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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Ella también había sentido eso durante mucho tiempo.

El trabajo diario del hogar raramente llevaba más de tres horas, por lo general menos. Pese a que ella también traía y llevaba a los niños y era quien se ocupaba de realizar todas las compras, le sobraba mucho tiempo. Leía. Le gustaba salir a pasear. Dos veces por semana, hacía ejercicios en Nautilus en Idrettsveien. Muy de vez en cuando podía sentir un asomo de aburrimiento, pero nunca duraba mucho. Que todo estuviese hecho y la comida estuviera sobre la mesa cuando Lukas llegaba a la casa hacía las tardes más tranquilas. El estar juntos, más alegre. La vida en familia era así mucho mejor. Podían utilizar el tiempo en cuidar de los niños, en vez de en dedicarse a las tareas hogareñas, y Lukas le demostraba diariamente lo agradecido que estaba porque ella hubiese elegido como lo había hecho.

Tras la muerte de su suegra, todo había sido distinto.

Lukas se afligía de una manera que la asustaba.

Parecía tan encerrado en sí mismo.

Mecánico.

Decía poco y podía mostrarse huraño, incluso ante los niños. Normalmente era siempre él quien se sentaba con el mayor a hacer los deberes, pero ahora le era claramente imposible lograr concentrarse en el programa del 2.° grado. En su lugar, había comenzado a ordenar el garaje, donde quería construir una nueva estantería a lo largo de la pared más corta. Debía de congelarse trabajando ahí afuera cada noche, y cuando por fin entraba nuevamente en la casa, se comía un bocadillo en silencio y se acostaba sin tocarla.

La casa estaba demasiado silenciosa y a ella no le gustaba.

Apoyó verticalmente la plancha y fue hacia la ventana para encender la radio. Otro día deprimente presionaba contra los vidrios mojados. Ya pronto tenía que dejar de llover. Enero era siempre un mes triste, pero éste era peor de lo normal. La baja presión le influía de forma claramente física: hacía varios días que le molestaba un leve dolor de cabeza.

Ahora era peor. Le dolía detrás de cada sien, e intentó masajearlas con dedos suaves. No ayudaba. Iría hasta el baño a buscar un par de Paracets antes de seguir con el planchado.

El botiquín de medicinas, cerrado con llave, estaba vacío de analgésicos. Buscó confundida entre venditas de Asterix y Flux, botellas de Pyrisept y Vademecum. Nada contra el dolor, salvo supositorios para niños.

Era como si el dolor de cabeza se hiciese más fuerte al no poder dar con las medicinas.

«Las pastillas para la migraña de Lukas», pensó.

Eso ayudaría.

El problema era que no estaban allí. Lukas pensaba que la cerradura era demasiado simple y que la potente medicina podía ser peligrosa para una criatura de ocho años, curiosa y hábil con los dedos. En lugar de ponerla allí, guardaba la caja bajo llave en el cajón del enorme escritorio de la habitación que utilizaban como oficina. Astrid sabía dónde estaba la llave; detrás de una primera edición de La vuelta al mundo en ochenta días que Lukas había recibido de sus padres cuando cumplió veinte años.

Nunca había abierto el cajón de Lukas y dudó al introducir la llave en la cerradura.

No había secretos entre ellos.

Quizá debía llamar y preguntarle.

Era su marido, pensó vencida, y ella sólo quería una pastilla. Lukas no le hubiera prohibido nunca mirar en el cajón. Era algo ajeno a ellos el prohibir alguna cosa al otro.

La cerradura cedió casi sin ruido. Abrió el cajón y vio una fotografía. Una mujer, y la foto debía de ser antigua. Al principio se quedó quieta mirándola, luego la cogió con cuidado y la mantuvo contra la luz más fuerte de la lámpara del escritorio.

Había algo reconocible en el rostro. Astrid no podía concretar exactamente el qué. De algún modo, la forma de la cara y la nariz recta podían recordarle a Lukas, pero eso debía de ser una casualidad. La mujer del retrato tenía además la curiosa característica de que uno de los incisivos superiores casi cubría parte del diente vecino, pero muchos tenían ese rasgo. Lili Lindfors, por ejemplo, como solía decirle cuando eran jovencitos y ella estaba prendida de todo lo que tuviera que ver con él.

Pese a que no tenía idea de quién era la mujer de la fotografía, se le ocurrió que había visto esa foto con anterioridad. No lograba recordar dónde. Mientras miraba el retrato, se percató de que el dolor de cabeza se había ido. Puso rápidamente la foto en su lugar, cerró, echo llave al cajón y coloco la llave en su escondite habitual.

Cuando salió de la oficina de Lukas, cerró la puerta con cuidado tras de sí, como si realmente hubiese hecho algo ilegal.

La deprimente pila de delitos sin resolver que había en la oficina desalentaba a Silje Sørensen. Casi no había lugar para una taza de café sobre el atestado escritorio, pese a que todo estaba ordenado cuidadosamente en carpetas. Se sentó en la silla, empujó una pila de recortes de periódico y apoyó la taza antes de comenzar a revisarlo todo.

Tendría que asignar nuevas prioridades.

Los casos se complicaban.

Las acciones y protestas más o menos legales de la Asociación de Policías en contra de las malas condiciones laborales, los bajos salarios, la falta de efectivos y los planes de pensión amenazados habían endurecido durante los últimos años el tono entre la Policía y el Estado. Los agentes ya no estaban dispuestos a trabajar horas extras. Los casos ya no se movían con la misma velocidad. Los más de once mil miembros de la organización comenzaron lentamente a cambiar sus prioridades. Pese a que las cifras no estaban todavía procesadas, ya en enero se veía que el porcentaje de casos resueltos en 2008 había disminuido radicalmente en relación con el año anterior. Los miembros de la Policía insistían sobre sus derechos a tener tiempo libre y se ponían enfermos más a menudo, de vez en cuando, de manera conspicuamente simultánea, y con preferencia antes de los fines de semana en los que se esperaban esfuerzos extraordinarios por parte de los que debían velar por el cumplimiento de las leyes.

A los criminales se les hacía directamente más fácil.

La gente se sentía cada vez menos segura. La Policía, que siempre había registrado un nivel alto en el barómetro de la confianza, iba camino de perder la simpatía de la población. Los periódicos podían publicar cada vez más a menudo historias sobre víctimas de la violencia que no lograban denunciar sus casos porque las comisarias locales carecían de policías; había comisarías de distrito que cerraban durante los fines de semana y había víctimas de allanamiento que se veían forzadas a esperar varios días a que la Policía llegase para buscar posibles rastros. Cuando llegaba.

Silje Sørensen era miembro de la organización laboral, pero había renunciado hacía mucho a mantener el orden en su propio tiempo libre. El único patrón de medida que utilizaba eran las reacciones en su hogar. Cuando sus hijos empezaban a mostrarse ingobernables y su marido comenzaba a ponerse taciturno, ella intentaba estar más en casa. Si no, se escabullía hasta la oficina fuera de las horas normales de trabajo cuantas veces podía.

Era hija única de un armador, por lo que no parecía muy lógico que hubiese elegido ser policía. Su madre había caído en estado de shock e histeria cuando tuvo conocimiento de la elección de su hija. Duró todo el primer año de su educación. Aquí estaban, se lamentaba, habiendo utilizado una fortuna en escuelas privadas de Suiza e Inglaterra ¡y su hija venía a despilfarrar su futuro en la labor pública! Y debía ensuciarse primero con el contacto de delincuentes violentos y de lo peor que había, ¿por qué demonios no podía ser abogada? O si tenía necesidad, ¿abogada en la Policía?

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