El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Y también estaba el tema del lugar que ocupaba Julian Britton en la vida de Nicola. Si de veras la había querido y deseado convertirla en su mujer, ¿cómo habría reaccionado tras averiguar su relación con otro hombre? Era muy posible que Nicola hubiera revelado dicha relación a Britton como parte de su negativa a casarse con él. Si lo había hecho, ¿qué ideas había rumiado Britton, y adonde le habían conducido el martes por la noche?
Una puerta exterior se cerró en alguna parte. Sonaron pasos sobre la grava, y por una esquina del edificio apareció un hombre llevando una bicicleta. La guió hasta un charco de luz procedente de una ventana y sacó una pequeña herramienta que aplicó a una rueda.
Lynley le reconoció de la tarde anterior, cuando por la ventana del salón le había visto alejarse pedaleando del hostal, mientras él y Hanken esperaban a los Maiden. En tanto Lynley le observaba, acuclillado junto a la bicicleta con un espeso mechón de pelo sobre los ojos, vio que su mano quedaba atrapada entre los radios.
– Merde! Saloperie de bécane! Je sais pas ce qui me retient de t'envoyer à la casse -gritó el hombre, y se incorporó, con los nudillos apretados contra la boca.
Al oírle, Lynley también reconoció el inconfundible sonido de un diente de la rueda de la investigación al encajar en su sitio. Corrigió sus anteriores ideas y conjeturas al punto, y comprendió que Nicola Maiden había hecho algo más que bromear con su compañera de piso de Londres. También le había proporcionado una pista.
Se acercó al hombre.
– ¿Se ha hecho daño?
Él giró en redondo, sobresaltado, y se apartó el pelo de los ojos.
– Bon Dieu! Vous m'avez fait peur!
– Perdone. No era mi intención -dijo Lynley. Extrajo su identificación y se presentó.
La única reacción del otro hombre al escuchar las palabras «New Scotland Yard» fue un leve fruncimiento de entrecejo. Contestó en su inglés de fuerte acento francés que era Christian-Louis Ferrer, chef de cocina y principal motivo de que Maiden Hall hubiera obtenido una étoile Michelin.
– Veo que tiene problemas con su bicicleta. ¿Necesita que le lleve a algún sitio?
No. Mais merci quand même. Largas horas en la cocina le robaban tiempo para el ejercicio. Necesitaba dos paseos al día en bicicleta para mantenerse en forma. Este vélo de merde (con un gesto despreciativo hacia la bicicleta) era mejor que nada, pero habría agradecido un deux roues más adecuado para carreteras y pistas.
– ¿Le importa que hablemos antes de que se marche? -preguntó con cortesía Lynley.
Ferrer se encogió de hombros, con el típico estilo francés, dando a entender que si un policía quería hablar con él, sería una estupidez por su parte negarse. Estaba de espaldas a la ventana, pero cambió de postura y expuso su rostro a la luz.
Al verle iluminado, Lynley comprobó que era mucho mayor de lo que parecía desde lejos. Aparentaba más de cincuenta años. La edad y la buena vida habían dejado huellas en su rostro, y su cabello castaño estaba espolvoreado de gris.
Lynley no tardó en descubrir que el inglés de Ferrer era excelente cuando le daba la gana. Pues claro que conocía a Nicola Maiden, dijo, y la denominó la malhereuse jeune femme. Se había esforzado durante los últimos cinco años en elevar Maiden Hall a su actual posición de temple de la gastronomie (¿sabía el inspector los poquísimos restaurantes rurales ingleses que habían sido recompensados con una étoile Michelin?), así que conocía muy bien a la hija de sus patrones. Había trabajado en el comedor durante todas sus vacaciones de verano desde que él practicaba sus artes para monsieur Andí, de modo que era lógico que la conociera.
Ah. Estupendo. ¿La conocía bien?, preguntó Lynley con tono inocente.
En ese momento, Ferrer no consiguió entender el inglés, si bien su sonrisa ansiosa y educada, aunque falsa, indicó su buena voluntad.
Lynley cambió a su francés de supervivencia. Dedicó un momento a telegrafiar un silencioso mensaje de agradecimiento a su temible tía Augusta, que había decretado con frecuencia, en plena visita familiar, que ce soir, on parlera tous français à table et après le dîner. C'est la meilleure façon de se préparer à passer des vacances d'été en Dordogne, en un intento de pulir sus rudimentarias habilidades con un idioma en el que, de otra forma, solo habría sido capaz de pedir una taza de café, una cerveza o una habitación con baño.
– Su experiencia en la cocina es indudable, monsieur Ferrer -chapurreó en francés-. Y no cabe duda de que la señorita Maiden estaba a la altura de sus expectativas como camarera competente. Lo que me gustaría saber es si conocía bien a la chica. Su padre me ha dicho que toda la familia es aficionada a la bicicleta. Usted también. ¿Fue a pasear alguna vez con ella?
Si Ferrer se sorprendió de que un bárbaro inglés hablara su idioma, aunque con imperfecciones, no lo demostró. De todos modos, demoró su respuesta hasta tal extremo que Lynley repitió la pregunta, lo cual proporcionó al francés la satisfacción que, por lo visto, necesitaba.
– Sí, por supuesto, una o dos veces -dijo Ferrer en su lengua natal.
Iba en bicicleta desde Grindleford hasta Maiden Hall por la carretera, y cuando la joven se enteró, le dijo que existía una ruta a través del bosque, difícil pero más directa. No quería que se extraviara, así que le acompañó dos veces para asegurarse de que tomaba las sendas correctas.
– ¿Se aloja usted en Grindleford?
Sí. No había suficientes habitaciones en Maiden Hall para hospedar a los empleados del hotel y el restaurante. Como sin duda habría observado el inspector, se trataba de un establecimiento pequeño. Por lo tanto, Christian-Louis Ferrer había alquilado una habitación en casa de una viuda llamada madame Clooney y de su hija soltera, la cual, si había que creer a Ferrer, albergaba deseos hacia él, ay, imposibles de satisfacer.
– Estoy casado, por supuesto -dijo a Lynley-. Aunque mi amada esposa continúa viviendo en Nerville le Forêt hasta que volvamos a reunimos.
Lynley sabía que no era una situación inusual. Con frecuencia, los matrimonios europeos vivían separados. Un miembro de la pareja se quedaba con los hijos en el país natal, mientras el otro emigraba en busca de un empleo más lucrativo. Sin embargo, un innato cinismo, que enseguida atribuyó a una excesiva convivencia con Barbara Havers durante los últimos años, provocaba que sospechara de inmediato de un hombre que utilizaba el adjetivo «amada» antes del nominativo «esposa».
– ¿Lleva aquí cinco años? -preguntó-. ¿Va a casa con frecuencia, por vacaciones y fiestas?
Ay, contestó Ferrer, un hombre de su profesión extraía más provecho, al igual que su amada esposa y sus queridísimos hijos, pasando las vacaciones en busca de la excelencia culinaria. Y si bien tal búsqueda podía llevarse a cabo en Francia, y con resultados mucho más felices, Christian-Louis Ferrer conocía la sabiduría del ahorro. Si tuviera que viajar entre Inglaterra y Francia durante las vacaciones, gastaría un dinero necesario para asegurar el futuro de sus hijos y su propia jubilación.
– Debe de ser difícil estar tanto tiempo separado de la esposa -dijo Lynley-. Por no hablar de la soledad, supongo.
Ferrer gruñó.
– Un hombre hace lo que debe.
– Aun así, habrá momentos en que la soledad impulse a anhelar la relación con alguien. Incluso una relación espiritual con un alma gemela. No solo vivimos para trabajar, ¿verdad? Y un hombre como usted… Sería muy comprensible.