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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Su amistad con Hanne Wilhelmsen había comenzado con una casualidad. Inger Johanne precisaba ayuda con uno de sus proyectos y había buscado a la inspectora jubilada y retraída. Por raro que parezca, se había sentido bienvenida. No se veían a menudo, pero con los años habían desarrollado una amistad silenciosa y alerta, completamente exenta de poses y obligaciones.

Inger Johanne no había oído jamás expresarse así a Hanne como en esta ocasión.

Se sorprendió tanto que ni siquiera preguntó más acerca de quién era Silje Sørensen. Le irritaba, hasta que cayó en cuenta que había leído algo sobre ella en los periódicos. Era la responsable de la investigación del asesinato de Marianne Kleive.

No podía haber sido mejor.

Probablemente era todavía demasiado temprano como para encontrarla. Yngvar no llegaba casi nunca al trabajo antes de las ocho y media, y ella se imaginó que lo mismo sucedía con los superiores en el distrito policial de Oslo.

Con la taza de café entre ambas manos, se quedó sentada y esperó la luz del día mientras pensaba sobre qué diantres podía haber sucedido con Hanne Wilhelmsen.

– ¿Qué ha pasado? -susurró Astrid Tomte Lysgaard cuando abrió la puerta y vio a Lukas allí fuera.

Eran sólo las once; él debía de estar en el trabajo. Tenía el aspecto de alguien que ha recibido la noticia de una nueva muerte.

– Estoy enfermo -dijo Lukas casi tropezando en la entrada-. La garganta. Fiebre. Tengo que acostarme.

– Me has asustado -dijo Astrid llevándose su delgada mano al corazón antes de extenderla para acariciarle la mejilla-. Parece que has visto un fantasma.

– Sólo estoy enfermo -contestó él, de mal humor, y se apartó de su mujer-. Me siento absolutamente miserable.

– Eso pasa cuando pasas toda la noche fuera. Con este clima. Seguramente has cogido algo.

Ni siquiera la miró cuando se adentró en la sala. Le venía bien que ella le echase la culpa al trabajo nocturno en el frío garaje. Tenía pocas ganas de contarle nada acerca de la estúpida aventura en la casa de su padre bajo la lluvia gélida de enero. Aún menos necesidad sentía de comentarle que había estado sentado más de un cuarto de hora en un automóvil casi tibio para ser examinado por Yngvar Stubø, empapado y muerto de frío.

– ¿Tenemos Paracet? -se quejó-. ¿Y Coca-Cola?

– Las dos cosas. Compré Paracet ayer, después de… -Ella se interrumpió-. Hay Coca-Cola en la nevera -dijo-. Encontrarás Paracet en el armario del baño. ¿Quieres que te llene una bolsa de agua caliente?

– Si eres tan amable. Me siento completamente…

No era necesario describir su estado con mayor detalle. Sus ojos estaban rojos y tenía la piel más pálida de lo que la estación del año podía justificar. Las fosas nasales estaban lastimadas y húmedas, y tenía los labios cubiertos de láminas de piel seca. Sobre las comisuras se había depositado una capa gruesa y blanca, y cuando ella se acercó a él para darle un vaso, sintió el aliento desagradable que escapaba de su boca.

– Eres muy poco hábil para enfermarte, Lukas.

Ella sonrió con cautela.

La espalda de su marido proclamaba obstinación cuando se arrastró hacia la escalera que subía al segundo piso.

Ella lo siguió hasta el baño. Mientras él maniobraba con la cerradura del botiquín, ella dejó correr el agua para calentarla al máximo antes de llenar la bolsa.

– Sinceramente -dijo ella-, no te estás muriendo, Lukas. Debes sobreponerte.

Sin contestar, él sacó tres píldoras del envase, se las metió en la boca y se las tragó junto con media botella de Coca-Cola. La cara se le contrajo con una mueca del dolor que le producía tragar. Comenzó a desvestirse mientras caminaba, y las ropas quedaron en el suelo detrás de él, como mojones que marcaran la entrada al fresco dormitorio. Allí se arrojó sobre la cama como si hubiese agotado sus últimos esfuerzos, se cubrió hasta la garganta con la colcha y se dio la vuelta.

– Aquí tienes la bolsa de agua caliente -dijo ella-. ¿Dónde la quieres?

Él no contestó.

– Lukas -dijo ella dudando-. Hay algo de lo que quisiera hablar contigo.

El día anterior, ella había ardido por dentro con la duda de quién era la mujer del retrato que estaba guardado en el cajón. Había estado varias veces a punto de preguntar. Simplemente, las circunstancias se lo habían impedido. Todo el tiempo. Los niños. La cena. Las tareas del colegio. El garaje. Cuando por fin estuvieron ellos dos solos y ya eran más de las diez y media, Lukas quiso ver a toda costa un programa de televisión sobre un negocio de tatuajes en Los Angeles. Ella se había ido a acostar y se durmió antes de que él la siguiese.

Hoy pensaba que debería haberle preguntado de todas maneras. En el fondo, había permitido que cualquier cosa se interpusiese porque estaba avergonzada de haber abierto su cajón sin permiso. Ahora estaba enfadada consigo misma. No tenía por qué sentirse abochornada; buscar medicinas que estaban razonablemente guardadas bajo llave estaba bien dentro de lo que podía permitirse.

– Me siento tan mal -gimió Lukas desde debajo del nórdico.

– Sólo quiero preguntarte una cosa -dijo ella un poco más decidida.

– Ehh… ¡Estoy a punto de perder la voz, Astrid! ¿Me puedes traer leche con miel? ¿Por favor?

Se quedó quieta un rato discerniendo qué era lo que sentía.

«Agotamiento», pensó. «Irritación», quizá.

«Inquietud.»

– Sí -dijo con docilidad-. Por supuesto que te traeré leche con miel.

Cerró la puerta en silencio y bajó hasta la cocina. Antes de que regresara con la taza, Lukas ya se había dormido.

– Tome -dijo Silje Sørensen, y le alcanzó una taza de cacao caliente a Inger Johanne-. Me vuelve loca tanto café por la mañana, por eso tomo algo de esto en su lugar.

– Gracias -dijo Inger Johanne-. Huele bien. Y mil gracias por haberme recibido tan de repente.

– ¡La curiosidad, ya sabe!

La risa de Silje Sørensen no encajaba del todo con su cuerpo delgado.

– Para empezar, he oído y leído sobre usted, y por otro lado yo haría lo mejor por quien hubiese llegado aquí recomendado por Hanne Wilhelmsen. De paso, ¿cómo está ella?

Inger Johanne abrió la boca para contestar, pero se quedó callada.

A Hanne no le gustaría que hablasen sobre ella.

– Ya sabe -dijo, y se encogió de hombros, con la esperanza de que la respuesta vacía hiciera cambiar de tema a Silje Sørensen.

Eso era, por otra parte, lo que ella debía hacer.

– Bueno -dijo, y se aclaró la garganta-. En realidad no sé muy bien por dónde comenzar.

– ¿No?

– Soy criminóloga y trabajo como…

– Como le dije -la interrumpió Silje-. Sé quién es usted. ¿Está bien si la llamo Inger Johanne?

– Por supuesto. Estoy ocupada con una investigación sobre el odio.

– Interesante.

Casi parecía como si lo dijese en serio. La mirada era directa e inclinó la cabeza como enfocando los sentidos.

– Crímenes de odio -se corrigió Inger Johanne-. Recibí de la Dirección de la Policía el encargo de escribir un análisis desarrollado sobre los crímenes de odio.

Silje Sørensen pestañeó. Colocó su taza sobre el escritorio y la empujó con cuidado hacia delante. Sus ojos se achicaron y la punta de una lengua rojo pálido se deslizó sobre sus labios.

– Ajá.

– Como en los ataques a individuos donde el motivo del crimen es…

– Sé muy bien lo que son los crímenes de odio.

El peor de los malos modales de Silje Sørensen era interrumpir, pensó Inger Johanne.

– Desde luego -asintió-. Por supuesto que lo sabe.

Se quedaron así sentadas durante un tiempo notablemente largo. En silencio, mientras una esperaba a que la otra dijese algo. Inger Johanne intentaba adivinar la edad de Silje Sørensen. Debía ser más joven que ella, pero quizá no tanto. Treinta y cinco, quizá.

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