Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Eva Karin Lysgaard era una mujer heterosexual, casada y con hijos, pero se había distinguido como una ardiente defensora de los derechos de los homosexuales.
Marianne Kleive estaba casada con otra mujer.
Inger Johanne se incorporó del sofá y se sintió hambrienta.
Ya no tenía miedo.
Pista
– Me temo que el sobre de Niclas Winter, sencillamente, ha desaparecido -dijo la secretaria del abogado Kristen Faber cuando entró en la oficina de su jefe la mañana del jueves 15 de enero-. Lo he buscado por todas partes y no he podido dar con él.
– ¿Desaparecido? ¿Perdió usted la carpeta de un cliente?
El abogado Faber hablaba con la boca llena de cruasán. El hojaldre estaba relleno con chocolate, que se había depositado como un borde marrón sobre el labio superior.
– Yo no he tocado esa carpeta desde el lunes -respondió ella con calma-. Y entonces fue usted quien la recibió de mí. Aquí dentro.
– Jodida urraca -dijo Kristen Faber-. ¿Es tan difícil encontrar un sobre enorme?
– Por supuesto no he mirado en sus cajones -contestó ella igualmente indiferente-. Ésos los debe comprobar usted.
Irritado, él comenzó a abrir un cajón tras otro.
– Dejé el sobre en la pila del rincón -murmuró-. Usted lo debe de haber desordenado.
En lugar de contestarle, ella cogió el plato y salió con él.
– ¡Eh! -gritó él antes de que ella llegase a la puerta-. ¡Esto está atascado! ¿Ha estropeado mi escritorio?
– No -respondió ella-. Como le dije, no he tocado sus cajones. Pero puedo intentar ayudarle.
Dejó el plato y trató de ayudarlo. En lugar de tirar del cajón, como él había hecho, intentó destrabarlo. Al no lograrlo, intentó forzar la cerradura.
– Con un abrecartas -dijo, y pensó nuevamente-. O un destornillador. Tenemos una caja de herramientas en el archivo.
– ¿Está loca?
Él la empujó a un lado y, empecinado, trató de abrir nuevamente el cajón.
– ¿Usted sabe lo que cuesta este escritorio? Tiene que buscar un carpintero. O un cerrajero. No tengo idea de a quién debemos llamar para esto, pero lo quiero arreglado antes de que regrese por la tarde. ¿De acuerdo?
Sin mirarla, metió los documentos del caso en el maletín. Cogió el abrigo y una toga de abogado del gancho al lado de la puerta.
– Probablemente no terminemos boy, pero puede que el juez quiera alargar el tiempo. Puede que se haga bastante tarde. Usted esperará, ¿verdad? Voy a tener una serie de cosas que deberá investigarme después de la reunión de hoy en la corte, y debería ser suficiente con que se quede hasta entonces.
La secretaria sonrió y asintió como respuesta.
La puerta se cerró con un golpe. Ella se sentó cómodamente y se tomó su tiempo con el café de la mañana y el periódico del día. Cuando por fin hubo terminado, entró en la página de Internet de Camino del carné de conducir. Su marido comenzaba a tener mala visión y había llegado el momento de que ella obtuviese su permiso antes de que su fiel conductor perdiese la vista del todo.
«Uno nunca es demasiado viejo», pensó. Y tenía por delante un mar de tiempo.
Inger Johanne esperó impaciente hasta que se hicieron las ocho. La última media hora había pasado con la lentitud de un caracol, y no tenía la paz suficiente para leer el periódico. No podía, por vergüenza, llamar más temprano durante la mañana. Ya a las cinco estaba completamente despierta, después de un sueño profundo e ininterrumpido de siete horas. En una ocurrencia súbita, buscó su equipo para esquiar y condujo hasta Grinda para dar un pequeño paseo matinal. Dio la vuelta después de hacer 500 metros. Había nevado nuevamente sobre las pistas iluminadas, y los delgadísimos superesquís que Yngvar le regaló en Navidad eran inútiles en esas condiciones. Ella quería esquís de paseo, pero el vendedor convenció a Yngvar de que el estilo que se usaba ahora en Nordmarka era patinar con esquís. Al regresar finalmente al coche, se preguntó si sería posible cambiar las malditas tablas. Por no hablar de las botas; le apretaban en torno a los tobillos y parecían más unas botas de esquí alpino. Jamás habría podido patinar con esquís y tampoco tenía muchas ganas de aprender a hacerlo.
Sin embargo, el esfuerzo le sentó bien.
Había frito huevos y tocino para el desayuno, y no podía recordar una primera comida del día que le supiese mejor. Fue hacia el sofá con la taza de café en la mano. El teléfono estaba en el suelo, cargando baterías. Se estiró para recogerlo, desconectó el cable y tecleó hasta dar con un número en la lista de contactos.
Al cabo de un solo tono, obtuvo respuesta.
– Wilhelmsen -dijo una voz inexpresiva.
– Hola, Hanne. Habla Inger Johanne. ¿Cómo estás?
De todas las maneras desastrosas de iniciar una conversación con Hanne Wilhelmsen, la pregunta acerca de cómo estaba debía de ser la primera de la lista.
– Muy bien -dijo la voz en el otro extremo, y a Inger Johanne se le atragantó el café.
– ¿Qué? -tosió.
– Me va bastante bien. Gracias por el regalo de Navidad para Ida, ya que estamos. Le gustó. ¿Y tú? ¿Cómo te va a ti?
Hanne Wilhelmsen debía de haber asistido a un curso relámpago de buenos modales en Navidad, pensó Inger Johanne.
– Bien, bien. Ya sabes. Mucho que hacer. Yngvar se pasa ahora la mayor parte de la semana en Bergen, por lo que tengo mucho trabajo con las niñas cuando están solas conmigo.
Hanne no parecía haber avanzado mucho en el curso, porque ahora todo quedó en silencio en el otro extremo.
– Voy a ser breve -dijo Inger Johanne-. Sólo me preguntaba si me podrías ayudar con un pequeño asunto.
– ¿Con qué?
– Necesito… hablar con alguien de confianza en la Policía de Oslo. Alguien que trabaje en la rama de Violencia y Delitos contra la Moral, en lo posible. Mejor si tiene cierta jerarquía.
– Yo hace seis años que…
– Ya lo sé. Pero yo…
– ¿Por qué me preguntas a mí? ¿Yngvar no puede ayudarte?
Inger Johanne compró tiempo bebiendo un poco de café.
– Como te dije, está en Bergen -dijo al final.
– Hay teléfonos…
– Sí, pero…
– ¿Es algo con Kristiane?
Hanne se rio. Se rio de veras, pensó Inger Johanne con asombro creciente.
– No exactamente, pero…
«Sí», pensó.
«No quiero hablar todavía con Yngvar. No quiero que me hagan preguntas críticas. Me niego a afrontar las objeciones y los escrúpulos. Hay que proteger a Kristiane mientras sea posible. Antes tengo que solucionar esto yo misma.»
– Es tan fácil para él creer que soy un poco…
– ¿Un poco histérica? -Otra vez la risa liviana, inusual-. Un poco demasiado ansiosa por creer que algo no fue mal entendido -profundizó Hanne-. ¿Es eso?
– Quizá.
– Silje Sørensen.
– ¿Qué? ¿Quién?
– Debes hablar con Silje Sørensen. Si alguien puede ayudarte, es ella. Ahora debo colgar. Estoy ocupada.
– ¿Ocupada?
La idea de que Hanne Wilhelmsen pudiese estar ocupada durante su exilio voluntario en un apartamento de lujo en el lado oeste de la ciudad era un absurdo.
– He empezado a trabajar un poco -aclaró ella.
– ¿Trabajar?
– Tienes una manera peculiar de hablar por teléfono, Inger Johanne. Una sola palabra entre interrogantes. Sí, empecé a trabajar. Para mí. En pequeña escala.
– ¿Con… qué?
– Pásate un día, así hablamos. Pero ahora debo colgar. Llama a Silje Sørensen. Hasta luego.
El teléfono quedó mudo. Inger Johanne no podía creer del todo lo que había escuchado.