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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Ferrer cruzó los brazos con un movimiento que destacó la prominencia de sus bíceps y tríceps. En muchos aspectos, era la viva imagen no solo de la virilidad, sino de la necesidad de imponer la presencia de esa virilidad. Lynley era consciente de que se estaba dejando arrastrar por los peores estereotipos, pero debía comprobar adonde les conducía aquella conversación.

– Cinco años alejado de la mujer… -dijo con un significativo encogimiento de hombros-. Yo no lo aguantaría.

La boca de Ferrer, de labios gruesos, la boca de un hombre sensual, se curvó y sus ojos se ensombrecieron.

– Estelle y yo nos comprendemos mutuamente -dijo en inglés-. Hace veinte años que estamos casados.

– Así que se produce alguna relación ocasional en Inglaterra.

– Nada importante. Yo amo a Estelle. La otra… bueno, era lo que era.

Un devaneo útil, pensó Lynley.

– ¿Ha terminado, pues?

La expresión de Ferrer, tan cautelosa de repente, reveló el resto a Lynley.

– ¿Era el amante de Nicola Maiden?

Silencio.

Lynley insistió.

– Si usted y ella eran amantes, monsieur Ferrer, despertará menos sospechas una respuesta franca que verse confrontado con un testigo que les haya visto juntos.

– No es nada -dijo Ferrer, de nuevo en inglés.

– No diría yo eso sobre la posibilidad de ser sospechoso de un asesinato.

Ferrer alzó la cabeza y volvió al francés.

– No me refiero a las sospechas, sino a la chica.

– ¿Está diciendo que no pasó nada con la chica?

– Digo que lo sucedido no fue nada. No significó nada. Para ninguno de los dos.

– Tal vez quiera explicármelo mejor.

Ferrer desvió la vista hacia la puerta principal de Maiden Hall. Estaba abierta al agradable aire de la noche, y dentro los huéspedes se encaminaban hacia la escalera, hablando con cordialidad. Ferrer habló sin apartar la vista de los huéspedes.

– La belleza de una mujer existe para que un hombre la admire. Es lógico que una mujer desee resaltar su belleza para aumentar la admiración.

– Eso es discutible.

– Así son las cosas desde el principio de los tiempos. Toda la naturaleza apoya este sencillo y verdadero orden del mundo. Dios creó un sexo para atraer al otro.

Lynley no señaló que ese supuesto orden natural requeriría del macho de la especie, no de la hembra, que fuera más atractivo a fin de ser una pareja aceptable.

– Por tanto, como consideraba atractiva a Nicola, hizo algo para respaldar el orden natural de Dios -dijo.

– Como ya he dicho, no fue nada serio. Yo lo sabía. Ella lo sabía. -Sonrió, no sin afecto-. A ella le gustaba el juego. Me di cuenta en cuanto la conocí.

– ¿Cuando tenía veinte años?

– Es una falsa mujer la que no conoce su atractivo. Nicola no era una falsa mujer. Ella lo sabía. Yo lo sabía. Ella sabía que yo lo sabía. El resto… -Se encogió de hombros-. Hay límites a toda relación entre hombre y mujer. Si uno respeta los límites, la felicidad de la relación queda protegida.

Lynley le interrumpió.

– Nicola sabía que usted no se separaría de su mujer.

– No me pidió que dejara a mi mujer. No le interesaba eso, créame.

– Entonces…

– ¿Qué le interesaba? -El hombre sonrió, como si recordara-. Los lugares donde nos encontrábamos. El esfuerzo físico que me exigía llegar a esos lugares. Lo que quedaba de mi energía cuando llegaba. Y cómo era capaz de utilizarla.

– Ya. -Lynley pensó en los lugares: las cuevas, los túmulos, los poblados prehistóricos, las fortalezas romanas. Oooh-la-la, pensó. O como Barbara Havers habría dicho: «Bingo, inspector.» Ya tenían al señor Postal-. Usted y Nicola hacían el amor…

– Follábamos, no hacíamos el amor. Nuestro juego consistía en elegir un lugar diferente para cada encuentro. Nicola me pasaba un mensaje. Un plano, a veces. En otras, un acertijo. Si yo lo interpretaba correctamente y lo seguía correctamente… -Se encogió de hombros una vez más-. Ella me esperaba para recompensarme.

– ¿Desde cuándo eran amantes?

Ferrer vaciló antes de contestar. Tal vez hacía cálculos, o bien analizaba los perjuicios de revelar la verdad.

Por fin, dijo:

– Cinco años.

– Desde que usted llegó al hostal.

– En efecto -admitió-. Preferiría, por supuesto, que monsieur y madame… Solo serviría para disgustarles de una forma innecesaria. Siempre fuimos discretos. Nunca salíamos juntos del hostal. Primero regresaba uno, y el otro más tarde. Nunca se enteraron.

Y nunca tuvieron motivos para despedirte, pensó Lynley.

Por lo visto, el francés experimentó la necesidad de abundar en sus explicaciones.

– Fue la mirada que me dirigió la primera vez que nos vimos. Ya sabe a qué me refiero. Lo adiviné por la mirada. Su interés era parejo al mío. A veces se desencadena una necesidad animal entre hombre y mujer. No es amor. No es devoción. Es lo que se siente, un dolor, una presión, una necesidad, aquí. -Indicó la entrepierna-. Usted, como hombre, también la siente. No todas las mujeres experimentan un ansia igual a la del hombre. Pero Nicola sí. Lo percibí al instante.

– E hizo algo al respecto.

– Como ella deseaba. El juego vino después.

– ¿El juego fue idea de ella?

– Su método… Por eso nunca busqué a otra mujer en Inglaterra. No era necesario. Ella tenía un método de convertir una sencilla relación… -Buscó la palabra adecuada para describirlo-. Magia. Excitante. No me creía capaz de ser fiel a una sola amante durante cinco años. Antes de Nicola, una mujer no me había retenido más de tres meses.

– ¿Era el juego lo que la complacía? ¿Eso la ataba a usted?

– El juego me ataba a mí. Para ella era el placer físico, por supuesto.

Y también el ego, pensó con ironía Lynley.

– Cinco años es mucho tiempo para mantener a una mujer interesada, sobre todo sin esperanzas de futuro.

– También había recuerdos, por supuesto -admitió Ferrer-. Eran humildes, pero verdaderos símbolos de mi afecto. Tengo muy poco dinero, porque la mayor parte… Mi Estelle se hubiera hecho preguntas si lo que le enviaba disminuía. Eran recuerdos sencillos, pero suficientes.

– ¿Regalos para Nicola?

– Regalos, si lo prefiere así. Perfume, uno o dos dijes de oro. Ese tipo de cosas. A ella le gustaban. Y el juego continuaba. -Extrajo del bolsillo la pequeña herramienta que había utilizado en la bicicleta. Se agachó y procedió a apretar una tuerca con infinita paciencia-. Echaré de menos a mi pequeña Nicola. No nos queríamos. Pero cómo nos reíamos.

– Cuando usted quería jugar -preguntó Lynley-, ¿cómo se lo decía?

El francés alzó la cabeza con expresión de perplejidad.

– ¿Perdón?

– ¿Le dejaba una nota? ¿La llamaba al busca?

– Ah. No. Bastaba con una simple mirada. No hacía falta nada más.

– ¿Nunca la llamó al busca?

– ¿El busca? No. ¿Para qué, cuando una mirada era suficiente? ¿Por qué lo pregunta?

– Porque cuando trabajó en Buxton este verano, alguien la llamó al busca y por teléfono en diversas ocasiones. Pensé que podía ser usted.

– Ah. No era necesario. Pero el otro… no la dejaba en paz. El busca no paraba de sonar. Como un reloj.

Corroboración, por fin, pensó Lynley.

– ¿Recibía mensajes en el busca cuando estaban juntos?

– Era el único defecto de nuestro juego, el maldito busca. Ella siempre le contestaba. -Probó las tuercas con los dedos-. Bah. ¿Qué hacía con él? Poca cosa. A veces, cuando pienso en lo que debía de experimentar con él, demasiado joven para saber cómo proporcionar placer a una mujer… Qué crimen contra el amor, él con mi Nicola. Con él toleraba. Conmigo gozaba.

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