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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Dale las gracias a míster Ominsky -dijo Miles. Pero no tenía idea de cómo iba a pagar la suma principal cuando saliera de la cárcel, ni siquiera cómo iba a ganar lo bastante como para mantenerse.

La Rocca reconoció:

– Alguien se comunicará contigo antes de que te larguen. Tal vez podamos hacer un trato -y, con un saludo que incluía a Karl, se alejó.

En las semanas siguientes Miles vio con más frecuencia a La Rocca, el de la cara de comadreja, quien buscó varias veces su compañía, junto con la de Karl, en el patio de la cárcel. Algo que parecía fascinar a La Rocca y a otros presos era el conocimiento que tenía Miles de la historia del dinero. En cierto modo, lo que antes había sido un interés y un hobby consiguió para Miles el tipo de respeto que los habitantes de la cárcel sienten por aquellos cuyo origen y crímenes son cerebrales, como opuestos a los meramente violentos. Bajo el sistema actual hay un asaltante en el fondo de la escala social de las cárceles y un estafador o un artista en lo más alto.

Lo que más intrigaba a la Rocca era la descripción de Miles de las falsificaciones masivas, hechas por los gobiernos, del dinero de otros países.

– Ésas han sido siempre las mayores falsificaciones entre todas -contó un día Miles a un auditorio interesado de media docena de personas.

Describió cómo el gobierno británico había patrocinado la falsificación de grandes cantidades de billetes franceses en una tentativa de minar la Revolución Francesa, pese a que el mismo crimen realizado individualmente era castigado con la horca, castigo que se prolongó en Gran Bretaña hasta 1821. La revolución norteamericana había empezado con la falsificación oficial de billetes británicos. Pero la mayor falsificación de todas, informó Miles, ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Alemania fabricó 140 millones de libras esterlinas y cantidades desconocidas de dólares norteamericanos, todos de la más elevada calidad. Los ingleses también imprimieron dinero alemán y lo mismo hicieron los otros aliados.

– ¡Quién lo diría! -declaró La Rocca-. ¡Y ésos son los hijos de puta que nos han metido aquí! ¡Juraría que están haciendo lo mismo ahora!

La Rocca apreciaba el prestigio que adquiría como resultado de su relación con Miles. También manifestó claramente que pasaba algunas de las informaciones a la Fila de la Mafia.

– Yo y los muchachos nos encargaremos de ti cuando salgas -anunció un día, ampliando su primera promesa. Miles estaba enterado que su salida de la cárcel y la de La Rocca iban a ocurrir más o menos por el mismo tiempo.

Hablar de dinero era para Miles una especie de suspenso mental, que disipaba, aunque fuera brevemente, el horror del presente. Imaginó, igualmente, que debía sentirse aliviado por haber parado la «marcha del reloj» del préstamo. Pero, de todos modos, hablar o pensar en otras cosas sólo excluía, momentáneamente, la miseria general y el asco que sentía ante sí mismo. A causa de esto empezó a pensar en el suicidio.

El odio hacia sí mismo se centraba en su relación con Karl. El negrazo había declarado que quería: Tu lindo culito blanco, nene. Tu cuerpo sólo para mí. Cuando se me dé la gana. Y, desde el acuerdo, Karl le había hecho cumplir la promesa, con un apetito que parecía insaciable.

Al principio Miles procuró anestesiar su mente, diciéndose que lo que pasaba era preferible a ser violado por un grupo, cosa que, debido a la instintiva suavidad de Karl era en verdad mejor. Pero el asco y la conciencia de la cosa seguían.

Y lo que sucedió después fue aún peor.

Incluso en su propia mente a Miles le resultaba difícil aceptarlo, pero el hecho estaba allí: empezaba a gozar de lo que pasaba entre él y Karl. Además, Miles consideraba ya a su protector con nuevos sentimientos… ¿Cariño? Sí.… ¿Amor? ¡No! No se atrevía, por el momento, a ir tan lejos.

La comprobación le sacudió. Pero aceptó las nuevas sugerencias que se le ocurrían a Karl, incluso cuando éstas convertían el papel homosexual de Miles en algo más positivo.

Tras cada encuentro era asaltado por una cantidad de interrogantes. ¿Seguía siendo un hombre? Sabía que antes lo había sido, pero ahora ya no estaba seguro. ¿Se había pervertido totalmente? ¿Era así como sucedía? ¿Podría ocurrir más adelante una vuelta total, un trastrueque a la normalidad que cancelara el placer, lo que estaba probando aquí y ahora? Si no era así: ¿valía la pena seguir viviendo? Lo dudaba.

Fue entonces cuando quedó envuelto en la desesperación y el suicidio le pareció algo lógico… una panacea, un fin, un alivio. Aunque fuera difícil en la prisión repleta, la cosa podía hacerse… por medio de la horca. Cinco veces desde la llegada de Miles se habían oído gritos de «¡Un ahorcado!», generalmente por la noche, y los guardias corrían como tropas de asalto, jurando, llevando palancas para abrir los cerrojos de los corredores; abrían «de golpe» una celda y se precipitaban para cortar la cuerda de un presunto suicida antes de que muriera. En tres de las cinco ocasiones, aclamados por los rencorosos gritos y las carcajadas de los presos, llegaron demasiado tarde.

Inmediatamente después, como los suicidios eran una cosa molesta para la cárcel, aumentaban las patrullas nocturnas, pero la cosa rara vez duraba.

Miles sabía cómo hacerlo. Había que empapar una tira de sábana o de manta para que no se desgarrara, orinarla sería más discreto, después se la aseguraba a una de las vigas del techo, a las que se podía llegar desde un catre alto. Había que hacerlo en silencio, mientras los que estaban en la celda dormían…

Al final una cosa y sólo una le detuvo. Ningún otro factor influyó en la decisión que tenía Miles de ahorcarse.

Quería, cuando terminara su condena, pedir perdón a Juanita Núñez.

El arrepentimiento de Miles Eastin cuando le sentenciaron, había sido sincero. Sentía remordimientos por haber robado en el First Mercantile American, donde le habían tratado honorablemente, y él había pagado con el deshonor. Retrospectivamente se preguntaba cómo podía haber acallado su conciencia de aquella manera.

A veces, cuando pensaba ahora en la cosa, era como si hubiera sido presa de una fiebre. Las apuestas, la mundanidad, los acontecimientos deportivos, el vivir por encima de sus medios, la locura de pedir prestado a un tiburón prestamista y el robar, aparecían trastocados, como locas y desplazadas partes de una pesadilla. Había perdido el contacto con la realidad y, como en el caso de una fiebre en estado avanzado, su mente se había distorsionado, hasta que desaparecieron la decencia y los valores morales.

De otro modo, se lo había repetido miles de veces, nunca hubiera hecho algo tan despreciable, nunca se habría hecho culpable de tanta vileza como para querer culpar de su robo a Juanita Núñez.

Durante el proceso, había tenido tanta vergüenza, que no se había atrevido a mirar a Juanita.

Ahora, seis meses después, la preocupación de Miles por el banco había disminuido. Había dañado al FMA, pero la estadía en la cárcel le había hecho pagar el total de la deuda. ¡Por Dios, vaya si había pagado!

Pero ni siquiera la penitenciaría de Drummonburg, con todo su horror, podía compensar lo que debía a Juanita. Nunca lo compensaría nada. Por eso tenía que buscarla y pedirle perdón.

Por eso, como necesitaba la vida para hacerlo, la soportó.

10

– Banco First Mercantile American -dijo cortante en el teléfono él operador en monedas del FMA; lo había acomodado hábilmente entre el hombro y la oreja izquierda, de manera que tenía las manos libres-. Necesito seis millones de dólares esta noche. ¿Cuál es su tasa?

Desde la costa occidental de California, la voz de un operador del gigantesco Bank of America, arrastró las palabras:

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