Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
El chico comenzó a sollozar. Su padre puso los ojos en blanco, pero no dijo nada.
– ¿Marlon? -insistió Isabelle. El chico gimoteó y dijo:
– Es sólo que odio la escuela. Me maltratan. Es porque mi trasero es como… Es grande y ellos se burlan, y siempre ha sido así y yo lo odio. Así que no quiero ir. Como tengo que salir de aquí, voy allí.
– ¿Vas al cementerio en lugar de ir a la escuela?
– Sí.
– Son las vacaciones de verano -señaló Lynley.
– Estoy hablando de cuando hay clases -dijo Marlon-. Ahora voy al cementerio porque eso es lo que hago. Aquí no hay nada más y no tengo amigos.
– Entonces, ¿vas al cementerio y grabas cosas en los árboles? -preguntó Isabelle.
Marlon cambió de posición sobre su redondo trasero.
– No dije…
– ¿Tienes herramientas para tallar en madera? -preguntó Lynley.
– ¡Yo no le hice nada a esa prostituta! Estaba muerta cuando llegué allí.
– ¿De modo que entraste en ese lugar que hay junto a la capilla? -le preguntó Isabelle al chico-. ¿Admites que eres la persona que nuestros testigos vieron salir de ese lugar hace cuatro días?
El chico no lo confirmó, pero tampoco lo negó.
– ¿Qué estabas haciendo allí? -preguntó Isabelle.
– Hago esas cosas en los árboles -dijo-. No hay nada de malo en eso. Los hago más bonitos, eso es todo.
– No me refiero a qué estabas haciendo en el cementerio -aclaró Isabelle-. Me refiero a la construcción que hay junto a la capilla en ruinas. ¿Por qué entraste allí?
El chico tragó con dificultad. Este era, aparentemente, el quid de la cuestión. Miró a su padre. Su padre apartó la mirada.
Marlon dijo en un susurro:
– La revista. Era… Verá, la compré y quería echar un vistazo y…- La miró desesperadamente y también a Lynley-. Es sólo que cuando vi las fotos en la revista… de esas mujeres… Ya sabe.
– Marlon, ¿estás intentando decirme que entraste en ese lugar para masturbarte mirando fotos de mujeres desnudas? -le preguntó Isabelle sin rodeos.
El chico comenzó a sollozar en serio. Su padre dijo: «Jodido gilipollas», e Isabel le clavó la mirada.
– Ya está bien, señor Kay -dijo Lynley.
Marlon ocultó la cara entre las manos al tiempo que se pellizcaba las mejillas con los dedos.
– Yo sólo quería… Así que entré en ese lugar para (usted ya sabe para qué), pero ella estaba allí… Me asusté y salí pitando. Vi que estaba muerta, cómo no iba a verla. Había gusanos y cosas así, y tenía los ojos abiertos y había un montón de moscas… Sé que tendría que haber hecho algo, pero no podía porque yo…, porque yo… La poli me habría preguntado qué estaba haciendo allí, como me lo está preguntando usted ahora, y tendría que haberles dicho lo que estoy diciendo ahora, y él ya me odia y lo habría averiguado. No iré a la escuela. No iré. Pero ella estaba muerta cuando llegué allí. Ella estaba muerta. Lo estaba.
Probablemente estaba diciendo la verdad, pensó Isabelle, ya que no era capaz de imaginar a ese chico cometiendo un acto de violencia. Parecía el chico menos agresivo con el que se había topado nunca. Pero incluso a un chico como Marlon se le podían cruzar los cables y, de una manera u otra, tenía que ser eliminado de la lista de sospechosos.
– De acuerdo, Marlon -dijo ella-. Quiero pensar que me estás diciendo la verdad.
– ¡Es la verdad!
– Ahora, sin embargo, voy a hacerte algunas preguntas más y necesito que te tranquilices. ¿Puedes hacerlo?
Su padre resopló. Sus palabras habrían sido: «Ni por puto asomo».
Marlon lanzó una mirada de temor a su padre y luego asintió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero se las enjugó -convirtiéndolo, de alguna manera, en un gesto heroico- y se enderezó en su sillón.
Isabelle comenzó a interrogarle. ¿Tocó el cadáver? No, no lo hizo. ¿Se llevó algo de ese lugar? No, no lo hizo. ¿A qué distancia se acercó del cadáver? No lo sabía. ¿Un metro? ¿Más? Había dado un par de pasos dentro de ese lugar, pero eso fue todo, porque entonces la vio y…
– Está bien, está bien -dijo Isabelle, esperando evitar otro desencadenante de histeria-. ¿Qué pasó después?
Dejó caer la revista y echó a correr. No quería tirarla. Él ni siquiera sabía que la había tirado. Pero cuando se dio cuenta de que no la llevaba consigo estaba demasiado asustado para volver a buscarla porque «yo nunca había visto a una persona muerta. No de esa manera». Marlon continuó explicando que la mujer tenía toda la parte delantera cubierta de sangre. ¿Vio algún arma? Él ni siquiera vio dónde tenía los cortes, dijo Marlon. Sólo podía decir que, en su opinión, la habían rajado por todas partes, ya que había un montón de sangre. ¿No tendrían que rajar por todas partes a una persona para que hubiera tanta sangre?
Isabelle le reorientó desde el interior del edificio auxiliar de la capilla en ruinas hasta el exterior de éste. Cierto, había pasado al menos un día desde el asesinato cuando Marlon descubrió el cadáver, según se supo, pero cualquier persona que él hubiese visto en los alrededores -cualquier cosa- podía ser muy importante para la investigación.
Sin embargo, el chico no había visto nada. Y cuando le preguntó sobre el bolso de Jemima Hastings o cualquier otra cosa que ella pudiera haber llevado consigo, Marlon juró que no había cogido nada. Si ella llevaba un bolso, él no sabía nada de eso. Podría haber estado justo al lado del cadáver, admitió, y él ni siquiera hubiese sabido que estaba allí porque todo lo que vio fue a ella… y toda esa sangre.
– Pero tú no informaste de esto -dijo Isabelle-. El único informe que recibimos fue de esa joven pareja que te vio a ti, Marlon. ¿Por qué no dijiste nada?
– Por las tallas en los árboles -dijo-. Y la revista.
– Ah. -Destrucción de propiedad pública, posesión de revistas pornográficas, masturbación -o, al menos, intención de hacerlo- en público: éstas habían sido sus consideraciones, como lo había sido sin duda el disgusto de su padre, y el hecho de que el padre parecía propenso a expresar ese disgusto a través de un palo de criquet-. Entiendo. Bien, necesitaremos algunas cosas. ¿Cooperarás con nosotros?
El chico asintió. ¿Cooperación? Ningún problema. En absoluto.
Necesitarían una muestra de su ADN, que un hisopo frotado en el interior de la mejilla proporcionaría fácilmente. También necesitarían sus zapatos y sus huellas dactilares, que también eran muy fáciles de obtener. Y tendría que entregarles sus herramientas para tallar madera, a fin de que el forense las analizara.
– Supongo que entre ellas debes tener varios objetos afilados -dijo Isabelle-. ¿Sí? Bien, necesitamos examinarlos todos, Marlon.
Los ojos llenos de lágrimas, el gimoteo, la impaciencia y la respiración de toro del padre.
– Todo para demostrar que estás diciendo la verdad -le aseguró Isabelle al chico-. ¿Es así, Marlon? ¿Estás diciendo la verdad?
– Lo juro -dijo él-. Lo juro, lo juro, lo juro.
Isabelle quiso decirle que con una vez que lo jurase era suficiente, pero pensó que sería una pérdida de tiempo.
Mientras regresaban al coche, Isabelle le preguntó a Lynley qué pensaba.
– No es absolutamente necesario que permanezca en silencio en esta clase de situaciones -dijo.
Él la miró. Considerando el calor del día y su encuentro con los Kay, ella estaba serena, compuesta, profesional, incluso fresca bajo el sol abrasador. Con obvia sensatez -aunque no era habitual- no llevaba un traje de verano, sino un vestido sin mangas, y Lynley se dio cuenta de que servía a más de un propósito, en el sentido de que, no sólo hacía que se sintiese más cómoda, sino que también conseguía que su aspecto fuese menos intimidatorio cuando interrogaba a la gente. Gente como Marlon, pensó, un adolescente cuya confianza ella necesitaba ganarse.