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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– No -dijo finalmente Inger Johanne-. No lo puedo saber. Pero creo que falta mucho todavía. Estoy sana, Kristiane, y no soy particularmente vieja. ¿Alguna vez has visto a una persona muerta?

– Tú vas a morirte antes que yo, mamá.

– Sí, eso espero. Ninguna madre quiere morir después de sus hijos.

– ¿Quién me cuidará entonces?

Desde sólo horas después de que Kristiane naciese, e Inger Johanne fuera la única en comprender que algo malo le sucedía a su hijita, ella se había hecho la misma pregunta. Una y otra vez.

– Entonces serás mayor, mi vida. Podrás cuidarte sola.

– Nunca podré cuidarme sola. No soy como las otras niñas. Voy a una escuela especial. Yo soy autista.

– Tú no eres autista, tú eres…

Inger Johanne se enderezó de improviso en el sofá y colocó una mano bajo la barbilla de Kristiane.

– No eres como las otras niñas. Es cierto. Eres simplemente tú. Yo te quiero precisamente por lo que eres. ¿Y sabes qué, mi vida?

Se sonrieron. La mirada de Kristiane se enfocó.

– Yo tampoco soy del todo como los demás. En realidad creo que en el fondo todos nos sentimos así. Ninguno de nosotros se siente exactamente igual al otro. Y siempre habrá alguien que te cuidará. Ragnhild, por ejemplo. Amund también. ¡Es tu sobrino!

Kristiane soltó su risa tierna y cristalina.

– ¡Son menores que yo!

– Sí, pero cuando yo muera, serán adultos. Ellos podrán cuidarte.

– Yo vi una persona muerta. El alma pesa veintiún gramos. Pero uno no la ve cuando se va.

Inger Johanne no dijo nada. Tenía todavía la mano bajo la barbilla de su hija, pero la mirada de Kristiane se había encerrado nuevamente allí donde nada llegaba del todo, y su voz era otra vez plana y mecánica cuando continuó:

– Marianne Kleive, cuarenta y dos años, murió el 19 de diciembre de 2008. La obispo Eva Karin Lysgaard, muy querida y profundamente extrañada, nos dejó abruptamente la Nochebuena de 2008. El entierro tendrá lugar más tarde. La cruz significa que era cristiana.

– Basta -susurró Inger Johanne, y la atrajo bruscamente hacia sí-. Ya está.

Eran las doce, y una nube ocultó el cegador sol de enero. Inger Johanne cerró los ojos mientras se aferraba a su hija meciéndola de un lado a otro.

– Yo soy la niña invisible -susurró Kristiane.

Miedo

Quizá no debía haber tenido hijos.

Sólo pensarlo hizo que los jugos gástricos le corroyesen el duodeno. Levantó las rodillas y colocó ambas manos allí donde cuando era más joven podía sentir que terminaban las costillas y comenzaba el abdomen. Ahora todo estaba flojo, aunque yaciese de espaldas, una panza fofa y demasiado grande con un dolor punzante detrás de una capa de grasa.

Toda la vida de Marcus Koll giraba en torno a su hijo.

El trabajo, la empresa, la gran familia; todo perdía su valor sin el pequeño Marcus. Cuando Rolf llegó a sus vidas, fue como si llegase a una existencia compartida. De todos modos, pronto los tres se volvieron una familia, una familia a la que Marcus haría lo que fuera por proteger. Pero el muchacho era y fue el problema de la familia de Marcus Koll.

El pequeño Marcus quiso a Rolf desde el principio. Su afecto era mutuo. Al cabo de un tiempo, Rolf había dado señales de querer él también adoptar a su hijastro.

A partir de entonces él había aparcado la cuestión.

Marcus no había contado jamás a nadie los sueños que tenía de joven.

Quería hijos.

Había sido un muchacho fuerte; la ruptura con su padre le había convertido en un hombre. Le había costado sorprendentemente poco presentarse tal y como era. Como adolescente podía mostrarse terco en su obstinación; como adulto se volvió más astuto y flexible. Lo que era terquedad, se volvió determinación. La altivez se hizo orgullo. Amortiguó su peculiaridad con autoironía y nunca sintió la necesidad de acercarse al ambiente homosexual que sabía que podía encontrar tanto en Bergen, donde había estudiado, como en Oslo, adonde regresó una vez que pasó su examen en NHH. Al contrario, siempre había visto un desafío en seducir a los que sentía que lo atraían. Hasta que encontró a Rolf, había conquistado exclusivamente a hombres heterosexuales. El que antes de conocerlo ellos se hubiesen limitado a las mujeres, era algo de lo que se congratulaba en su fuero interno. El que luego volviesen a su existencia heterosexual, no le hacía sentirse tan orgulloso.

Marcus Koll junior había sido un homosexual atípico en su época.

Por otro lado lo que más deseaba era un hijo. La única pena que sintió cuando con dieciséis o diecisiete años tomó la decisión de no disimular más fue que el futuro no le daría una descendencia. Nunca compartió esa pena con nadie. Su madre la percibió, desde luego, de la forma que las madres suelen leer a sus hijos; mejor que ellos mismos. Pero jamás habían hablado del pequeño vacío en el corazón de Marcus: la falta de un hijo propio a quien amar.

Durante varios años, Marcus Koll fue, sin embargo, un joven satisfecho.

Le fue bien, y jamás se sintió atacado por sus inclinaciones. Ni en su vida laboral ni entre sus amigos o colegas. Con el tiempo fue para ellos una coartada políticamente correcta. Durante la segunda mitad de los ochenta y al comienzo de los noventa, la homosexualidad evidente no era muy común, y su permanencia en la vida de otras personas les brindaba de alguna manera algo de lo que presumir.

Disfrutaba tanto de la vida que ni siquiera notó que comenzaba a cansarse. Era tan bien recibido que no comprendió que utilizaba demasiada energía para manejar su condición de ser diferente. En la vida completamente heterosexual que vivía, con el pequeño añadido de que se acostaba con hombres sin ocultarlo, su espíritu progresó lentamente hacia un colapso por fatiga que no vio venir.

Entonces sus amigos comenzaron a tener hijos.

Marcus Koll también quería tenerlos.

Siempre lo había deseado.

Tomó una decisión.

Cuando viajó a California para cerrar un trato con una madre de alquiler y donante de óvulos, acababa de tomar el control de la vieja empresa de su padre. El futuro estaba frente a él, bendecido con dinero, y además podía explicar los sucesivos viajes a los Estados Unidos en el año que siguió como viajes de negocios que era preciso hacer.

Una noche de enero de 2001, sencillamente apareció en casa de su madre con el niño en brazos. Ella lo entendió todo apenas abrió la puerta y comenzó a llorar. Tomó con cuidado a su nuevo nieto, lo estrechó contra su pecho y caminó dentro del gran apartamento que sus hijos y su hija le habían comprado cuando se hicieron ricos. Jamás había esperado algo semejante, pero cuando Marcus apareció en la puerta con el pequeño, se sentó en medio del suntuoso sofá en el que nadie se había sentado nunca. Pegó la nariz a la mejilla del pequeño y susurró casi inaudible:

– Ahora has llegado a casa, mi muchacho. La abuela está en casa. Y tú estás con ella.

– Se llama Marcus -había dicho su hijo, y ella lloró y lloró-. No por mí, sino por mi abuelo.

La idea de perder al pequeño Marcus era impensable.

Quizá jamás debía haberlo tenido.

– ¿Estás despierto? -murmuró Rolf, y se volvió en la cama-. ¿Qué hora es?

– Duerme -susurró Marcus.

– Pero ¿por qué no puedes dormir?

Se recostó de costado, la cabeza sobre la mano.

– Te quedas despierto casi todas las noches -dijo, y dio un largo bostezo.

– No, vamos. Duérmete.

Sólo la luz de las cifras digitales del despertador hacía posible ver algo en el cuarto. Marcus se miró las manos. La piel adquiría un tinte verdoso en la oscuridad. Intentó sonreír.

La angustia llegó con el hijo. Su condición de diferente, el hecho incontestable de que no era como los otros y nunca lo sería, se hizo más evidente. Siempre le había parecido que defenderse a sí mismo era fácil. Cuando su hijo llegó a su vida, se percató de lo impotente que podía sentirse a veces en presencia de prejuicios frente a los que en el pasado hubiese vuelto la espalda, convencido de que eran secuelas de un tiempo perdido. El mundo avanza, había sido siempre su opinión. Llegado el pequeño Marcus, de vez en cuando tenía la sensación de que el desarrollo de la sociedad tomaba una curva asimétrica e imprevisible que era difícil seguir. La alegría y el amor en torno al niño eran universales. La angustia por no poder protegerlo contra la maldad del mundo y los prejuicios era desgarradora. Entonces llegó Rolf, y muchas cosas mejoraron. Nunca del todo; todavía Marcus se sentía como un hombre marcado en todos los sentidos. Rolf era a la vez fuerza y alegría, y el pequeño Marcus gozaba de una vida fantástica. Eso era lo más importante, y Marcus decidió guardarse para sí sus períodos de depresión y pérdida de energía. Le ocurrían cada vez menos.

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