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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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A veces, Silje Sørensen deseaba que los medios de información no existieran. A veces odiaba la libertad de prensa.

Agarró la taza de café.

Estaba vacía.

Arrugó la frente y pasó la mirada de un nombre a otro. Destapó el rotulador con los dientes, caminó hacia delante y escribió «parque Sofienberg» bajo el nombre y la fecha de la muerte de Runar Hansen. Bajo el nombre de Hawre escribió «prostituto», y al final, directamente sobre el retrato de Marianne Kleive bajo el sol brillante de Gaustatoppen, vestida con el sostén de un bikini, vaqueros recortados y grandes botas de montaña, escribió «en pareja».

Cuando su trasero encontró nuevamente el escritorio, golpearon a la puerta.

Se quitó la tapa del rotulador de la boca y gritó:

– ¡Entre!

Knut Bork obedeció.

– ¡Hola! -dijo agitado-. Pensé que podría…

– Estar aquí -dijo Silje Sørensen-. Ponte a mi vera.

El oficial Bork encogió los hombros e hizo lo que ella le indicaba.

– ¿Qué haces? ¿Qué es esto?

Él señaló el tablero con la cabeza.

– Éstos son los tres asesinatos de los que me ocupo por el momento -dijo Silje.

– Tres son demasiados.

– Tenía cuatro. Entregué uno. ¿Ves algo destacable en ellos?

– ¿Destacable? Para eso tengo que hojear las carpetas y…

– No. Tú conoces los casos, Knut. Pero mira solamente eso que está ahí colgado.

El arrugó la frente sin decir nada.

– ¡Mira lo que he escrito bajo los nombres, vamos!

– Parque Sofienberg -leyó él-. Prostituto. En pareja.

Todavía no veía ninguna conexión entre las palabras.

– ¿Por qué es famoso el parque Sofienberg? -preguntó ella.

– ¡Ah, sí! Ese conductor de ambulancia que…

– No. Sí, también por eso. Pero ¿qué más? No estoy pensando en el área del parque que queda al oeste de la iglesia de Sofienberg, sino en la que queda detrás. Hacia el este.

– Sexo homosexual -dijo él, enseguida-. Compra y venta e intercambio. No es un lugar al que iría de noche.

– Exactamente -dijo Silje sonriendo levemente-. Ahí fue donde encontraron a Runar Hansen. Lo mataron una noche desapacible y lluviosa de noviembre, en algún momento entre la medianoche y las doce y media. Eso es casi todo lo que hicimos en el caso. Averiguar cuando lo mataron a golpes, digo.

– ¿Era marica?

– No tengo idea. Pero una cosa por ahora: quédate con la fama del lugar. ¿Ves a lo que me refiero?

Lo miró. Un atisbo de asombro le cubrió los ojos cuando entendió el punto.

– Demonios -dijo él acariciándose la barba rala y rubia-. ¡Es raro que LLH no dijera nada!

La Asociación Nacional de Lesbianas y Homosexuales trataba desde hacía tiempo que el Departamento de Justicia tomase en serio la violencia contra los homosexuales. Silje Sørensen siempre pensó que el problema era que los asaltos contra homosexuales pocas veces se diferenciaban de manera significativa de todas las otras agresiones que ocurrían entre borrachos. Contra mujeres. Contra hombres. Contra heterosexuales y contra homosexuales. La gente bebía. Se volvía agresiva. Golpeaba, acuchillaba, violaba y mataba. Por cada víctima homosexual, Silje podía contar cien víctimas heterosexuales. No lograba entender por qué molestaban tanto con la cuestión. Pero esto era llamativo.

– Runar Hansen está en un parque conocido por la compra, venta e intercambio de sexo homosexual -dijo ella despacio-. Hawre Ghani desaparece con un hombre que es cliente de prostitución masculina. Marianne Kleive está casada con una mujer. Todos mueren de manera distinta, en lugares diferentes, y ninguno había tenido que ver con el otro durante el tiempo que vivieron. Hasta donde sabemos. Pero… -Achicó los ojos-. Bajo mi responsabilidad tengo tres investigaciones de asesinato independientes, y las tres tienen, posiblemente, algo que ver con los homosexuales. ¿Cuáles son las posibilidades de eso?

– Jodidamente altas -dijo Knut, y comenzó a morderse la uña de un pulgar-. ¿Qué coño es esto? Y en serio, Silje, ¿por qué nadie vio esa posible relación antes?

Ella no contestó. Se quedaron quietos en silencio mirando el tablero. Mucho tiempo.

– A nadie le preocupa el primer caso -dijo ella de pronto-. Del segundo nadie sabe nada. Es decir, la gente pudo haber leído en los periódicos algo acerca de un cadáver hallado en la bahía, y también se ha mencionado que resultó ser un solicitante de asilo. Pero nada más. En cuanto a Marianne Kleive, el caso. Dudó durante tanto tiempo que él completó la frase: -El caso es tan especial y absurdo que nadie reparó en que se trata de una lesbiana.

Silje caminó hasta el tablero. Descolgó las hojas blancas y el recorte del periódico, los arrugó y los arrojó a la papelera. Knut Bork se quedó inmóvil con los brazos cruzados sobre el pecho mientras ella rodeaba el escritorio y se sentaba.

– Esto -dijo ella con decisión-. Esto queda entre tú y yo. Por ahora. Todo puede ser una coincidencia, y como toda coincidencia puede ser solamente el azar, o ser…

– Algo verdaderamente sospechoso -completó Knut; su pulgar había comenzado a sangrar.

Por segunda vez en tres semanas, Inger Johanne estaba totalmente sola en casa. Se sentía un tanto asustada. El apartamento parecía siempre tan distinto sin los ruidos habituales de las niñas. Se movía despacio sobre el suelo para evitar hacer ruido ella misma.

– Contrólate -murmuró para sí, y colocó un CD que Line Skytter había compilado y grabado para ella como regalo de Navidad.

Kristiane se quedaría con Isak hasta el viernes, y Ragnhild estaba en casa de sus abuelos maternos, como cada miércoles, y se quedaba a dormir allí.

Durante varias horas intentó hablar con Yngvar, pero siempre le respondía el contestador. Probablemente estaba en una reunión. Cuando por fin se hizo de noche, inquieta y llena de angustia, concluyó que tenía que hablar con él. No había lugar para más dudas, como esa noche, en la que había cambiado de opinión varias veces. Ahora había tomado una decisión y el haberlo hecho le permitía pensar con un poco más de claridad sobre todo el asunto.

Si sólo hubiese sabido lo que Kristiane había presenciado.

Algo había visto, pero ¿qué? No le pareció aconsejable presionar más a su hija. Quizá más tarde, pensó mientras caminaba descalza y de puntillas sin saber del todo qué ponerse encima.

La música que Line había reunido no era precisamente del gusto de Inger Johanne. Fue hacia el aparato y redujo el volumen de Kurt Nilsen en medio del estribillo de una balada.

Debía comer algo, pero no tenía hambre.

La reunión de Yngvar era larga: hacía ya tres horas desde que había dejado el primer mensaje en el que le pedía que la llamase.

Por supuesto, podía ponerse a trabajar.

O leer.

Quizá ver una película.

Cogió el teléfono y tecleó el número de Isak sin pensarlo. Él contestó de inmediato.

– Hola, soy Inger Johanne.

– Hola. -Supo que sonreía al otro extremo de la línea.

– Llamaba sólo para…

– Para saber cómo está Kristiane -completó él-. Lo está pasando de maravilla. Fuimos a la piscina de Bislett, a pesar de que no se puede ir con niños sino durante los fines de semana. Es tan tranquila que la mujer de la entrada la dejó pasar.

– ¿La dejaste sola en el vestuario de mujeres?

– Sí, por supuesto. ¡Es demasiado grandecita para entrar en el de hombres! Ya está a punto de desarrollar sus pechos, ¿te has dado cuenta de eso? ¡También tiene algo de vello en el pubis! Nuestra hijita está creciendo, Inger Johanne, y por supuesto que la mandé sola al vestuario de mujeres.

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