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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Era exactamente la reacción que Silje buscaba. Su padre había sonreído con amplitud y le había besado la frente cuando ella le contó que había sido aceptada por la Academia de Policía. No era justamente lo que esperaba.

Silje Sørensen no había dado jamás problemas ni de niña ni de jovencita. Nunca una protesta. Ni siquiera cuando con diez años tuvo que mudarse al extranjero y conformarse con ver a sus padres durante las vacaciones. Ni cuando el verano en el que cumplió quince años debió pasar dos meses en una escuela de francés en Suiza, en donde la jornada comenzaba a las seis y media y donde las monjas católicas no despreciaban el uso de métodos de castigo que probablemente estuviesen prohibidos por las convenciones de Ginebra. Silje no contradijo jamás a su padre cuando él decidió que ella debía comprimir cinco años de escuela en dos años y medio; llegó a obtener una licenciatura en Inglés antes de cumplir diecinueve. Cuando alcanzó la mayoría de edad, y como premio a su callada paciencia y diligencia extrema, su padre traspasó más de la mitad de su fortuna a su única hija.

La Academia de Policía fue la primera acción de protesta de Silje Sørensen que tuvo un propósito.

Cuando en su primer año de servicio la pusieron a trabajar bajo la legendaria Hanne Wilhelmsen, comprendió rápidamente que su terca e insurrecta elección de carrera sería su felicidad. La disfrutaba enormemente. La mayor parte de lo que sabía de la labor policial lo había aprendido de su renuente e insociable mentora. Pese a que Hanne Wilhelmsen se hacía cada vez más impopular con su estilo obstinado, Silje no había dejado de admirarla nunca. Cuando la inspectora Wilhelmsen fue derribada a balazos durante una dramática acción policial en Nordmarka y quedó luchando entre la vida y la muerte, Silje la cuidó como si se tratase de su hermana. Que Hanne les hubiese vuelto luego la espalda a los pocos amigos que le quedaban en la grande y vetusta Central de Policía en Grønlandsleiret era algo a lo que Silje nunca se acostumbró.

Silje estaba orgullosa de su oficio, pero desalentada por los límites dentro de los que estaba forzada a operar.

Decidió empezar por acomodar los casos según su seriedad. Colocó en una pila separada los asuntos menores de cuchilladas y peleas de bar por cuestiones sin importancia que no tuviesen como secuela heridas graves.

«Probablemente éstos se salven», pensó con desánimo intentando olvidar que muchos de los casos incluían a conocidos delincuentes. Su sobreseimiento sería altamente provocador para las víctimas. Así se habían vuelto las cosas. De todas maneras y conforme a todas las directivas tanto de la Fiscalía del Estado como de la Dirección de Policía, ella estaba muy segura al decidir que lo serio debía preceder a lo menos importante. Tal vez la gente tenía problemas para entender la idea que la Policía tenía de lo que era serio, pero las cosas eran como eran.

Al cabo de una hora escasa, los casos estaban separados en cinco pilas.

Silje se bebió el último trago de café tibio antes de tomar tres de las pilas y colocarlas en el armario que tenía detrás.

Quedaban dos.

La más pequeña era la de los casos de asesinato. Tres carpetas. La primera era bastante delgada, la segunda era casi igual. La tercera era tan grande que tuvo que atarla con cuatro gomas elásticas para mantenerla cerrada.

De pronto se puso de pie y caminó hasta el tablero de corcho que colgaba en la pared, directamente frente a su lugar de trabajo. Recorrió rápidamente con la vista cada una de las notas colgadas en el tablero. Cogió una y la colocó sobre el escritorio Arrojó las notas restantes en el enorme cesto de papeles que tenía al lado. Sacó tres hojas A4 del armario. Cabían con justeza una al lado de la otra en la parte superior del tablero.

«Runar Hansen», escribió en la primera con un rotulador rojo.

«19.11.08.»

En la siguiente escribió: «Hawre Ghani».

«24.11.08.»

Mordió la tapa del rotulador y pensó, antes de agregar unos signos de interrogación: «¿24.11.08?».

Todavía no era posible decir con precisión cuándo habían matado a Hawre Ghani, pero en todo caso era seguro que fue asesinado. Los forenses habían hallado claras pruebas de estrangulación, a pesar del estado lamentable del cadáver. Que el muchacho se hubiese colgado por sí mismo con un alambre hasta que la cabeza casi se le separase del cuerpo para después arrojarse al mar, era poco probable. Para el instituto, el momento de la muerte era sólo indicativo, pero hasta ahora la investigación mostraba que no había signos de que el muchacho estuviese vivo tras desaparecer con un cliente el lunes 24 de noviembre, en las cercanías de la estación central de Oslo. Desde luego que todas las cámaras de vigilancia se habían comprobado, pero en vano. Esto estaba en línea con la declaración de un muchacho de la calle, Martin Setre; el tipo los había abordado en la entrada.

«Astuto cretino», pensó Silje, y suspiró desanimada.

«Marianne Kleive», escribió en la última hoja.

«19.12.07.»

Tapó el rotulador y retrocedió dos pasos. Sintió el borde del escritorio detrás de sí y se sentó sobre él.

Tres asesinatos. Ninguno de ellos aclarado.

Runar Hansen era su mala conciencia. No quiso ni echar un vistazo dentro de la carpeta delgada. En lugar de eso miró el nombre, el nombre anónimo de un yonqui al que mataron y robaron en el parque Sofienberg sin que a nadie, aparentemente, le preocupara. Todo lo que se hizo con relación a Runar Hansen fue una rápida investigación del lugar del hecho, horas después de que lo encontrasen. Un informe de autopsia y una pequeña noticia en el Aftenposten. Además de dos interrogatorios de testigos que no pudieron atestiguar nada, aparte de que Runar Hansen no tenía un lugar de residencia fijo, carecía de trabajo y tenía una hermana que se llamaba Trude.

En la investigación del asesinato de Hawre Ghani, en todo caso, sucedía algo. Los retratos robot habían circulado internamente. Habían decidido que todavía no era el momento de publicar las semblanzas. Según su experiencia, eso provocaría un torrente de pistas. Las características del hombre eran tan comunes que se habría producido un auténtico alud de reconocimientos indudables. En cambio, Knut Bork trabajaba todavía en el ambiente de la prostitución. Por su parte, ella había ordenado una nueva y completa revisión de la vida del muchacho desde que llegó a Noruega, para hacerse, a ser posible, un cuadro todavía más preciso del desafortunado destino de Hawre Ghani.

El caso de Marianne Kleive estaba en boca de todos.

La muerte de la maestra de primaria de cuarenta y dos años tenía todos los ingredientes para constituirse en un buen caso para los medios. Las imágenes privadas que el VG obtuvo sólo dos horas después de que el caso se hiciese público mostraban a una mujer inusualmente bella. Cabello claro, grueso y ondulado, una figura delgada de piernas largas y estampa atlética. Precisamente el tipo de lesbiana que los medios adoraban. Tenía algo de Gro Hammerseng, pensó Silje, que colgó bajo el nombre en el tablero la primera hoja que había arrancado del VG algunos días atrás. Y si su pareja Synnøve Hessel no era precisamente famosa, sí que tenía una posición tan central en el ambiente del cine noruego que permitía que los periódicos utilizaran la vendedora frase «conocida y premiada» al referirse a la afligida viuda de la víctima, quien era bastante fotogénica, incluso en cazadora y con el cabello revuelto a 5.208 metros sobre el nivel del mar, en el campamento Base Norte en Nepal.

Que el asesinato hubiera sucedido en el venerable hotel Continental también ayudaba. Dos días después del hallazgo del cadáver, el VG empleó toda una página para hablar de un hombre llamado Fritjof Hansen, a quien el hotel utilizaba para trabajos menores. Fue él quien halló el cadáver, y solamente gracias a su ardor entusiasta por la serie de televisión CSI, mantuvo a todos alejados del lugar hasta que la Policía llegó y pudo asegurar la zona. En la fotografía aparecía sentado en una mecedora con una lata de medio litro de cerveza y una bolsita de patatas fritas, y parecía llevar todas las penas del mundo sobre sus hombros.

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