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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Hasta Georg Koll, su propio y maldito padre muerto, le había dado un último chasco.

– ¿Qué sucede? -dijo Rolf, más despierto ahora.

La colcha se había deslizado sobre él hasta la mitad. Estaba desnudo y todavía yacía de costado, con una rodilla doblada y la otra pierna estirada. Aun con esa luz débil, el contorno de los músculos del abdomen era claro.

– Nada.

– Vamos, ¿qué pasa?

La colcha crujió cuando él la recogió impaciente sobre su cuerpo atlético.

– ¿No me lo puedes decir? No has sido tú mismo últimamente. Si es algo del trabajo, algo de lo que no puedes hablar, ¡pues dilo! No podemos seguir con esto de…

– No pasa nada, de verdad -dijo Marcus, y se volvió de costado-. Sigamos durmiendo.

Sabía que Rolf se había quedado tal como estaba, y sintió su mirada taladrándole la espalda.

Debió haber hablado con él cuando el problema apareció. Ahora, después de tantos meses y preocupaciones, se daba cuenta de que ni siquiera una vez había evaluado la posibilidad de compartirlo todo con su marido. Se sorprendió; Rolf era una de las personas más inteligentes que conocía. Rolf hubiese encontrado seguramente una salida. Hubiese analizado con tranquilidad la situación y hubiera discutido consigo mismo hasta dar con la solución. Rolf tenía una actitud positiva, era optimista y tenía una fe invencible en que todo, incluso las tragedias más oscuras, tiene su lado bueno. Uno sólo debía tomarse el tiempo para encontrarlas.

Por supuesto que debería haber hablado con Rolf. Es lo primero que debería haber hecho. Juntos, podían solucionarlo todo.

Rolf estaba todavía inmóvil. Marcus tenía la mirada fija en el reloj. Parpadeó cuando los números cambiaron de 3.07 a 3.08. De pronto tomó aliento en una aspiración rápida y buscó las palabras que pudiesen transmitir la dolorosa historia que debió de haber compartido hacía mucho.

Antes de que encontrase alguna, Rolf se dio la vuelta. Se quedaron tumbados, espalda contra espalda. Tan sólo unos minutos después, Rolf volvió a respirar con ritmo acompasado.

De pronto Marcus se percató de por qué era demasiado tarde para contarle algo: Rolf no le perdonaría jamás. Jamás.

Si se sinceraba con su amante, la vida que Marcus conocía y amaba terminaría. No hubiese perdido sólo a Rolf; hubiese perdido también a su hijo. El miedo lo traspasó y se quedó como estaba, sin dormir hasta que finalmente los números pasaron de 6:59 a 7:00.

Cuando Inger Johanne se despertó con un respingo, estaba empapada en sudor. Las sábanas se le pegaban al cuerpo. Intentó liberarse del abrazo húmedo, pero sólo logró meter los pies en la abertura de la funda de la colcha. Se sintió atrapada y pateó desesperada para soltarse. La funda se desgarró. Al final logró liberarse y trató de recordar qué clase de pesadilla podía haber tenido.

El pensamiento estaba totalmente en blanco. Las manos le temblaron cuando las estiró hacia la mesita de noche en busca de un vaso de agua y lo vació. Cuando lo devolvía a la mesa, el vaso cayó al suelo. Cerró los ojos en un gesto de resistencia hasta que recordó que Kristiane estaba en casa de Isak. Ragnhild no se despertaba nunca a aquella hora.

Todavía respiraba pesadamente cuando apoyó nuevamente la cabeza en la almohada e intentó relajarse.

A pesar de que la noche anterior había hablado por teléfono con Yngvar durante más de veinte minutos, no le mencionó su charla con Kristiane. Tampoco había dicho nada a Isak cuando llegó conduciendo desde la escuela, bastante irritado. Se había olvidado de avisarle de que ella había ido a buscar a Kristiane, fuera de todo plan y arreglo. Cuando él subió las escaleras con la mirada inusualmente torva, sólo le dijo que se había tomado un día libre del trabajo y por una vez había aprovechado la oportunidad para pasar sola un poco de tiempo con Kristiane.

Por supuesto que lamentaba mucho haberse olvidado de avisarle.

Como de costumbre, lo aceptó todo, y cuando la dejó para volver a su casa con la niña, estaba igualmente risueño.

Kristiane había sido testigo de algo en relación con la muerte de Marianne Kleive. Eso era seguro. En todo caso debió de ver a la mujer la noche en que la mataron. Igualmente, Inger Johanne no sabía muy bien qué les diría a Yngvar y a Isak. Su hija no le había dicho directamente lo que había sucedido. Habían sido el lenguaje corporal de Kristiane y la expresión de su cara, las palabras que había elegido y el tono de su voz los que habían sido críticos.

Exactamente el tipo de cosas que hacían que Isak se riese de ella y que Yngvar intentase ocultar lo deprimido que estaba.

Y si uno de ellos o ambos creyesen, contra lo que era de esperar, que ella tenía razón, en todo caso Yngvar insistiría en que contactaran de inmediato con la Policía. Isak también, probablemente. Era un buen padre en muchas cosas, pero nunca había entendido lo frágil que era Kristiane.

Si había algo que la niña no podría tolerar era que personas extrañas se entrometiesen en su esfera y le preguntasen sobre algo que ella, de una manera u otra, había logrado encerrar dentro de sí. Aclarar un asesinato era desde luego importante, pero Kristiane lo era más.

Esto era algo que Inger Johanne debía resolver sola. Ahora el pulso estaba más calmado. Empezó a tener frío por el sudor de la noche y decidió cambiar la ropa de cama. Halló un juego limpio y con manos expertas preparó un lecho seco y cómodo en sólo cuatro minutos. No se tomó el trabajo de cambiar la colcha de Yngvar. Se veía rara con la funda diferente, pero eso podía esperar hasta mañana. Se acostó de nuevo y cerró los ojos. Estaba totalmente despierta. Dio una vuelta en la cama e intentó pensar en otra cosa.

Kristiane había visto algo terrible. Un crimen, o su resultado. Alguien vigilaba a Kristiane.

Dio otra vuelta sobre la cama. El pulso se le aceleraba. Se sentó con brusquedad. Aquello no podía continuar. Aquí y ahora no había nada que ella pudiese hacer. Tampoco podía llamar a nadie a aquella hora, y por otro lado, Kristiane estaba segura en casa de Isak. De una u otra forma, tenía que pasar la noche.

Por la mañana hablaría con Yngvar. La decisión la calmó.

Le rogaría que volviese a casa. No era necesario decirle por qué; él escucharía en su voz que tenía que regresar. Yngvar regresaría a casa desde Bergen, ella se lo contaría todo. No podía decirle nada.

Si estaba en lo cierto, lo que seguiría destruiría a Kristiane. Era imposible vivir así. Agarró la almohada de Yngvar, la colocó sobre su barriga y la apretó contra sí como si fuera una de las niñas.

Podía levantarse y trabajar. No.

Había tres libros sobre la mesita de noche. Tomó uno. Lo hojeó hasta donde estaba marcado y comenzó a leer. The Road, de Cormac McCarthy, no la calmó en absoluto. Al cabo de tres hojas cerró el libro y con él los ojos.

Los pensamientos pasaban a toda velocidad, se sentía físicamente mal.

Yngvar había querido desde hacía mucho poner un televisor en el dormitorio. Ahora ella se arrepentía de no haber accedido. No es que hubiese logrado engancharse a nada, pero tenía una intensa necesidad de escuchar voces. Por un momento se sintió tentada de despertar a Ragnhild. En lugar de hacerlo, encendió la radio del reloj. Ya estaba sintonizada en la NRK P2 y la música clásica inundó la habitación, una música tan triste como la novela posapocalíptica de McCarthy. Jugó con la rueda del sintonizador hasta que la frecuencia cayó en una radio local que emitía música pop durante toda la noche, y subió el volumen; el dormitorio de los vecinos quedaba justo debajo del de ellos.

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