Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Ella no contestó.
– Inger Johanne -dijo él, abatido-. ¡Se maneja perfectamente! Ahora estamos preparando tacos y ella ha cocinado sola toda la carne picada, sin ninguna ayuda. Pica las verduras y colabora. Cuando está aquí, en casa, siempre preparamos la comida juntos. Va a cumplir catorce años, Inger Johanne. No puedes tratarla como a una criatura durante toda la vida.
«Es una criatura. La criatura más frágil del mundo.»
– ¿Hola?
– Sí, sí -murmuró ella-. Aquí estoy. Es fantástico que lo estéis pasando tan bien. Quería saber solamente si…
– ¿Quieres hablar con ella? Está aquí.
Se oyó un gran ruido por detrás.
– ¡Ooops! -dijo Isak-. Algo se nos ha caído al suelo. ¿Puedo pedirle que te llame un poco más tarde?
– No, déjalo. No es necesario. Pasadlo bien. Nos vemos el viernes.
– ¡Nos vemos!
Él colgó y ella dejó el teléfono un poco descuidadamente sobre la mesa. Cuando se dirigió hacia el ventanal ya no lo hizo de puntillas. Caminaba pisando fuerte y con irritación, sin estar segura de si el blanco de esa agresión era ella o Isak.
Seguía sin colocar cortinas.
Había tanta nieve que la cerca que iba hacia la calle Hauges ya no se veía. Los montones levantados por los quitanieves eran enormes. La gente había comenzado a tener problemas para recolocar la nieve que quitaban de los accesos a sus casas. A falta de otro sitio, la esparcían en medio de la calle, lo que provocaba que volviese a su lugar original cada vez que el tractor pasaba con su pala de barrer.
Fuera no había nadie. El frío de las ventanas le dio escalofríos. El enorme muñeco de nieve que los niños de la casa de enfrente habían levantado la semana anterior la miraba con sus ojos de carbón. Había perdido la nariz. Los brazos hechos de ramas se erizaban a cada lado como las garras de una bruja. Sobre la cabeza llevaba un sombrero viejo y la bufanda de rojo intenso le cubría la mitad de la cara.
Le recordaba al hombre junto a la cerca.
Mañana compraría las cortinas.
De pronto se le ocurrió que estaba completamente equivocada.
La angustia que tanto la consternaba desde Navidad no había llegado con el hombre de la cerca. La sensación de que alguien vigilaba a Kristiane no había surgido con el extraño que apareció para preguntarle qué había recibido como regalo de Navidad. La razón por la que ella reaccionó tan violentamente esa vez era que el miedo ya estaba en ella. La búsqueda del maldito costillar de cerdo y todo el follón para preparar una cena de Navidad con la que su madre estuviese satisfecha solamente lo había desplazado.
No fue el hombre de la cerca lo que desató la angustia. La sensación había estado con ella desde la boda. Desde el instante en que Kristiane estaba parada en las vías del tranvía e Inger Johanne se convenció de que su hija moriría, había sentido que su propia confusión se debía a algo más, y aún más grande que el hecho de que su hija hubiese estado en peligro de muerte. A pesar de todo, había salido bien, y si ella había estado casi fuera de sí de la angustia, no podía recordar sentirse así desde que Wencke Bencke la amenazara de manera sutil hacía ya casi cinco años.
Inger Johanne corrió hacia el ordenador y lo encendió.
Pareció que transcurría una eternidad hasta que apareció la página de inicio, y cuando tecleó en el campo de búsqueda de Google el nombre de la mundialmente conocida autora de novelas policiacas, lo tecleó erróneamente cuatro veces hasta que logró escribirlo correctamente. 26.900 enlaces. Intentó limitar la búsqueda. Lo único que quería saber era si la escritora vivía todavía en Nueva Zelanda.
Wencke Bencke se había escapado, a pesar de ser una asesina. Con sangre fría, y sin que por una vez Inger Johanne hubiese entendido completamente sus motivos, le había quitado la vida a una serie de personajes conocidos a lo largo del invierno y la primavera de 2004. Inger Johanne había ayudado a Yngvar y a Sigmund en la profunda investigación, que nunca los llevó más allá de la convicción de que Bencke era culpable. No pudieron probar nada. La célebre autora la había encontrado un precioso día de primavera, una vez que pareció claro que nunca atraparían al asesino. Inger Johanne estaba fuera y llevaba a Ragnhild, recién nacida, en su cochecito cuando Wencke Benck tranquila y con una sonrisa, reconoció su culpabilidad. No de forma que pudiese considerarse válida en un juicio, pero lo suficientemente clara para Inger Johanne. La amenaza velada que dejó tras ella cuando se separaron bajo el sol primaveral también fue artificiosa, pero no más ambigua que lo necesario para asustar seriamente a Inger Johanne. El miedo no desapareció hasta que la autora se casó con un maorí quince años más joven que ella al año siguiente y emigró a Nueva Zelanda. Volvía a Noruega sólo por el lanzamiento de sus libros, algo que había hecho que Inger Johanne evitase consecuentemente las páginas culturales de los periódicos durante gran parte del otoño.
Ahí.
Un titular del VG en septiembre.
Wencke Bencke bajo el sol, junto a unas ovejas. Ella y su marido habían comprado una granja en Te Anau. El último otoño no había vuelto a casa ni siquiera para promocionar su último libro. En cambio, el VG la había visitado:
«Mi casa ahora es aquí -dice la mundialmente famosa escritora, y nos enseña con orgullo el enorme rebaño-. Escribo mejor aquí. Vivo mejor. Aquí me he de quedar.»
Inger Johanne respiró un poco más aliviada.
Esto no tenía nada que ver con Wencke Bencke.
La angustia que sufría ahora había aparecido el 19 de diciembre, la misma noche que mataron a Marianne Kleive. Inger Johanne parpadeó, y vio el número 19 como un aguafuerte brillante en el reverso de los párpados.
El maldito número 19.
Abrió de nuevo los ojos y fijó la vista en el vacío.
Sonó el teléfono.
A Eva Karin Lysgaard la asesinaron el 24 de diciembre.
Niclas Winter, acerca de quién había leído la noche anterior, el 27.
Murió. No lo mataron. Murió de una sobredosis.
El teléfono no se rendía. Lo cogió. Era Yngvar.
19, 24 y 27.
La combinación de los dígitos llevaba a 25.
Suministrar una sobredosis a un adicto era una forma conocida de disimular un asesinato.
El teléfono quedó en silencio. Segundos más tarde, volvió a sonar.
– Hola -dijo iniciando la conversación mientras se llevaba el aparato a la oreja.
– Hola, tesoro. He visto que me has llamado un montón de veces. Disculpa que no haya podido atenderte hasta ahora. Estuve toda la tarde en una reunión. No llegamos a ningún lado y…
– Está bien -respondió ella-. No era nada importante.
– ¿Va todo bien? Se te nota un poquito… rara.
– No, no. Sí. Todo está en orden. Sólo… estaba durmiendo. Me ha despertado el teléfono. Me parece que me voy a acostar, sin dar más vueltas.
– ¿Ya?
– Falta de sueño. ¿Está bien si lo dejamos aquí? No quisiera quitarme la modorra del cuerpo.
– Sí, claro…
La decepción era tan evidente que ella casi se arrepintió de la decisión.
– Que duermas bien -dijo él finalmente.
– Hasta luego, querido. Hablamos mañana, ¿vale? Buenas noches.
Se quedó sentada un rato largo con el teléfono muerto en la mano. Tony Braxton gemía Un-Break My Heart en el estéreo. Un coche aceleró en la calle Hauges. El viento debía de haber virado, pues el silbido distante, incesante de Maridalsveien y del Ringveien cargado de tráfico era tan claro que se escuchaba como si una cañería se hubiese roto en el baño.
A pesar de que el artículo del Dagens Næringsliv no mencionaba nada acerca de las inclinaciones de Niclas Winters, mucho podía leerse entre líneas. El hombre era VIH positivo. Podía achacársele al abuso de heroína, pero también podía provenir de practicar sexo inseguro con otros hombres. La instalación CockPitt apuntaba, en todo caso, en esa dirección.