Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
– No lo sé. Es la verdad. En serio que no lo sé.
– Pero tienes una teoría -dijo Yngvar.
Otra vez se hizo el silencio entre ellos. Un automóvil avanzaba hacia donde estaban y sus faros delanteros convirtieron el parabrisas en un caleidoscopio de oro y gris claro antes de que la penumbra volviese al interior del coche.
Lukas no dijo nada.
– Lo digo muy en serio -dijo Yngvar, despacio-. Voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para complicarte la vida si no empiezas de inmediato a mostrarte más comunicativo.
– Creo que tengo una hermana en algún lado. Quizá la loto es de mi hermana. De mi hermana mayor.
«Una hija», pensó Yngvar, tal como venía pensando desde hacía varios días.
Una hija desaparecida. Una hija que quizá, de todos modos, no había desaparecido.
– Gracias -dijo casi inaudible-. Hubiese querido que encontraras la foto.
– Pero no lo hice. Probablemente mi padre se desprendió de ella. ¿Qué hubiera hecho usted con ella, si yo la hubiese encontrado?
Por primera vez desde que se había topado con Lukas, Yngvar sonrió. Se pasó los dedos por el cabello y sacudió despacio la cabeza.
– Si tuviésemos una foto, Lukas, encontraríamos rápidamente a tu hermana. Si todavía vive y no lo hace muy lejos de Noruega. Si es tu hermana. Eso no lo sabemos. No sabemos siquiera si la foto tiene o no algo que ver con el asesinato de tu madre. ¡Pero te aseguro que hubiera intentado averiguarlo!
– Pero ¿qué harían ustedes…? ¿Cómo podrían utilizar una foto anónima para…?
– Tenemos enormes bases de datos. Programas de gran capacidad. Y si no lo lográsemos con la mejor tecnología del mundo, entonces… -El pie sobre el freno estaba a punto de dormírsele, por lo que puso el vehículo en la primera marcha y apagó el motor-. Aunque tuviese que ir puerta por puerta por todo Bergen y pegar carteles por todo el país con mis propias manos, o llamar a cada canal de televisión y a cada periódico, la… encontraría. Tenlo por seguro.
Lukas asintió.
– Eso es lo que pensaba -dijo-. Es exactamente lo que pensaba. ¿Puedo irme? Tengo el coche aquí delante, en el camino.
Los ojos de Yngvar se achicaron cuando volvieron a atrapar la mirada de Lukas.
– Sí, pero no te olvides de lo que te he dicho. Desde ahora tendré tolerancia cero para los secretos, ¿de acuerdo?
– Vale -asintió Lukas, y abrió la portezuela-. Hablamos.
Ya fuera, se volvió apoyándose de nuevo en el coche.
– Gracias por no haberme llamado a gritos ante mi padre -dijo.
– Bien -dijo Yngvar, y lo despidió agitando la mano antes de poner otra vez el motor en marcha, salir al camino y comenzar a alejarse despacio.
Lukas trotó hasta su coche. Se llevaba una mano al estómago todo el tiempo, ahí donde podía sentir los bordes de la fotografía que por el momento no planeaba compartir con nadie.
En todo caso no todavía.
– La escuela no ha terminado todavía -dijo Kristiane, seguramente por quincuagésima vez, cuando finalmente llegaron a casa-. La escuela no ha terminado todavía.
– No -contestó Inger Johanne con calma-. Pero tengo algo muy importante que hablar contigo, mi niña. Por eso te he recogido más temprano hoy.
– La escuela no ha terminado todavía -repitió Kristiane subiendo las escaleras como una muñeca mecánica-. La escuela termina a las cuatro, y entonces iré a casa de papá. Hoy vivo en casa de papá. La escuela termina a las cuatro.
Inger Johanne la siguió sin decir nada más. Cuando llegaron a la sala, abrió los brazos y le aclaró:
– ¡Mamá y Kristiane tendrán un día de ositos hoy! ¡Las dos solas! ¿Quieres chocolate caliente con crema?
– Dam-di-rum-ram -dijo Kristiane, y comenzó a menearse despacio de lado a lado sobre el sofá.
Inger Johanne se acercó hasta su hija y se sentó a su lado. Le levantó el jersey y la camiseta por encima de la cintura del pantalón y dejó que sus dedos bailasen con cuidado sobre la espalda tierna y angosta. Kristiane sonrió y se recostó sobre su falda. Estuvieron así sentadas varios minutos hasta que Kristiane empezó a cantar.
– «Hazte una corona de flores, ven luego a jugar y a bailar, el violín suena tan bello en la arboleda.»
– Bonita canción -susurró Inger Johanne.
– «No te quedes sentada grande y pesada, piensa que tú también eres joven…»
Se quedaron calladas.
– Una bonita canción de primavera -dijo Inger Johanne-. Una canción de primavera en enero. Eres tan inteligente, niña mía.
– Si cantas sobre la primavera, ella viene.
La risa de Kristiane era fina como el cristal. Inger Johanne dejó que su dedo índice se deslizase por la perceptible columna de su hija, todo el camino hacia abajo desde el cuello.
– Hace cosquillas -sonrió Kristiane-. Hazlo más.
– ¿Recuerdas la boda de la tía Marie?
– Sí, sí. ¿Dónde está Sulamitt?
– Sulamitt se rompió, tesoro. Te acuerdas.
Cuando tenía un año, a Kristiane le regalaron un pequeño carro de bomberos rojo. Ella decidió que el cochecito era un gato y lo llamó Sulamitt. La siguió fielmente durante más de ocho años. Al final las ruedas se cayeron y perdió el color. La escalera del techo se había perdido hacía tiempo, los faros delanteros estaban ciegos y el pequeño Sulamitt no parecía ni gato ni carro de bomberos cuando Yngvar, sin querer, pasó sobre él con el coche en la entrada de la casa.
Kristiane había estado inconsolable.
– Sulamitt era un gato precioso -dijo ahora-. ¿Puedo tener un nuevo gato, mamá?
– Tenemos a Jack -contestó Inger Johanne-. A él no le gustan mucho los gatos, ¿sabes?
– Yo soy la niña invisible -dijo Kristiane.
Inger Johanne dejó que sus dedos flotasen como mariposas sobre la delgada piel de la espalda de Kristiane.
– A veces nadie me ve.
– ¿Cuándo? -preguntó Inger Johanne en un susurro.
– Sulamitt, sulamatt, sulatullamitt en bandeja.
– ¿Fue en la boda de Marie cuando nadie te vio?
– Más. Más cosquillas, mamá.
– ¿Dijiste algo entonces? ¿Aunque nadie te veía?
Inger Johanne trataba desesperadamente de averiguar qué había dicho Kristiane realmente esa noche en el hotel, cuando ella misma había estado aterrada, indignada e incapacitada para poder acordarse de algo.
– Mataron a una señora allí -dijo Kristiane, y se sentó repentinamente al lado de su madre-. Marianne Kleive. Maestra de primaria. ¡Casada con la conocida y premiada autora de documentales Synnøve Hessel! Las mujeres se pueden casar entre sí en Noruega. Los hombres también.
La voz había regresado de improviso a su monotonía de misa.
– Lees demasiados periódicos -sonrió Inger Johanne, y estrechó a su hija contra el hueco de su hombro.
– Muy querida; se la añora profundamente.
– ¿Has comenzado a leer las esquelas?
– Una cruz significa que el muerto era cristiano. Una estrella de David que era judío. ¿Qué quiere decir el pájaro, mamá?
Kristiane levantó por fin la mirada, que rozó la de su madre.
– Que uno desea paz para el que falleció -susurró Inger Johanne.
– Yo quiero un pájaro en mi esquela.
– Tú no vas a morir.
– Alguna vez me moriré.
– Como todos.
– Tú también, mamá.
– Sí. Yo también. Pero falta mucho.
– Eso no lo puedes saber.
Se quedaron calladas. Sólo susurraban. Estaban sentadas bien juntas en el sofá, la madre con el brazo como un cinturón de seguridad sobre la frágil niña de catorce años mientras la luz del día se derramaba sobre el suelo de la sala, casi cegándolas. Ella podía sentir los pechitos asomando en la criatura, las señales inescapables de que también Kristiane se volvería adulta, a pesar de que la pubertad hubiese llegado con retraso.