– Puedes recitar tus lecciones o puedes aceptar la realidad. Las ranas de la bahía de la familia Zhang siguen sin croar. ¿Qué tienes que decir a eso?

El Tercer Abuelo retomó la historia donde la había dejado.

El maestro se percató de que, cuando creciera, Nueve Cinco Zhang no iba a ser flor de un día, sino que se iba a convertir en el verdadero Hijo del Cielo. Fíjate lo que te digo: ¡el Hijo del Cielo! ¡Él, con su boca dorada y sus dientes de jade! El maestro sintió una inmensa alegría en su interior. ¡No me lo puedo creer: eres el mentor del Emperador, un gran hombre por derecho propio! Desde ese momento, el maestro no sólo se ocupó de la educación de Nueve Cinco Zhang, sino que también asumió la responsabilidad personal de los gastos de la madre y el hijo, hasta el último céntimo. Ni que decir tiene que Nueve Cinco y su madre se sintieron enormemente agradecidos. No obstante, el maestro tenía en casa a una hija de dieciséis años, una muchacha de belleza insuperable y gran capacidad intelectual. En un arranque de inspiración, buscó a la madre de Nueve Cinco.

– Cuñada Mayor, ¿sería muy atrevido por mi parte discutir contigo la situación matrimonial de Nueve Cinco? Tengo una humilde hija en casa y me gustaría proponerle que cuidara de tu estimado hijo.

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